Vibración y energía
 
 
 
 
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SYMBOLOS
 


Revista internacional de  

Arte - Cultura - Gnosis
  
Miniatura s. XVII
 
OTROS TRES TRATADOS ALQUIMICOS
por:
 Dos autores anónimos, e Ireneo Filaleto.
NOTA EDITORIAL DE LA PRESENTE COLECCIÓN
(Seis Tratados)
Publicamos aquí otros tres escritos alquímicos no traducidos aún al castellano
pertenecientes a una colección inglesa del s. XVII, el tercero de ellos firmado
por Ireneo Filaleto, tal vez el más claro de los Filósofos de la Piedra o
Filósofos del Fuego, que en esta colección y que junto con sus compañeros nos
describe un viaje interior maravilloso fundamentado en la experimentación de
la alquimia mineral.   
Desde luego estos textos deben leerse olvidando su literalidad y sin embargo
concentrándonos completamente en ella para poder trascenderla,
comprendiendo su simbólica mediática en el corazón.   
Es indudable que el conjunto y la interrelación de los tratados que fueron
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publicados en una misma edición, se complementan al punto de parecer de una
misma mano o reunidos por alguien que pensaba que no lo hacía al azar. 
Por mucho de lo que dicen, estos textos están hoy tan vigentes como cuando
fueron escritos ya que el athanor alquímico es el propio ser humano y sus
pasiones; donde permanentemente se cuece la obra creacional.
 
LA PIEDRA DE LOS FILOSOFOS:
INCLUYE
LA PRIMERA MATERIA
Y el Doble Proceso para las Tinturas Vegetales y Metálicas
EL LIBRO INTIMO
DE
SIR GEORGE RIPLEY,
Canónigo de Bridlington
CONTIENE
Sus Anotaciones sobre la Elaboración del
Mercurio Filosófico y los Elixires.
PREPARACIONES DEL MERCURIO SOFICO.
EXPERIMENTOS
PARA LA PREPARACION DEL MERCURIO SOFICO, POR LA LUNA Y
EL REGULUS ANTIMONICO ESTRELLADO DE MARTE, PARA LA
PIEDRA DE LOS FILOSOFOS.
Escrito por Eirenaeus Philalethes, Inglés, y Cosmopolita.
 
 
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Alquimia: Otros 3 Tratados ingleses inéditos en castell


LA PIEDRA DE LOS FILOSOFOS:
 
INCLUYE
 
LA PRIMA MATERIA
 
Y el Doble Proceso para las Tinturas Vegetales y Metálicas
 
C O N T E N I D O 
CAPITULO I. Introducción. 
CAPITULO II. Sobre la Tintura Vegetal, o el proceso denominado Circulación
Menor. 
CAPITULO III. Sobre los Usos de la Tintura Vegetal, con algunas
consideraciones generales sobre su gran eficacia en Medicina. 
CAPITULO IV. Sobre la Tintura Metálica. 
CAPITULO V. Sobre la Segunda Materia, o Semilla en los Metales. 
CAPITULO VI. Sobre la Disolución y Extracción de la Semilla en los Metales. 
CAPITULO VII. Sobre la Separación y Posterior Tratamiento de nuestra
Semilla Filosófica. 
CAPITULO VIII. Sobre la Unión, o Matrimonio Místico en el Proceso
Filosófico. 
CAPITULO IX. Sobre el Posterior Tratamiento y Maduración de nuestra
Semilla. 
CAPITULO X. Sobre el Siguiente Proceso para la Maduración de nuestra Noble
Semilla. 
CAPITULO XI. Ulterior Descripción del Proceso. 
CAPITULO XII. Sobre la Piedra y sus Usos. 
CAPITULO XIII. Sobre la Transmutación. 
  
