El medallón central de Notre-Dame. 2ª parte

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Vibración y energía
 
 
 
 
  El medallón de Notre-Dame 1ª parte El medallón de Notre-Dame 2 ª parte  

 

 

ANEXO
Las Siete Artes Liberales

La expresión artes liberales, usada principalmente durante la Edad Media, no significa artes

en el sentido en el que entendemos estas palabras hoy en día, sino aquellas ramas del conocimiento
que fueron enseñadas en las escuelas de aquel tiempo. Son llamadas liberales (Lat. liber, libres)
porque sirven al propósito de entrenar al hombre libre, en contraste con las artes illiberales, que
tienen fines económicos; su fin es preparar al estudiante no para ganarse la vida, sino la búsqueda
de la ciencia en el sentido estricto del término, es decir, la combinación de filosofía y teología
conocida como escolástica. En número son siete y pueden organizarse en dos grupos, abarcando el
primero la gramática, retórica y dialéctica, en otras palabras, las ciencias del lenguaje, de la
oratoria, y de la lógica, mejor conocidas como las artes sermocinales, o estudios de la lengua; el
segundo grupo comprende la aritmética, geometría, astronomía y música, es decir, las disciplinas
matemático-físicas, conocidas como las artes reales, o physicae. Se considera que el primer grupo
es el grupo elemental, por eso es que estas ramas son también llamadas artes triviales o trivium, es
decir, un terreno bien apisonado tal como el de la unión de tres caminos, o una encrucijada abierta a
todo. En contraste con estos, encontramos las disciplinas matemáticas como las artes quadriviales o
quadrivium, o camino con cuatro entronques. Así, las siete artes liberales son miembros de un
sistema de estudios que abraza a las ramas de la lengua como las más bajas, las ramas matemáticas
como intermedias, y la ciencia propiamente dicha como el grado superior y terminal. Aunque este
sistema no recibió el desarrollo distintivo connotado por su nombre hasta la Edad Media, aún se
extiende en la historia de la pedagogía tanto hacia atrás como hacia delante; pues, aunque por un
lado los encontramos entre las naciones clásicas, los griegos y los romanos, y hasta descubrimos
formas análogas como precursores en el sistema educacional de los antiguos orientales, su
influencia, por otro lado, ha durado mucho más allá de la Edad Media, casi hasta nuestros días.
Por varias razones es deseable tratar el sistema de las siete artes liberales desde este punto de
vista, y esto es lo que mos proponemos hacer en este artículo. El tema es de especial interés para los
historiadores, debido a que una evolución que se extiende a través de más de dos mil años y aún en
operación activa, reta a nuestra atención al sobrepasar tanto en duración como en ramificaciones
locales en todas las demás fases de la pedagogía. Pero es igualmente instructivo para los filósofos
debido a que pensadores tales como Pitágoras, Platón y San Agustín colaboraron en el marco del
sistema, y porque en general mucho del pensamiento, y podemos decir, mucha sabiduría pedagógica
ha sido incorporada en ello. Por ello, también es de importancia para el maestro práctico, porque
entre los comentarios de tantos escolares sobre este tema se pueden encontrar muchas
recomendaciones de gran utilidad.
El sistema de estudio oriental, que exhibe una analogía instructiva con el que aquí se trata, es
de los antiguos hindúes aún en boga entre los brahmanes. En esto, el más alto objeto de estudio es el
Veda, es decir, la ciencia o doctrina de las cosas divinas, la suma de sus escritos especulativos y
religiosos para la comprensión del cual se reunieron diez ciencias auxiliares, de las cuales cuatro
-fonología, gramática, exégesis y lógica- son de naturaleza lingüístico-lógica, y por ello pueden
compararse con el Trivium; mientras que dos –astronomía y métrica- pertenecen al dominio de las
matemáticas, y por tanto al Quadrivium. Los restantes –ley, doctrina ceremonial, doctrina
legendaria y dogma- pertenecen a la teología.
Entre los griegos, el lugar del Veda es ocupado por la filosofía, es decir, el estudio de la
sabiduría, la ciencia de las causas últimas, que desde un punto de vista es idéntica a la teología. La

