Libro sagrado de Hermes Trismegisto 
dirigido a Asclepio. 1ª parte

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Vibración y energía
 
 
 
 
  Libro sagrado de Hermes Trismegisto 
dirigido a Asclepio. 1ª parte
Libro sagrado de Hermes Trismegisto 
dirigido a Asclepio. 2ª parte
Libro sagrado de Hermes Trismegisto 
dirigido a Asclepio. 3ª parte
 

Corpus Hermeticum
 
Libro sagrado de Hermes Trismegisto 
dirigido a Asclepio.
 
Dios, sí, Dios te trajo, ¡oh Asclepio!, a que asistieras a esta conversación divina, que lo
es con razón, porque de todas las que hasta ahora tuvimos o que a nosotros nos inspiró el
númen divino, esta aparecerá, por su escrupulosa piedad, como la más divina. Que si te
mostraras capaz de comprenderla, tu alma será colmada de todos los bienes - si es que en
verdad hay muchos bienes y no Uno sólo, en el que están todas las cosas. Porque ambos
términos son recíprocos, pues todas las cosas dependen de Uno y este Uno es todas las
cosas. De tal manera están unidos uno al otro que es imposible separarlos. Pero entenderás
ya estas cosas a lo largo de la exposición de nuestro discurso, si prestas diligente
atención.Ahora, oh Asclepio!, ve y llama a Tat, que no está muy lejos, para que él también
asista.
 
Venido Tat, Asclepio propuso que también asistiera Amón. A lo que Trismegisto dijo:
"No hay en mí animadversión alguna en su contra: antes bien recuerdo que a él le dirigí
muchos de mis escritos, como lo hice también con Tat, hijo muy amado y querido, a quién
consagré muchos tratados de la naturaleza, e innumerables exotéricos. Pero este tratado de
hoy lo escribiré en tu nombre.Luego de Amón, no llames a nadie más, no sea que un tema
tan religioso y de tanta importancia sea profanado por la presencia e intervención de muchos. 
 
Es impío divulgar masivamente un asunto tan lleno de la entera majestad de Dios.
"Entrado Amón al santuario y lleno el santo lugar de la piedad de los cuatro varones y de la
presencia divina, embargados en venerable silencio, pendía el ánimo de todos de los labios
de Hermes, cuando el divino Cupido comenzó así:
 
 - Oh Asclepio!, toda alma humana es inmortal, pero no todas lo son de la misma
maner, difieren en el cómo y en el cuándo.- Pero Trismegisto ¿no son todas las almas
iguales? 
- ¡Ay Asclepio, qué rápido dejaste el camino verdadero de la razón! ¿No dije ya que
Todo es Uno y Uno es Todo, puesto que todas las cosas estaban en el Creador antes que las
creara? Y no sin razón se dice que El es todas las cosas pues todas son partes suyas.
Tendrías que recordar siempre en toda esta discusión que Uno es el Todo, y El mismo, el
Creador de todas las cosas. Todo baja del Cielo a la tierra, al agua y al aire, y sólo el fuego,
que va hacia arriba, vivifica, y lo que va hacia abajo a él se subordina. Todo lo que de lo alto
desciende es generador, y por el contrario lo que emana hacia arriba es nutriente. Solo la
Tierra, que es propio sostén de sí misma, es receptáculo de todas las cosas, y restituidora de
todas las especies que antes acogió. 
 
Esto es pues el Todo, como te recordarás, que contiene todas las cosas y es todas las
cosas. La Naturaleza contiene y envuelve al Alma y al Mundo, y los agita a fin de que,
producidas las variadas cualidades de todas las múltiples figuras de todas las cosas, se
reconozcan, por las diferencias, los infinitos aspectos de las especies, que sin embargo están

unificadas de manera tal que finalmente se puede contemplar cómo el Todo es Uno, y cómo
está compuesto de todas las cosas.
 