PREFACIO
Si hubiese sido fácil encontrar alguna publicación en inglés, que mereciera la
pena, sobre este raro y trascendental tema, la gente no hubiese tenido ningún
problema con él. Las operaciones que aquí se describen se hallan todas dentro

del compás de la Naturaleza, se explican con un lenguaje llano, y los
razonamientos que se hacen sobre ellas se adecúan al entendimiento común,
especialmente allí donde se tratan las cosas desde un punto de vista químico.
Cualquiera que se interese en su estudio, si es pobre, hará bien en cuidar de su
propio negocio, sin intentar realizar la Obra Filosófica, puesto que todo el
aparato necesario requerirá más gasto de dinero y de tiempo del que él puede
disponer. Sin embargo, aquéllos que tengan capacidad para ello pueden
emprenderlo perfectamente, como recreo o como empleo productivo, y un
trabajador ingenioso puede ser contratado como asistente para las operaciones
manuales, obteniendo así un sobresueldo diario por su trabajo que le permita la
subsistencia. ¿Qué más puede esperar el hombre modesto y piadoso? No se
puede contar jamás con el hombre vicioso para un trabajo de las consecuencias
de este, en el que la paciencia es el requisito principal junto con una estricta
veracidad en la enumeración de cualquier variación de la materia durante un
tedioso proceso que dura entre siete y nueve meses. 
Quienquiera que emprenda este proceso necesitará un asistente; e insistimos,
debe ser alguien cuya fidelidad sea indudable, alguien que, por encima de todo,
sea digno de toda confianza; noble, verdadero y religioso, y, al igual que su
patrón, perspicaz investigando los fenómenos de la Naturaleza, especialmente en
lo que se refiere a los procesos químicos. 
Aquellos que acostumbran a tratar con desprecio esta ciencia, seguramente
ridiculizarán cualquier libro que se escriba sobre ella sin examinar lo que éste
pueda proponer en su defensa, tomando el título como motivo suficiente para
despreciar su contenido. Dejaremos a estas personas superficiales en la tranquila
posesión de esa desgraciada autosuficiencia que han adquirido, y nos
disculparemos además, ante los que se hallan en posesión de este proceso, por la
claridad con la que lo exponemos, si es que hay alguno de ellos, que viva
todavía, que no esté de acuerdo con nuestra intención de comunicar
abiertamente lo que ha sido considerado desde hace tan largo tiempo como una
sagrada declaración a algunos Filósofos escogidos. 
CAPITULO I.
Introducción.
A causa de que muchos han escrito sobre la Piedra de los Filósofos sin tener
ningún conocimiento del arte, y de que los pocos libros existentes escritos por
nuestros eruditos predecesores y verdaderos maestros en el tema se han perdido
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Alquimia: Otros 3 Tratados ingleses inéditos en castell