Pitágoras (quien floreció entre 540 A.C. y 510 A.C.) primero se llamó a sí mismo filósofo,
pero también fue considerado como el más grande teólogo griego. El currículum que organizó para
sus pupilos llevó al hieros logos, esto es, la enseñanza sagrada, para cuya preparación los
estudiantes recibieron como mathematikoi, es decir, los aprendices o personas ocupadas con las
mathemata, la “ciencia de aprender”, las actuales matemáticas. Las preparación para esto fue a lo
que los discípulos se sometieron como akousmatikoi, “oyentes”, después de cuya preparación eran
introducidos a lo que entonces se usaba entre los griegos, llamado mousike paideia, “educación
musical”, que consistía en lectura, escritura, lecciones de los poetas, ejercicios de memorización y
la técnica de la música. La posición intermedia de las matemáticas es atestiguada por la antigua
expresión de los metaichmon Pitagóricos, es decir, “distancia de lanzada”; que era propiamente la
distancia entre los combatientes; en este caso, entre la educación elemental y la estrictamente

intermedia entre las matemáticas del templo y las matemáticas de la vida práctica, tal como
aquella empleada por los encuestadores y personas de negocios; conserva las altas metas del
formador, al mismo tiempo que lo hace la palestra del intelecto; junta una disciplina religiosa con
el servicio de la vida seglar al mismo tiempo sin robarle su carácter sagrado, al igual que

anteriormente transformó la teología física en filosofía natural sin alienarle su origen ..........

.........matemáticas, a saber, aritmética, geometría, astronomía y música, que se calcula ponen en acción
los poderes de la reflexión (äéáíïéá), y permite que el estudiante progrese por grados desde
percepción sensorial hasta intelectual, a medida que domina en forma sucesiva la teoría de los
números, de las formas, de las leyes cinéticas de los cuerpos y de las leyes de los sonidos
(musicales). Esto lleva al más alto grado del sistema educacional, su pináculo (ôçñéãêïó) por
decirlo así, esto es, la filosofía, a la cual Platón llamó dialéctica, elevando así la palabra desde su
significado actual para significar la ciencia de lo Eterno como terreno y prototipo del mundo de
los sentidos. Este progreso a la dialéctica (äéáëåêôéêå ðïñåéá) es la obra de nuestra más alta
facultad cognitiva, el intelecto intuitivo (íïõó). De esta manera, Platón asegura una base
psicológica o noética, para la secuencia de sus estudios, que son: sentido-percepción, reflexión y
percepción intelectual.
Durante el período alejandrino, el cual se inicia en los últimos años del siglo cuarto antes de
Cristo, los estudios encíclicos asumen formas escolásticas. La gramática, como ciencia de la lengua
(gramática técnica) y la explicación de los clásicos (gramática exegética), es el principio; la retórica
se convierte en un curso elemental en oratoria y escritura. Por dialéctica ellos entendían, de acuerdo
a la enseñanza de Aristóteles, las directrices que permiten al estudiante presentar puntos de vista
aceptables y válidos de un tema dado; por ello, la dialéctica se convirtió en lógica elemental
práctica. Los estudios matemáticos conservaron su orden platónico, por medio de poemas
astronómicos, la ciencia de las estrellas, y por medio de obras sobre geografía, la ciencia del globo

se convirtió en parte de la educación popular. La filosofía siguió siendo la culminación de los

estudios encíclicos, que le llevó a una relación como el de las criadas a las dueñas de la casa, o de

un refugio temporal al hogar fijo.

Entre los romanos, la gramática y retórica fueron los primeros en lograr una posición
firmemente afianzada; la cultura la identificaban con elocuencia, pues el arte de la oratoria y el
dominio de la palabra hablada se basaba en un conocimiento múltiple de las cosas. En sus
“Instituciones Oratoriae” Quintiliano, el primer professor eloquentiae en Roma en los tiempos de
Vespasiano, inicia su instrucción con gramática, o, por decirlo con mayor precisión, con Gramática
Latina y Griega, continúa con matemáticas y música, y concluye con retórica, el cual incluye no sólo
elocución y conocimiento de la literatura, sino también instrucción lógica –en otras palabras,
instrucción dialéctica. Sin embargo, el sistema encíclico como sistema de las artes liberales, o
Artes Bonae, es decir, el aprendizaje del vir bonus, o patriota, fue representado también en
manuales especiales. El “Libri IX Disciplinarum” del erudito M. Terentius Varro de Reate, un
contemporáneo anterior a Cícero, trata de las siete artes liberales agregándoles medicina y
arquitectura. El cómo la última de éstas ciencias fue conectada con los estudios generales es
mostrado en el libro “De Architecturâ” por M. Vitruvius Pollio, un escritor de tiempos de Augusto,
en el cual se hacen excelentes observaciones sobre la conexión orgánica entre todos los estudios.
“Los no experimentados”, afirma, “pueden maravillarse ante el hecho de que tantas cosas
diferentes puedan ser retenidas por su memoria; pero tan pronto observen que todas las ramas del
aprendizaje tienen una conexión real y una acción recíproca entre ellas, el asunto parecerá muy
simple; pues la ciencia universal (åãêøêëéïó, disciplina) está compuesta de la ciencias especiales
así como el cuerpo está compuesto por miembros, y aquellos que desde su primera juventud han
sido instruidos en las diferentes ramas del conocimiento (variis eruditionibus) reconocen en todas

