Vivimos en un universo de energía

 
 
 
 
 
 
Vibración y energía
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Vivimos en un universo de energía donde cada organismo está rodeado por todas clases de ella, algunas beneficiosas y otras completamente destructivas. Para sobrevivir, cada organismo ha tenido que desarrollar ciertos medios para detectarlas, beneficiándose de las primeras y protegiéndose de las segundas. Esta capacidad de detectar y distinguir diferentes energías es una propiedad fundamental del protoplasma. Las plantas se retraen de las personas que irradian una energía hostil hacia ellas, como demostraron los experimentos de Cleve Backster. También los animales perciben un peligro próximo. Incluso los humanos se echan atrás o retroceden ante cualquier sensación dolorosa o desagradable. Toda materia viviente parece poseer una inteligencia innata que se manifiesta en una especie de «percepción primaria» de lo que es beneficioso o perjudicial para su estructura concreta.
Los humanos han desarrollado esta capacidad en un grado su­mamente alto, aunque la mayor parte del tiempo no somos conscientes de ello. O acaso, debido a que nos identificamos excesivamente con nuestras facultades intelectuales, ignoramos esta sensibilidad y no percibimos lo que ocurre en el otro nivel de percepción.

¿Alguna vez al entrar en una habitación se ha sentido inmediatamente incómodo y a disgusto? ¿Ha observado que se contraen sus músculos, se pone nervioso y se siente enfadado y atemorizado? Por lo general, ignoramos estos sentimientos y proseguimos con lo que estamos haciendo, pero esta reacción es una señal del sistema nervioso indicando que la atmósfera y la energía del lugar nos son perjudiciales, por algún motivo. El mismo proceso puede tener lugar con las personas. Con cierta persona nos sentimos como si nuestro cuerpo cantara: relajados y cómodos; mientras que con otra se nos contraen los músculos del estómago y los hom­bros, sentimos calambres, se altera nuestra respiración y después de unos pocos minutos de conversación nos sentimos exhaustos. Sin embargo, nuestros cinco sentidos externos no nos han propor­cionado ningún dato en que basar nuestra sensación de incomodi­dad. La otra persona puede ser rica, educada y de modales exqui­sitos, pero algo más profundo en nuestro interior, algo más elemental y real, registra la energía negativa y comunica esta in­formación a través del sistema nervioso.
El sistema nervioso humano sigue siendo en buena medida un misterio. Sabemos que es el sistema de comunicación del cuerpo y que a través suyo el cerebro obtiene todos los datos de los órga­nos internos y luego transmite los mensajes apropiados a dichos órganos. Es el medio de coordinación del organismo.
Las posibilidades del sistema nervioso humano parecen infinitas. El Conde Alfred Korzybski llega a definir la vida como la cantidad de energía que contiene cualquier sistema nervioso dado. Parece funcionar como un ordenador cósmico, acoplado a un apa­rato receptor cósmico ultrasensible. Un sistema nervioso adecua­damente entrenado y sensible no necesitaría ningún tipo de ayuda externa para averiguar la información que deseara. La persona dotada de tal sensibilidad sólo tendría que pensar en la pregunta o problema y su cerebro enviaría haces de energía a explorar el infinito y traerle la información deseada. Recibiría o percibiría la respuesta como una sensación física.
Desgraciadamente, la mayoría de nosotros no hemos evolucio­nado hasta ese punto. Necesitamos ayudas concretas para inter­pretar y aumentar las señales que desea comunicarnos nuestro sis­tema nervioso. Y ésa es precisamente la función del péndulo.
Por lo tanto, no es el péndulo mismo el que da las respuestas, sino nuestra inteligencia superior interior que se comunica mediante el sistema nervioso y nos transmite ciertas señales. Lo que hace el péndulo es aumentar la señal e interpretar el significado de los códigos establecidos entre su mente consciente y subconsciente.
Un buen rabdomante no se limita a ver su respuesta en el mo­vimiento de la vara o del péndulo, sino que también la siente o detecta -en términos de registros de frecuencia- en la mano, explicar la tele radiestesia (detección desde cierta distancia). La mente hace funcionar algo parecido a una radio de combinación o receptor y transmisor de TV. Una persona cuya mente esté adecuada­mente adiestrada, capaz de concentrarse y enfocar su pensamiento intensamente en un objeto, idea, persona, sustancia o idea deter­minada, llega a ponerse en sintonía con éste. La persona toca al objeto dado en su propia frecuencia. Las células nerviosas comienzan a vibrar en resonancia, y esta vibración tiene una frecuencia (ritmo vibratorio) y una longitud de onda que le dan una cualidad, un tono o color exclusivos. El maestro operador de péndulos Isidore Friedman mantiene que estas frecuencias tienen también una cierta forma. El sistema nervioso traduce luego esta cualidad, causando el movimiento correspondiente en el péndulo.