o se hallan ocultos entre las colecciones de aquellos que (aunque desprecian
profundamente el arte) son amantes y buscadores de los secretos de la
naturaleza, hemos tomado la determinación de comunicar nuestro conocimiento
sobre esta materia con la intención de orientar de un modo fiable los estudios de
todos aquéllos que están convencidos de que la Obra Filosófica no es ninguna
ficción sino que está basada en las posibilidades de la Naturaleza, y que poseen
el indudable criterio de distinguir entre los autores que son genuinos hijos de la
ciencia y los que son falsos y escriben tan solo de oídas. 
No daremos en esta ocasión un listado de los nombres de los que son
indiscutibles maestros en el arte, sin embargo aprovecharemos la ocasión de
presentarlos en los capítulos siguientes si se hace necesario; y como su
conocimiento se halla habitualmente escondido bajo una estudiada ambigüedad
de expresión, expondremos llanamente, y sin ninguna reserva, por el don que
nos ha otorgado el Todopoderoso, la primera materia de la Piedra de los
Filósofos, y la forma de proceder a través de todo el proceso, tanto para las
Tinturas Vegetales como para las Metálicas. Empezaremos primero con el
proceso Vegetal, por ser el más fácil y simple, aunque bien merece la atención
de todas las personas de ingenio, en particular de los químicos practicantes y de
quienes elaboran medicinas. 
CAPITULO II.
Sobre la Tintura Vegetal, o el Proceso denominado Circulación Menor.
Muy pocos filósofos auténticos han tratado este tema, por parecerles una
nimiedad en relación a la gran obra, nombre con el que se denomina
generalmente al trabajo con los metales. Sin embargo, existe una publicación
moderna en inglés sin firma alguna, un pequeño y delgado libro en dozavo
titulado "Aphorismi, seu Circulus majus et Circulus minus", en el que se explica
claramente la totalidad del proceso. 
Este libro está escrito por un indudable maestro del arte, y no existe ningún
tratado, antiguo ni moderno, tan explícito en las instrucciones sobre la gran obra.
Estas son muy breves, aunque suficientes para servir a su propósito principal:
siempre que el lector se haga una idea sobre la parte del trabajo a la que se está
aludiendo. El autor, en consonancia con el título del libro, entrega su doctrina en
forma de aforismos. Pero volvamos al tema que nos ocupa. 
En este capítulo nos proponemos dar acceso al proceso vegetal como clave para
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el trabajo con el reino mineral, de mayor importancia. Cierta persona, que
todavía vive y anuncia bálsamo de miel, tintura de salvia, etc, le ha dado un giro
a sus estudios en este sentido, y con su gran habilidad como físico y botánico
experimentado, ha convencido a todas las personas sin prejuicios de que es
posible extraer tinturas nobles de los vegetales. Esperamos que este caballero no
despreciará nuestro franco comunicado para con él así como para con el público
cuando demostremos la insuficiencia de su método (aunque es ingenioso)
exponiendo las razones del nuestro, basado en el infalible terreno de la verdad y
la filosofía. 
Este autor observa, con una precisión que sólo puede resultar de múltiples
pruebas, que las diferentes plantas dan sus tinturas en las proporciones de
alcohol que él ha descubierto. Admitimos que el espíritu volátil y el azufre
balsámico se extraen según esas proporciones; pero la sal y el azufre esenciales,
o fijos, de la planta, se pierden en el proceso. Estos, para ser extraídos, requieren
otro tipo de manejo, el cual pretende ignorar u ocultar innoblemente. Sin
embargo, un secreto tan noble debe estar abierto a todos para beneficio común y
lo que aquí sigue es un sencillo resumen del proceso vegetal. 
Tomad cualquier planta que sea de poderoso uso medicinal y extraedle la tintura
con espíritu de vino o destiladla de la forma corriente. Apartad el líquido
destilado o tintura para su uso cuando se separe de las heces. Luego tomad las
heces, o Caput Mortuum, y calcinadlas hasta que se conviertan en cal. Triturad
esta cal hasta convertirla en polvo. Hecho esto, tomad el agua o tintura y
mezcladla con el polvo. Destiladlo de nuevo, y calcinadlo, forzando con
precaución la eliminación de la humedad con una retorta, calcinando y
cohobando el espíritu de la sal hasta que alcance una blancura perfecta y una
naturaleza aceitosa igual al más fino de los álcalis, comúnmente llamados
Flamencos. Si vuestra sal lo requiere durante el proceso, tened preparada más
cantidad de la tintura extraída, o espíritu destilado, a saber, si la sal está
demasiado seca; y proceded también con cautela sin añadir excesiva humedad,
para que el albedo, o blanqueo, pueda continuar aumentando visiblemente en
cada repetición del proceso. La experimentación frecuente os otorgará la
capacidad de forzarlo hasta el rojo. Sin embargo, el mejor de todos los colores
es un ligero tono amarillo, puesto que el proceso tiende, en esta etapa de su
perfección, a un estado de sequedad y debe ser manejado con un fuego fuerte.
De acuerdo a estas instrucciones, obtendréis dos tinturas del Reino Vegetal, que
corresponden a las tinturas blanca y roja del reino mineral. 