La cristiandad enseñó a los hombres a considerar la educación y la cultura como un trabajo
de la eternidad, a la cual todos los objetos temporales son secundarios. Por tanto, suavizó la
antítesis entre las artes liberales y las no liberales; la educación de la juventud logra su propósito

consecuencia, el trabajo, que entre las naciones clásicas había sido considerado como indigno del
hombre libre, quien sólo debía vivir para el ocio, era ennoblecido; pero el aprendizaje, retoño del
ocio, no perdía su dignidad. Los cristianos conservaron la expresión mathemata eleuthera, studia
liberalia, así como la graduación de estos estudios, pero ahora la verdad cristiana era la corona
del sistema en la forma de instrucción religiosa para la gente y de teología para los eruditos.
La apreciación de las varias ramas del conocimiento era en gran medida influenciada por el
punto de vista expresado por San Agustín en su pequeño libro “De Doctrina Christiana”. Como ex
maestro de retórica y maestro de elocuencia estaba completamente familiarizado con las Artes y
había escrito sobre algunas de ellas. La gramática conserva el primer lugar en el orden de los
estudios, pero el estudio de las palabras no interferiría con la búsqueda de la verdad que contenían.
El regalo más preciado de las mentes brillantes es el amor a la verdad, no las palabras que lo
expresan. “¿Pues en qué beneficia una llave de oro si no puede dar acceso al objeto que deseamos

alcanzar, y por qué buscar la falla de una llave de madera si sirve a nuestro propósito?”. Al

estimar la importancia de los estudios lingüísticos como medio para interpretar la Escritura, debe
enfatizarse la gramática exegética en lugar de la técnica. La dialéctica debe también demostrar su


valor al interpretar la Escritura; “Examina todo el texto como un tejido nervioso”. La retórica
contiene las reglas para una más amplia discusión; debe usarse más bien para establecer lo que

hemos comprendido y no para ayudarnos a comprender (ibid., II, 18). San Agustín comparó una pieza

maestra de retórica con la sabiduría y belleza del cosmos y la historia. Las matemáticas no fueron

inventadas por el hombre, pero sus verdades fueron descubiertas; nos dan a conocer los misterios
ocultos en los números encontrados en las Escrituras, y guían a las mentes hacia las alturas, de lo
mutable a lo inmutable; e interpretados en el espíritu del Divino Amor, se convierten en una fuente

para la mente de aquella sabiduría que ha ordenado todas las cosas por medida, peso y número.

Las verdades elaboradas por los filósofos de la antigüedad, como metal precioso extraído de
las profundidades de una Providencia que reina sobre todo, debe ser aplicado por los Cristianos en
el espíritu del Evangelio, tal como los israelitas utilizaron los vasos sagrados de los egipcios para el
servicio del Dios verdadero (De Doctr. Christ., II, 41).
La serie de libros de texto de moda durante la Edad Media inició con la obra de un africano,
Marcianus Capella, escrito en Cartago alrededor del año 420 D.C. Lleva el título “Satyricon Libri
IX” de satura, se, lanx “un plato lleno”. En los dos primeros libros, “Nuptiae Philologiae et
Mercurio”, se tratan tópicos mitológicos y de otro tipo, por medio de la alegoría de que Phoebus
presenta las Siete Artes Liberales como doncellas a la novia Filología. En los siete libros que
siguieron, cada una de las Artes Liberales presenta la suma de su enseñanza. Una presentación más
simple de la misma materia se encuentra en el pequeño libro, dirigido a clérigos, titulado “De
artibus ac disciplinis liberalium artium”, el cual fue escrito por Magnus Aurelius Cassiodrus en el
reino de Teodorico. Aquí puede notarse que Ars significa “libro de texto”, al igual que la palabra
techen “disciplina” es la traducción del griego µáôçåóéó o µáôçåµáôá, y significaba de una
manera más limitada las ciencias matemáticas. Cassiodorus deriva la palabra liberalis no de liber,
“libre”, sino de liber, “libro”, indicando por ello el cambio de estos estudios a aprendizaje en libro,
así como la desaparición de la perspectiva de que las otras ocupaciones son serviles y no dignas de
un hombre libre. De nuevo nos encontramos con las Artes al inicio de una obra enciclopédica
26II Tim., III, 17
27De Doctr. Christ., IV, 11,26
28Per totum textum scripturarum colligata est nervorum vice, ibid., II, 40,56
29preacepta uberioris disputationis
30“Ita quidam non verborum, sed rerum, eloquentiâ contrariorum oppositione seculi pulchritudo componitur” (De
Civil. Dei, XI, 18)
31De Doctr. Christ., II, 39, también Sabiduría, XI, 21