Ahora bien, ya que todos estamos familiarizados con las ban­das de radio y frecuencias de TV, este principio no debe resultar difícil de comprender. La atención y la concentración constituyen los dispositivos de sintonización de la mente humana. Las estacio­nes transmisoras son los objetos o las personas mismas, que conti­nuamente están emitiendo o irradiando frecuencias de energía. Únicamente surgen problemas cuando hay demasiadas interferencias en nuestras propias mentes o en el ambiente circundante; entonces el péndulo puede equivocarse.
Llevando aún más allá nuestra analogía con un aparato de radio y TV, todos sabemos que cuando ocurren trastornos eléctricos (por ejemplo, tormentas o relámpagos atmosféricos) éstos in­terfieren con la recepción de nuestros aparatos de radio y TV. Sonido e imágenes zumban, hacen ruidos y saltan erráticamente. Las frecuencias se alteran y deforman. Lo mismo ocurre cuando estalla la tormenta en nuestras mentes y sentimientos, o cuando ciertas influencias planetarias alteran el equilibrio eléctrico de la atmósfera mental.
Para enfrentarse a las interferencias ambientales, basta con retrasar nuestra respuesta hasta otro momento en que la situación esté más calmada. Afortunadamente, estos trastornos atmosféri­cos son sólo temporales. Por el contrario, no es tan sencillo librar de interferencias nuestra mente y sentimientos. Se requiere la ca­pacidad de concentrarse y enfocar el pensamiento, y esto constitu­ye realmente el factor más difícil de la técnica del manejo del péndulo,  en el brazo o en todo su cuerpo. Esto sucede sólo después de un buen entrenamiento.
Cuando el experto suspende el péndulo sobre un objeto o per­sona (por ejemplo, en la radiestesia médica), está midiendo la in­teracción entre un campo de fuerza dado y su propio sistema ner­vioso.
Sin embargo, como demostraron los primeros experimentos de radiestesia, no es necesario que los objetos o personas estén de hecho presentes para obtener respuestas exactas, sino que pueden hallarse a cientos y hasta miles de millas de distancia, sin que esto influya. El abate Mermet, sacerdote francés y uno de los gran­des pioneros de este campo, podía escudriñar corrientes de agua y filones de minerales en África, mientras estaba confortablemen­te sentado en su despacho en un pueblo francés. Se limitaba a suspender su péndulo sobre mapas del territorio particular y éste giraba en el sentido de las agujas del reloj sobre los puntos donde había agua o minerales.
A Verne Cameron, famoso zahorí de corrientes de agua, le prohibieron salir de los Estados Unidos por considerársele como un riesgo para la seguridad nacional. ¿Por qué? Porque había demostrado las técnicas de rabdomancia con mapas a los almiran­tes de la Armada de los Estados Unidos, localizando con toda exactitud la posición y profundidad de todos los submarinos y bases de submarinos norteamericanos en el Pacífico. Además tam­bién podía diferenciar los submarinos norteamericanos de los rusos.
¿Cómo lo hizo? Hay toda clase de teorías y explicaciones. Una autoridad en la materia. Max Freedom Long opina que se trata de fenómenos subconscientes que el péndulo hace conscientes. El mismo Verne Cameron mantiene que se trata de energías súper conscientes. Otros proponen toda clase de explicaciones metafísi­cas y religiosas de los fenómenos, que son los ángeles o Dios quie­nes mueven el péndulo, y cosas por el estilo.
La importancia de un conocimiento o técnica no radica tanto en el «por qué» como en el «cómo». Una vez que se sepa el «có­mo», el «por qué» ya no tiene tanta importancia. Las teorías úni­camente son útiles para calmar la insaciable curiosidad del intelec­to, que no tolera la incertidumbre. El intelecto debe tener motivos y razones.
He aquí una explicación tan buena como cualquier otra para

 

Cualquier persona con una mente adiestrada y una razonable capacidad de concentración y que sea emocionalmente estable puede usar el péndulo y llegar a emplearlo con bastante exactitud al ca­bo de breve tiempo. A quienes no posean las dotes necesarias no les irá muy bien. Nuestro consejo es que adquiera en primer lugar el necesario control mental y emocional, antes de fiarse de sus adivinaciones.
Si lo desea, puede emplear el péndulo para desarrollar estas cualidades: al comenzar a practicar el equilibrio emocional, gana­rá un mayor control y serenidad, y observará que sus adivinacio­nes son cada vez más exactas. También otras facetas de su vida empezarán a mejorar.
En todo caso, la ciencia de la radiestesia no necesita más teo­rías, sino practicantes bien entrenados que vean por sí mismos a lo que ésta puede llegar, y que amplíen y difundan las investiga­ciones de esta importante ciencia de la Nueva Era. En cuanto em­piece a manejar el péndulo y compruebe su utilidad por sí mismo, dejarán de preocuparle excesivamente las teorías subyacentes. Como respondió Edison cuando le preguntaron « ¿Qué es la electricidad?»: «No sé qué es, pero ahí está, usémosla.»

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