CAPITULO III.
Sobre los Usos de las Tinturas Vegetales, con algunas consideraciones
generales sobre su gran eficacia en medicina.
Siguiendo cuidadosamente nuestras instrucciones anteriores, habréis obtenido
las tinturas blanca y amarilla del Reino Vegetal. La amarilla es más eficaz si el
trabajo está bien realizado. Ambas, al ser expuestas al aire, se convertirán
rápidamente en un espeso aceite esencial cuyo olor fortísimo es el mismo que el
de la planta, y las propiedades de cualquier cantidad de éste pueden ser
concentradas repitiendo la circulación. Sin embargo, no tenéis necesidad de ello
a no ser por curiosidad. Vuestras tinturas poseen un verdadero y permanente
poder para extraer las propiedades esenciales de cualquier planta que deseéis,
tan solo por inmersión, proceso en el que la sal esencial y el espíritu volátil se
unen con el aceite sulfuroso y flotan en la superficie de vuestra tintura mientras
que las heces terrestres se precipitan en el fondo, a diferencia de lo que sucede
en la destilación o extracción de la tintura con alcohol, en la que el tallo y la
textura de la planta se conservan intactos. No, esta Tintura Vegetal consume
toda la sustancia de la planta y precipita sin su sal esencial solamente las
partículas terrosas adquiridas en su vegetación, a las que ningún grado de
calcinación podría convertir en álcalis. Esta es la virtud de nuestra Tintura
Vegetal. Y por frecuente que sea la repetición de esta operación con diferentes
plantas, no pierde nada de su virtud, o cantidad, o cualidad, sacando a relucir las
virtudes de cualquier planta que se sumerja en ella y precipitando la tierra como
antes, momento en el que ambas se pueden separar fácilmente y en el que la
medicina puede ser apartada para su uso posterior. 
Examinemos una medicina preparada de tal manera y los principios de los que
se extrae bajo los métodos generalizados de preparación. Por ejemplo, si se toma
el líquido destilado de cualquier planta aromática o balsámica, la experiencia
ordinaria nos convencerá de que es su parte volátil lo único que puede subir a la
cabeza. Sin embargo, tomad el Caput Mortuum, y éste se calcinará después de
ese proceso, y se convertirá en un álcali que prueba por su acritud que es por sí
mismo una sal esencial que, en contacto con el aire, se convertirá en un aceite
que es su azufre esencial. Si tomáis la tintura extraída con alcohol, es lo mismo,
tan sólo las partes más resinosas de algunas hierbas pueden enriquecer el
extracto, y retener el azufre volátil que le da el color y el aroma, el cual se
desprende en la destilación. Sin embargo, la potente virtud o alma de la planta,
si se nos permite la expresión, se va al estercolero. Es lo mismo si se usa el jugo
exprimido de la hierba, y si se toma en polvo, o substancia, tal como a veces se

prescribe: tan sólo una pequeña parte de su virtud, aparte de sus cualidades
nutrientes, puede transmitirse al paciente, excepto como bitter o vermífugo, en
cuyos casos tal vez la mejor forma sea por infusión. 
Que nadie desprecie la operación expuesta anteriormente sólo porque no se
encuentre en los libros ordinarios de química. Considerad las posibilidades de la
Naturaleza que provoca maravillosos efectos a partir de las más simples causas.
Que nadie imagine tampoco que este proceso es fácil de realizar sin efectuar
algunas pruebas en las que hay que atender pacientemente todas las operaciones
y esforzarse por anotar cualquier deficiencia en el curso del trabajo. Por esta
razón, lo correcto es que el artista se forme una idea de lo que se tiene intención
de obtener, de la cantidad de tiempo que le ha llevado a la Naturaleza preparar la
materia sobre la que va a trabajar, en qué estado la ha dejado, y hasta qué punto
puede ser ésta exaltada por encima del límite ordinario de su virtud, que es aquél
que podría conseguir en contacto con el aire, y todo ello por la asistencia del
Arte Filosófico a la Naturaleza, a la que, como si fuese su doncella, le
administra el debido calor, el cual es nutritivo y no corrosivo. 
Bastará con una recapitulación del proceso anterior, con algunas
consideraciones sobre sus diferentes etapas, para explicar su significado y
preparar al lector para el proceso siguiente referente a la tintura metálica, o
Piedra de los Filósofos. 
Las propiedades de las hierbas y cuerpos simples son realmente grandes y
múltiples. De entre estas, algunas son venenosas y narcóticas, aunque
ampliamente usadas en medicina. Sin embargo, todas ellas necesitan algún tipo
de preparación o corrección. Actualmente, las formas habituales de preparación
o corrección son defectuosas: ni preservan la totalidad de su virtud ni
proporcionan ningún menstruum capaz de hacerlo con rapidez y precisión. El
alcohol, como ya observamos anteriormente, extraerá una tintura, y la
destilación un espíritu. No rechazamos ninguno de estos métodos en nuestro
trabajo, puesto que son útiles para descomponer la materia, sin embargo, no nos
conformamos solamente con una parte de sus virtudes. 
Hablando filosóficamente, obtendríamos su alma, que es su Sal Esencial, y su
espíritu, que es el azufre inflamable. El cuerpo en el que éstos residen no nos
interesa: es mera tierra y debe volver al sitio de donde procede; mientras que el
alma y el espíritu son paradisíacos, si el artista consigue liberarlos de su prisión
terrestre sin pérdida; pero esto sólo puede realizarse por la muerte.
Entendámonos bien. Filosóficamente hablando, no se alude a otra cosa que a la