llamada “Origines, sive Etymologiae”, en veinte libros, compilado por San Isidoro, Obispo de
Sevilla, alrededor del año 600. El primer libro de esta obra trata de gramática; el segundo, de
retórica y dialéctica, ambos comprendidos bajo el nombre de lógica; el tercero, de las cuatro ramas
matemáticas. En los libros del IV-VIII siguen medicina, jurisprudencia, teología; pero los libros IX
y X nos dan material lingüístico, etimologías, etc., y los libros restantes presentan una miscelánea de
información útil. Albinus (o Alcuin), el reconocido hombre de estado y consejero de Carlos el
Grande, trataba las Artes en tratados por separado, de las cuales sólo los tratados que se pretendía
fueran guías al Trivium, son los que han llegado hasta nosotros. En la introducción, encuentra en
Prov. IX, 1 (La sabiduría se ha construido una casa, se ha aserrado siete pilares) una alusión a las
siete artes liberales que él piensa son los siete pilares. El libro está escrito en forma de diálogo,
haciendo el discípulo preguntas que son contestadas por el maestro. Uno de los pupilos de Alcuin,
Rabanus Maurus, quien murió en 850 siendo Arzobispo de Mainz, en su libro titulado “De
institutione Clericoum” dio breves instrucciones en cuanto a las Artes, y publicó con el nombre “De
Universo” lo que podría llamarse una enciclopedia. La extraordinaria actividad mostrada por los
monjes irlandeses como maestros en Alemania llevó a la designación de las Artes como Methodus
Hibérnica. Para imprimir la secuencia de las artes en la memoria del estudiante, se emplearon
versos mnemónicos tales como el hexámetro;
Lengua, tropus, ratio, numerus, tonos, angulus, astra.
Gram loquiter, Dia vera docet, Rhe verba colorat
Mu canit, Ar numerat, Geo ponderat, Ast colit astra.
El número se hizo popular por el número siete: las Siete Artes recordaban las Siete Peticiones
de la Oración del Señor, los Siete Dones del Espíritu Santo, los Siete Sacramentos, las Siete
Virtudes, etc. Las Siete Palabras en la Cruz, los Siete Pilares de la Sabiduría, Los Siete Paraísos
podrían también sugerir ramas particulares de aprendizaje. Las siete artes liberales encontraron
contrapartes en las siete artes mecánicas; incluyendo éstas últimas telar, herrería, guerra,
navegación, agricultura, cacería, medicina, y el ars theatrica. A éstas se agregaron danza, lucha, y
conducción. Aún los logros a ser dominados por los candidatos a caballeros se fijaron en siete:
montura, justa, esgrima, lucha, correr, saltar y tirar la lanza. Las ilustraciones pictóricas de las
Artes se encuentran con frecuencia, usualmente figuras femeninas con atributos adecuados; así la
Gramática aparece con libro y vara, la Retórica con tabla y cincel, la Dialéctica con una cabeza
de perro en su mano, probablemente en contraste con el lobo de la herejía –juego de palabras
Domini canes, Dominicani – la Aritmética con un cordel anudado, la Geometría con un par de
compases y una regla, la Astronomía con una fanega o bushel y estrellas y la Música con cítara y
órgano. Se agregaron los retratos de los principales representantes de las distintas ciencias. Así en el
gran grupo de Tadeo Gaddi que está en el convento dominico de Santa María Novella en Florencia,
y que fue pintado en 1322, la figura central es Santo Tomás de Aquino, la Gramática aparece con ya
sea Donattus (quien vivió alrededor del año 250 D.C.) o Prisciano (alrededor de 530 D.C.), los dos
más prominentes maestros de gramática, en el acto de instruir a un niño: la Retórica acompañada
por Cícero: la Dialéctica por Zeno de Elea, a quien los antiguos consideraron el fundador del arte; la
Aritmética por Abraham, como representante de la filosofía de los números, y versado en el
conocimiento de las estrellas; la Geometría por Euclides (alrededor de 300 A.C.), cuyos
“Elementos” fueron considerados como el canon de la ciencia de las estrellas; la Música por Tubal
Cain usando el martillo, probablemente en alusión a los martillos armónicamente afinados que se
dice sugirieron a Pitágoras su teoría de intervalos. Como contrapartes de las artes liberales se
encuentran siete ciencias más elevadas: ley civil, ley canónica, y las cinco ramas de la teología