descomposición del sujeto en sus primeros principios, igual que al unirlos de
forma permanente aumentando su virtud se lo denomina muy categóricamente
resurrección y regeneración. Así pues, esta descomposición debe realizarse muy
juiciosamente para no corroer o destruir la materia sino dividirla en sus partes
integrantes. En esta fase de la obra, el artista considerará qué es lo que se
propone finalmente, sin perder de vista la Naturaleza, quien, si es asistida
correctamente en sus operaciones, obtiene de la disolución de cualquier sujeto
algo mucho más excelente, como ocurre con un grano de maíz, o cualquier otra
semilla vegetal, que por su cultivo puede ser convertida en un producto
sorprendente. Sin embargo, debe morir primero, tal como nuestro
Bienaventurado Salvador observa con rotundidad. Que la imaginación del artista
reflexione sobre esta idea para que pueda tener verdadero conocimiento de lo
que está intentando hacer, puesto que toda la obra filosófica, ya sea con
vegetales o minerales, no es nada más que una mortificación de la materia y su
posterior revivificación a una vida más excelente. 
Así, si la intención en el proceso anterior fuera tan sólo la de aumentar la
producción de un vegetal dado, la destrucción y la revivificación marcarían el
curso común del vegetal a través de la semilla, y la Naturaleza tan solo podría
ser asistida fertilizando el suelo y distribuyendo adecuadamente el calor y la
humedad. Aun así, no faltan autores, en particular Paracelso, que describen
audazmente ciertos procesos en los que la cualidad vital de la semilla es
destruída por calcinación y posteriormente revivificada de nuevo con gran
satisfacción por parte del artista. Tales fantasías son un escándalo para la
filosofía y una trampa para el lector superficial, al que generalmente le impacta
más la afirmación rotunda de hechos imposibles que la modestia de los
verdaderos artistas. Estos admiten que sus operaciones están dentro de las
fronteras de la Naturaleza, cuyos límites no pueden sobrepasar. 
Luego, el lector, se dará cuenta de que nuestra intención aquí no es la de
aumentar la cualidad seminal, sino la de concentrar, en un pequeño volumen, las
virtudes medicinales de una planta. Esto es lo que la Naturaleza desea conseguir
en todas sus producciones, aunque, en su curso ordinario, sólo puede elevarlas a
un nivel de perfección semejante por medio de la pureza del aire y el poder
fijador de los elementos. Si tomamos los vegetales en ese punto de perfección al
que ella los ha llevado, y además la asistimos en la descomposición,
purificación, unificación y revivificación de la materia, obtenemos lo que de otra
manera ella no podría producir: una tintura realmente permanente, la
denominada quintaesencia, una mezcla tan armónica de las cuatro cualidades
elementales que constituye en sí una quinta, que a partir de entonces es

indisoluble y no puede ser degradada por impureza alguna. 
Sin embargo la virtud de esta Tintura Vegetal puede mejorar ad infinitum,
dentro de su propia especie, añadiendo más cantidad de su espíritu o tintura
extraída y repitiendo la circulación. Dicho proceso es cada vez más rápido
puesto que hay una cualidad magnética en la sal fija, y aceite esencial, que
asimila a sí misma todas las virtudes auténticas de lo que se le añade y rechaza
únicamente las cualidades fecales y terrestres. Así, en un grano de tintura puede
concentrarse mucha virtud, en absoluto corrosiva o fogosa, sino amable para con
la vida animal, y medicinalmente mucho más poderosa que la misma planta.
Aun hay más, los destiladores de espíritus ardientes buscaban algo de esta
naturaleza cuando separaban la flema del azufre volátil hasta que este se
convertía en lo que se llama un espíritu fuerte, el cual quemaba en seco, claro
indicio de que no contenía ningún componente esencial de la materia de la cual
se extraía, puesto que lo que es esencial no puede ser destruido por el fuego,
sino que enrojece hasta convertirse en una sal alcalina, porque tiene en su centro
un Azufre Incombustible, que, al exponerse al aire, se manifiesta tanto a la vista
como al tacto. Así, si esta Sal y este Azufre se purifican suficientemente, y se les
añade el espíritu destilado, o tintura extractada, la Naturaleza encontrará una
sustancia en la que llevar sus operaciones hasta el más alto nivel, si un artista le
proporciona los recipientes apropiados y un grado de calor adecuado a sus
intenciones. 

CAPITULO IV.
Sobre la Tintura Metálica.
Emprendimos la descripción del proceso vegetal principalmente con el objetivo
de que el lector se familiarizase con la idea general de la Obra Filosófica en los
metales, puesto que ambos proceden según los mismos principios. Lo único es
que los mercurios de los metales presentan mayor dificultad de extracción, y se
requieren grados más fuertes de calor, así como más tiempo y mucha más
paciencia por parte del artista. Tampoco se puede tener éxito en la operación sin
haber realizado muchas pruebas y sin tener constantemente en consideración lo
que está dentro de las posibilidades de la Naturaleza. Asimismo, para este
propósito, es necesario conocer la composición de los metales, ya que el artista
debe saber cómo descomponerlos y reducirlos a sus principios básicos, y este es
un asunto que los filósofos tratan con verdadero misterio, y que ocultan a
propósito, por ser la verdadera llave que abre todos los secretos de la Naturaleza.
Nosotros seremos más explícitos con respecto a este tema fundamental, puesto

que se acerca el tiempo en que, como ha dicho Sendivogius, el proceso de
elaboración de la Piedra será descubierto tan abiertamente como el de la
conversión de la cuajada en queso. Sin embargo, queremos advertir al lector que
no imite al rey Midas de la fábula, buscando la noble tintura de los metales
movido por la codicia: pues los hombres verdaderamente sabios buscan
únicamente un remedio para las enfermedades humanas y valoran el oro
solamente en la medida en que les otorga independencia y les facilita el ejercicio
de la caridad universal. Ellos, sin vanagloria ni ostentación, transmiten sus
aptitudes a aquellos que son dignos investigadores de la Naturaleza, aunque
hacen todo lo posible por ocultar su nombre, mientras viven, igual que ocultan al
mundo su conocimiento sobre el misterio. 
Seguiremos aquí su ejemplo, aunque escribamos más llanamente sobre el
Proceso Metálico de lo que nadie lo ha hecho hasta el momento, sabiendo que la
providencia del Altísimo guardará efectivamente a este Arcano de caer en
manos de los codiciosos buscadores de oro y los bellacos simuladores del Arte
de la Transmutación. Porque los primeros, a causa de su impaciencia, cambiarán
pronto la simplicidad de la Naturaleza por procesos de mayor sutileza
inventados por los segundos, y adaptados a las avariciosas premisas de los otros,
quienes, juzgando las cosas según sus propias tendencias posesivas, no conocen
la noble liberalidad de la Naturaleza, imaginando que algún oro habrá que dar
por adelantado, antes de que ella reaprovisione sus montones. Esto está bien
previsto por aquellos simuladores, que reciben todo lo que pueden trincar,
haciéndose pasar por sus verdaderos agentes, y, como no son conscientes de la
necesidad de poner un freno a sus abusos, la decepción continuará hasta que
todo se desvanezca en humo. 
Vale la pena observar aquí que todos los que han escrito sobre el arte partiendo
de principios indudables, afirman que el verdadero proceso no es caro, puesto
que todo lo que se necesita es tiempo, combustible y trabajo manual. Por otra
parte, todos están de acuerdo en que la materia sobre la que todo ello se aplica es
fácil de obtener. Se necesita, desde luego, una pequeña cantidad de oro y plata
cuando se hace la piedra, como vehículo para su teñido, tanto en la tintura
blanca como en la roja, cosa con la que aquellos estafadores, a partir de los
libros de los filósofos, han urgido a los avariciosos para robarles con ese
pretexto su tiempo y su dinero. Sin embargo, su engaño es tan burdo que nadie
puede ser víctima de él, a no ser que justamente lo merezca. 
El lector puede pues estar tranquilo, seguro de que este proceso no es caro, y
rechazar por consiguiente a todos los autores o practicantes que contradigan esta