llamadas especulativa, de la Sagrada Escritura, escolástica, contemplativa y apologética.

Una imagen instructiva de las siete artes liberales en el siglo doce puede encontrarse en Hugo
de San Víctor, quien murió en París, en 1141. Él descendía de la familia de los Condes Blankenburg
32Cf. Geschichte des Idealismos, II, Par.74, donde se discute la postura de Santo Tomás de Aquino hacia las ciencias.
en las Montañas Harz y recibió su educación en el convento agustino de Hammersleben en la
Diócesis de Halberstadt, donde se dedicó a las artes liberales desde 1109 hasta 1114. En su
“Didascalicum”, VI, 3, escribe “Me atrevo a decir que nunca he sido privado de nada que tenga que
ver con la erudición, pero he aprendido mucho de lo que a otros parece ser frívolo y bobo. Recuerdo
cómo, cuando niño estudiante, buscaba asegurarme de los nombres de todos los objetos que veía, o
que llegaban a mis manos, y cómo formulaba mis propios pensamientos sobre ellos [perpendens
libere], es decir: que uno no puede conocer la naturaleza de las cosas antes de haber aprendido sus
nombres. Con qué frecuencia me di a la tarea diaria voluntaria del estudio de problemas
[sophismata] que había garabateado por intentar ser breve, por medio de una palabra clave o dos
[dictionibus] en una página, con el fin de comprometer a la memoria la solución y el número de casi
todas las opiniones, preguntas y objeciones [disposiciones ad invicem controversias] y al hacerlo
cuidadosamente distinguí entre los métodos de los retóricos, los oradores y los sofistas. Representé
números con piedrecillas, y cubrí el suelo con líneas negras, y comprobé de manera clara por el
diagrama frente a mi las diferencias entre los triángulos agudos, escalenos y obtusos; de la misma
manera determiné si un cuadrado tiene la misma área que un rectángulo del cual se multiplican dos
de sus lados, al deducir la longitud en ambos casos [utrobique procurrente podismo]. Con frecuencia
he observado la noche invernal, mirando a las estrellas [horoscopus – no predicción astrológica, que
estaba prohibido, sino estudio puro de las estrellas]. Con frecuencia he tocado la magada [Gr. Magadis,
un instrumento de 20 cuerdas, que da diez tonos] midiendo las cuerdas de acuerdo a los valores
numéricos, y estirándolos sobre la madera con el fin de captar con mi oído la diferencia entre los
tonos, y al mismo tiempo alegrar mi corazón con la dulce melodía. Todo esto fue hecho de manera
infantil, pero dista mucho de ser inútil, pues este conocimiento no ha sido una carga para mí. No
recuerdo estas cosas con el fin de alardear mis logros, que son de poco o ningún valor, sino para
demostrarte que el trabajador más ordenado es el más habilidoso [illum incedere aptissime qui incedit
ordinate], a diferencia de tantos que, deseando hacer un gran salto, caen en un abismo; pues al igual
que con las virtudes, así en las ciencias hay pasos fijos. Pero, dirán ustedes, encuentro en las
historias asuntos muy poco útiles y prohibidos; ¿para qué ocuparme de ello? Muy cierto, existen en
las Escrituras muchas cosas que, consideradas en sí mismas, aparentemente no vale la pena adquirir,
pero las cuales, si se comparan con otras relacionadas con ellas, y si las sopesan, teniendo en mente
esta conexión [in toto suo trutinare caeperis], demostrarán ser necesarias y útiles. Algunas cosas valen
la pena conocer en sí mismas; pero otras, aunque en apariencia no ofrecen un beneficio por nuestra
molestia, no debe prescindirse de ellas, porque sin ellas las anteriores no pueden ser totalmente
dominadas [enucleate sciri non possunt]. Aprendan todo: después descubrirán que nada es superfluo;
limitar el conocimiento no ofrece gozo [coarctata scientia jucunda non est].”
La relación de las Artes con la filosofía y la sabiduría fue fielmente tenida en cuenta durante la
Edad Media. Hugo dice de ello: “Entre todos los departamentos del conocimiento los antiguos
asignaron siete a ser estudiados por los principiantes, debido a que encontraron en ellos un mayor
valor que en otros, así que aquel que los dominara bien podía después dominar el resto más bien
por investigación y práctica que por la instrucción oral del maestro. Son, como lo fueron entonces,
las mejores herramientas, la entrada justa a través de la cual la verdad filosófica se abre a nuestro
intelecto. Por ello los nombres trivium y quadrivium, pues aquí la mente robusta progresa como si
fuera por caminos o senderos hacia los secretos de la sabiduría. Es por esta razón que entre los
antiguos que seguían este camino, hubo tantos hombres sabios. Nuestros escolásticos [scholastici] no
tienen inclinación, o no saben mientras estudian, cómo adherirse al método adecuado, aunque hay
tantos que trabajan con esmero [studentes], pero pocos hombres sabios” (Didascalicum, III, 3).

San Buenaventura (1221-74) en su tratado “De Reductione artium ad theologiam” propone
una explicación profunda del origen de las Artes, incluyendo la filosofía; lo fundamenta en el
método de la Sagrada Escritura como el método de toda enseñanza. La Sagrada Escritura nos habla
en tres formas: por discurso (sermo), por instrucción (doctrina) y por indicaciones para vivir (vita).
Es la fuente de verdad en el discurso, de la verdad en las cosas y de la verdad en la moral, y por
tanto igualmente de la filosofía racional, natural y moral. La filosofía racional, teniendo por la
verdad hablada, la trata desde el triple punto de vista de la expresión, de la comunicación y del
impulso a la acción, en otras palabras intenta expresar, enseñar, persuadir (exprimere, docere,
movere). Estas actividades son representadas por sermo congruus, versus, ornatus y las artes de la
gramática, dialéctica y retórica. La filosofía natural busca la verdad en las cosas mismas como
rationes ideales, y en forma acorde se divide en física, matemática y metafísica. La filosofía moral
determina la veritas vitae para la vida del individuo como monastica (monos solo), para la vida
doméstica como economica y para la sociedad como politica. Para la erudición general y el
aprendizaje enciclopédico, la educación medieval tiene relaciones menos cercanas que aquellas de
Alejandría, principalmente debido a que el Trivium tenía carácter formal, es decir, buscaba
entrenar más bien la mente, en lugar de impartir conocimiento. La lectura de autores clásicos se
consideraba un apéndice al Trivium. Hugo, quien como hemos visto, no lo subestima, lo incluye en
la lectura de sus poemas, fábulas, historias y ciertos otros elementos de instrucción (poemata,
fabulae, historiae, didascaliae quaedam).
La ciencia del lenguaje, usando la expresión de Agustín, aún es designada como la llave de
todo el conocimiento positivo; por esta razón se mantiene su lugar a la cabeza de las Artes. Por ello
dice Juan de Salisbury (nacido entre 1110 y 1120; muerto en 1180), Obispo de Chartres: “Si la
gramática es la llave de toda la literatura, y la madre y señora del lenguaje, ¿quién será lo
suficientemente audaz para alejarla del umbral de la filosofía? Sólo aquel que piense que lo escrito y
lo hablado es innecesario para el estudiante de filosofía” (Metalogicus, I, 21). Ricardo de San Víctor
(muerto en 1173) pone a la gramática como sirviente de la historia, pues escribe: “Todas las artes
sirven a la Sabiduría Divina, y cada arte menor, ordenadas correctamente, lleva a una superior. Por
ello la relación que existe entre la palabra y la cosa requiere que la gramática, dialéctica, y retórica

sirvan a la historia”.