verdad establecida, recordando la simplicidad de la Naturaleza en sus
operaciones, observando el frugal método que utiliza, y su consumada sabiduría
en la disolución de las cosas, esforzándose siempre por conseguir la perfección
en cualquier nueva producción. Y puesto que aquí nos proponemos asistirla en
un proceso metálico, tal como hicimos antes con el vegetal, consideremos
brevemente cómo forma los metales, en qué estado los ha dejado, y qué
necesidad hay de la habilidad del artista para asistirla en el intento de llevarlos a
ese grado de perfección que son capaces de alcanzar. 
Cualquier filósofo verdadero estará de acuerdo en que la Materia Prima de los
metales es un vapor húmedo, que surge por la acción del fuego central de las
entrañas de la tierra, el cual, circulando a través de sus poros, se encuentra con
el aire ordinario. Este lo coagula en un líquido untuoso que se adhiere a la tierra,
la cual le sirve de receptáculo, y donde se une con un azufre más o menos puro,
y una sal de cualidades más o menos fijadoras, que atrae del aire. Al recibir un
cierto grado de purificación y maduración, de concocción, por parte del calor
central y del calor solar, se forman las piedras y las rocas, los minerales y los
metales. Todos ellos están formados originariamente por el mismo vapor
húmedo, sin embargo presentan variaciones según las diferentes impregnaciones
del esperma, la cualidad de la sal y el azufre con los que se fijan, y la pureza de
la tierra que les sirve como matriz; pues cualquier porción de este vapor
húmedo, cuando es sublimada de forma rápida hasta la superficie de la tierra,
llevándose consigo sus impurezas, se ve prontamente privado de sus partes más
puras por la constante acción del calor, tanto central como solar, formando las
partes groseras una sustancia mucilaginosa que es la que proporciona la materia
de las piedras y rocas comunes. No obstante, cuando este vapor húmedo es
sublimado, muy lentamente, a través de una fina tierra, y no comparte la
untuosidad sulfúrea, se forman pequeñas chinas o guijarros, pues el esperma de
esas bellas piedras multicolores, como también el de mármoles, alabastros, etc,
separa a este vapor depurado tanto para su primera formación como en su
crecimiento posterior. Las gemas se forman de manera semejante a partir del
encuentro de este vapor húmedo con agua salada pura, con la cual se fija en
lugares fríos. Sin embargo, si la sublimación se produce lentamente a través de
lugares calientes y limpios, en los que se le adhiere la parte grasa del azufre, este
vapor, que los filósofos llaman su Mercurio, se une con esta grasa y se convierte
en una materia untuosa, que yendo a parar posteriormente a otros lugares,
limpios por los vapores anteriormente mencionados, donde la tierra es sutil, pura
y húmeda, rellena sus poros, y constituye de este modo el oro. En cambio, si la
sustancia untuosa va a parar a lugares fríos e impuros, se produce el plomo, o
Saturno. Si la tierra es fría y pura, mezclada con azufre, el resultado es el cobre.