El Quadrivium tenía, naturalmente, ciertas relaciones con las ciencias y la vida; esto era
reconocido al tratar a la geografía como parte de la geometría, y al estudio del calendario como
parte de la astronomía. Nos encontramos con el desarrollo de las Artes en conocimiento
enciclopédico ya desde tiempos de Isadore de Sevilla y Rabanus Maurus, especialmente en la obra
de éste último “De Universo”. Fue terminada en el siglo XIII, época a la cual pertenecen las obras
de Vincent de Beauvais (muerto en 1264), instructor de los hijos de San Luis (IX). En su “Speculum
Naturale”, trata de Dios y de la naturaleza; en el “Speculum Doctrinale”, iniciando el Trivium, trata
con las ciencias; y en el “Speculum Morale” discute el mundo moral. A éstos un continuador agregó
un “Speculum Historiale”, el cual era simplemente una historia universal.
Para el desarrollo académico de las Artes era importante que las universidades las aceptaran
como parte de su currícula. Entre sus ordines o escuelas, el Ordo Artistarum, llamado después la
escuela de filosofía, fue fundamental: Universitas fundatur in artibus. Proporcionó la preparación
no sólo para el Ordo Theologorum, sino también para el Ordo Legislarum, o escuela de leyes, y el
Ordo Physicoum, o escuela de medicina. De los métodos de enseñanza y el estudio continuo de las
artes en las universidades en el siglo quince, el libro de texto del Cartusiano contemporáneo,
Gregory Reisch, Conesor del Emperador Maximiliano I, nos da un panorama claro. Él trata en doce
libros: (I) de los Rudimentos de la Gramática; (II) de los Principios de la Lógica; (III) de las Partes
de una Oración; (IV) de Memoria, de Escritura-de-cartas y de Aritmética; (V) de los Principios de la
Música; (VI) de los Elementos de la Geometría; (VII) de los Principios de la Astronomía; (VIII) de
los Principios de las Cosas Naturales; (IX) del Origen de las Cosas Naturales; (X) del Alma; (XI) de
los Poderes; (XII) de los Principios de la Filosofía Moral.- La edición ilustrada impresa en 1512 en
Estrasburgo tiene como apéndice: los elementos de la literatura griega, hebreo, música figurada y
arquitectura y algo de instrucción técnica (Graecarum Litterarum Instituciones, Hebraicarum
Litterarum Rudimento, Musicae Figuratea Instituciones, Architecturae Rudimenta).
En las universidades, las Artes, al menos de manera formal, mantuvieron su lugar hasta los
tiempos modernos. En Oxford, la Reina María (1553-58) edificó facultades cuyas inscripciones eran
33Rich. ap. Vincentium Bell., Spec. Doctrinale, XVII, 31


significativas, siendo: “Gramática, Literas Disce”; “Rhetorica persuadet mores”; “Dialectica,
Imposturas fuge”; “Aritmetica, Omnia numeris constant”; “Musica, Ne tibi dissideas”; “Geometría,
Cura, quae domi sunt”; “Astronomia, Altiora ne quaesieris”. El título “Maestro de Artes Liberales”
aún se otorga en algunas universidades al Doctorado en Filosofía; en Inglaterra el de “Doctor de
Música” aún se usa de manera regular. Sin embargo, en la enseñanza práctica, el sistema de las
Artes ha declinado desde el siglo dieciséis. El Renacimiento vio en la técnica del estilo (eloquentia)
y como soporte principal, la erudición, que es el fin último de la educación colegial, siguiendo así a
el sistema romano en lugar del griego. La gramática y la retórica vinieron a ser elementos
principales de los estudios preparatorios, mientras que las ciencias del Quadrivium se incorporaron
en el aprendizaje misceláneo (eruditio) relacionado con la retórica. En las escuelas superiores
católicas, la filosofía permaneció como la etapa intermedia entre los estudios filológicos y los
profesionales; mientras que de acuerdo al esquema protestante, la filosofía fue llevada (a la
universidad) como un tema de Facultad. Las escuelas jesuitas presentaron los siguientes grados en
los estudios: gramática, retórica, filosofía y, ya que la filosofía inicia con la lógica, este sistema
retiene también la antigua dialéctica.