La plata también se forma a partir de este vapor, allí donde éste abunda en
pureza, pero mezclado con un menor grado de azufre y no suficientemente
madurado. También se encuentra en cantidad en el estaño, o el llamado Júpiter,
aunque en menor grado de pureza. En Marte, o el hierro, se halla impuro en una
menor proporción, y mezclado con un azufre adusto. 
De todo ello parece deducirse que la Materia Primera de los metales es una sola
cosa, y no varias, homogénea, pero alterada por la diversidad de lugares y
azufres con los que se combina. Los filósofos describen frecuentemente esta
materia. Sendivogius la llama el agua celeste, la que no humedece las manos, un
agua no vulgar que es casi como el agua de lluvia. Hermes la describe muy bien
cuando la llama "un pájaro sin alas", expresando así su naturaleza vaporosa.
Cuando llama al sol su padre y a la luna su madre, quiere decir que ella se
produce por la acción del calor sobre la humedad. Cuando dice que el viento la
lleva en su vientre, solamente quiere decir es que el aire es su receptáculo.
Cuando afirma que lo inferior es como lo superior, nos enseña que es el mismo
vapor de la superficie de la tierra el que proporciona la materia de la lluvia y el
rocío de los que se nutren tanto el reino vegetal como el animal. Esto es lo que
hoy los filósofos llaman su Mercurio y afirman que se encuentra en todas las
cosas, lo que de hecho es así. Esto hace que algunos la supongan en el cuerpo
humano, y otros en el estercolero, lo cual ha confundido muy a menudo a los
amantes de las sutilezas filosóficas que, sin tener una idea clara sobre el objeto
de su búsqueda, vuelan de una cosa a otra esperando encontrar en los Reinos
Vegetales o Animales la sublime perfección del Reino Mineral. Los filósofos
han contribuido, sin duda alguna, al mantenimiento de tales errores a causa de su
intención de ocultar la Materia Prima a los que no fuesen merecedores de
conocerla. Quizá tomaron excesivas precauciones: Sendivogius dice que, en una
ocasión en la que estaba impartiendo un discurso, expuso claramente el arte,
palabra por palabra, ante unas personas que, teniéndose a sí mismas por
filósofos sagaces, no captaron más que unas pocas nociones y tan alejadas de la
simplicidad de la Naturaleza, que era imposible que pudieran comprender nada.
Así pues, poco es su temor de que el secreto de la Materia Prima sea descubierto
por otros que no sean aquéllos a quienes la complacencia y la providencia del
Altísimo se lo permite. 
Esta disposición benevolente fue lo que le indujo a hablar más abiertamente
sobre la Materia Prima, y a encaminar al artista en su búsqueda hacia el reino
mineral; pues, citando a Alberto Magno que, en sus tiempos, escribió sobre el
hallazgo de partículas de oro entre los dientes de un hombre muerto, observa
que Alberto no podía dar cuenta de este milagro, sino juzgar que se había

producido en razón de la virtud mineral en el hombre, cosa que sería confirmada
por la frase de Morienus: "Y esta materia, Oh Rey, se ha extraído de vos". Esto
es, sin embargo, erróneo, dado que Morienus entendía estas cosas
filosóficamente y que la virtud mineral reside en su propio reino, que es distinto
del animal. Desde luego es cierto que en el reino animal el mercurio, o
humedad, es como la materia, y el azufre, o médula de los huesos, como la
virtud. Pero lo animal no es mineral y vice versa. Si la virtud del azufre animal
no se encontrara en el hombre, la sangre, o mercurio, no podría coagularse en
carne y huesos, del mismo modo que si no hubiese un azufre vegetal en el reino
vegetal, éste no podría coagular el agua, o mercurio vegetal, en hierbas, plantas,
etc. Debe entenderse lo mismo respecto al reino mineral. 
Desde luego, estos tres reinos no difieren en su virtud, y tampoco los tres
azufres, ya que cada uno de ellos tiene el poder de coagular su propio mercurio,
y cada mercurio tiene el poder de ser coagulado únicamente por su propio
azufre, y no por ningún otro que sea ajeno a su reino. 
Así, la razón por la que se encontró oro entre los dientes de un hombre muerto
es la siguiente: porque se le administró mercurio durante su vida, ya fuese por
unción (o por medio de turbit) o por algún otro método. Está en la naturaleza de
este metal el ascender hasta la boca, logrando por sí mismo una salida, para ser
evacuado con la saliva; pero el enfermo murió durante el tratamiento y el
mercurio, no encontrando ninguna salida, permaneció en su boca, entre sus
dientes. El cadáver, al tener la boca cerrada durante mucho tiempo, actuó como
matriz natural para la maduración del mercurio, hasta que éste se condensó en
oro por su propio azufre, siendo purificado por el calor natural de la
putrefacción causada por la flema corrosiva del cuerpo del hombre. Sería
imposible que esto hubiera ocurrido si durante su vida no se le hubiese
administrado mercurio mineral.