En los estudios eruditos mencionados anteriormente, debe buscarse el origen del aprendizaje
enciclopédico que creció incesantemente durante el siglo diecisiete. Amos Comenius (muerto en
1671), el representante mejor conocido de esta tendencia, quien buscó en su “Orbis Pictus” hacer de
esta diminutiva enciclopedia (encyclopaediola) la base de la instrucción gramatical más antigua,
habla con desdén de “esas artes liberales de las que tanto se habla, cuyo conocimiento la gente
común cree que adquiere concienzudamente un maestro en filosofía” y orgullosamente declara que
“Nuestros hombres se elevan a mayor altura”. (Magna Didactica, xxx, 2.) Sus clases escolares son
las siguientes: gramática, física, matemáticas, ética, dialéctica y retórica. En el siglo dieciocho los
estudios universitarios toman cada vez más el carácter enciclopédico y en el siglo diecinueve el
sistema de clases es reemplazado por el sistema departamental, en el cual las varias materias son
tratadas de manera simultánea con poca o ninguna referencia a su secuencia; de esta forma el
principio de las Artes por fin es vencida. Mientras, además, al igual que en la Gymnasia de
Alemania, la filosofía ha sido sacada del curso de los estudios, la erudición miscelánea se convierte
en principio un fin en sí mismo. No obstante, los sistemas educacionales actuales conservan trazas
de la organización sistemática antigua (lenguaje, matemáticas, filosofía). En los primeros años de su
curso de Gymnasium el joven debe dedicar su tiempo y energía al estudio de los idiomas, en los
años intermedios, principalmente a las matemáticas, y en sus últimos años, cuando se le llama a
expresar sus propios pensamientos, empieza a lidiar con la lógica y la dialéctica, aún si es sólo en la
forma de composición. Por tanto, llega a tocar la filosofía. Esta secuencia que funciona, por decirlo
así, fuera de la presente condición caótica de los estudios aprendidos, debe hacerse
sistemáticamente; la idea fundamental de las Artes Liberales es así revivido.
Por lo tanto, la idea platónica de que debemos avanzar gradualmente desde la percepción de
los sentidos por medio de la argumentación intelectual hacia la intuición intelectual, de ninguna
manera es anticuada. La instrucción matemática, aceptada como preparación al estudio de la lógica,
sólo ganaría si se condujera en este espíritu, si se aclarara más lógicamente, si su contenido técnico
se redujera y si fuera seguido por la lógica. La correlación expresa de las matemáticas con la
astronomía y la teoría musical, traería una concentración completa de las ciencias físico-
matemáticas, ahora amenazadas por una plétora de erudición. La insistencia de los escritores
antiguos en cuanto al carácter orgánico del contenido de la instrucción, merece la mayor
consideración. Para fines de concentración, no bastará un mero empacar materias no
correlacionadas; su relación y dependencia original debe traerse a una conciencia clara. Asimismo,
merece atención la admonición de Hugo para distinguir entre escuchar (o aprender, dicho
apropiadamente) por un lado, y la práctica e invención por el otro, para lo cual hay una buena
oportunidad en la gramática y las matemáticas. Igualmente importante es su exigencia de que los
detalles de la materia enseñada sean sopesados – trutinare, de trutina, la báscula del herrero. Este
equilibrio dorado ha sido utilizado con demasiada mesura, y en consecuencia, la educación ha

sufrido. Un realismo corto de vista amenaza hasta las varias ramas del lenguaje o de la instrucción
del lenguaje. Se han hecho esfuerzos por restringir la gramática a lo vernáculo, y de desterrar la
retórica y la lógica excepto si se aplican a la composición. Por lo tanto, no es inútil recordar las
“llaves”. En todo departamento de método de instrucción, debe tenerse en la mira la serie: la
inducción, basada en la percepción de los sentidos; la deducción, guiada también por la percepción,
y la deducción abstracta – una serie idéntica a la de Platón. Todo entendimiento implica estos tres
grados; primero entendemos el significado de lo que se dice, después entendemos las inferencias
que se obtienen de la percepción de los sentidos, y finalmente entendemos las conclusiones
dialécticas. La invención también tiene tres grados: encontramos las palabras, encontramos la
solución de problemas, encontramos pensamientos. Asimismo, la gramática, las matemáticas y la
lógica forman una serie sistemática. El sistema gramático es empírico, el matemático racional y
constructivo, y el lógico racional y especulativo (cf. O. Willmann, Didaktik, II, 67). Los humanistas,
demasiado afectos del cambio, condenaron injustamente el sistema de las siete artes liberales como
bárbaro. No es más bárbaro que el estilo gótico, un nombre cuyo fin era el reproche. Lo gótico,
construido sobre la concepción de la vieja basílica, de origen antiguo, pero de carácter cristiano, fue
juzgado equivocadamente por el Renacimiento debido a algunas excrecencias, y oscurecida por las
adiciones modernas carentes de buen gusto (op.cit., pag. 230). Seguramente se desea que los logros
de nuestros antecesores sean entendidos, reconocidos y adaptados a nuestras propias necesidades.
OTTO WILLMANN                                                                           
Transcrito por Bob Elder
Traducido por Lucía Lessan