Ahora bien, cuatro son los elementos de los que está formado el Mundo, a saber,
fuego, agua, tierra, aire. Pero Uno es el Mundo, Una el Alma, Uno Dios. 
Préstame ahora toda tu atención, cuanto pueda tu mente, cuanto valga tu astucia.
Porque la razón de lo divino, que se conoce por aplicación de la mente divina, es semejante a
un torrente que se precipita de lo alto con impetuosidad incontenible, de manera que, por la
gran rapidez, se adelanta a nuestra percepción, no sólo de los que la están escuchando sino
también de los que la enseñamos. 
Prosigamos. El Cielo, dios sensible, es quien administra todos los cuerpos, cuyo
crecimiento y disminución dependen del Sol y de la Luna. Pero el Cielo, y la misma Alma y
todas las cosas, Dios que las creó es el que las gobierna. Desde todos estos cuerpos
celestes, gobernados por Dios mismo, emanan constantes influencias que se ejercen a través
de la materia y del ser íntimo de todas las especies y de cada individuo en la general
naturaleza. La materia ha sido preparada por Dios para ser el receptáculo de las formas
múltiples individuales, pero la Naturaleza conforma la materia en lo particular por medio de los
cuatro elementos y conduce hasta el Cielo la totalidad de los seres que complacen las
miradas de Dios. Todas las cosas pues que dependen de lo alto se dividen en formas
individuales de la siguiente manera: Los individuos de cada género toman la forma del
género, de manera que el género mantenga su uniformidad como totalidad, y el individuo sea
una individualidad suya. No es así sin embargo en los dioses, en los cuales cada individuo es
su propio género. Lo mismo ocurre en los demonios. El género de los hombres, e igualmente
el de las aves y el de todos los seres que contiene el Mundo engendra a los individuos dentro
de su propia similitud. Hay otro género de seres vivos, género en verdad sin alma pero no
carente de reacción, por donde mejora con los buenos tratos y decae y perece con los malos.
Me refiero a todos los que viven de la integridad de sus raíces y ramas, y que abundan
dispersos por toda la tierra.
 
	Por su parte, el Cielo está lleno de dioses, cuyos géneros superiores habitan allí como
individuos, los cuales, todos sin excepción, son inmortales. Por otro lado, los individuos son
parte del género, como el hombre de la humanidad, de donde se sigue que, a pesar de que
todos los géneros son inmortales, no todos los individuos lo son. Es que en el género de los
dioses, el género y el individuo son inmortales, pero en los demás, el género sólo tiene la
eternidad, porque aunque el individuo muera, se conserva gracias a la fecundidad de los
nacimientos, y, en consecuencia, los individuos son mortales, de manera que los hombres
son mortales, pero la humanidad es inmortal.5 Por otra parte, los individuos de todos los
géneros se entremezclan con todos los géneros, unos porque fueron hechos antes, otros
porque derivan de aquellos que fueron hechos. Y las seres que derivan lo hacen o a partir de
los dioses, o de los dáimones o de los hombres. Es imposible que los cuerpos se formen sin
el apoyo divino, que los individuos se configuren sin ayuda de los dáimones, y lo seres sin
alma que puedan plantarse y cultivarse sin los hombres. Por consiguiente si cualquier dáimon
proveniente de su género a la individuación, se encontrare junto a algún individuo del género
divino, por causa de la proximidad y del comercio con éste, será considerado semejante a los
dioses. En cambio los individuos de los dáimones que se mantuvieren en la cualidad de su
género, a éstos los llamamos dáimones amantes de los hombres. Lo mismo ocurre con los
hombres o aún más. Múltiples y variados son los ejemplares humanos, y cada uno,
proveniente y en comunicación con el género antes mencionado, entra en intensa
comunicación con muchos individuos y, por necesidad, casi con todos. De tal manera que
casi llega al estado de un dios el que, por la Mente, por la que está unido a los dioses, se une

a ellos por medio de la religión divina; como a los dáimones el que a ellos unido está, y todos
los demás individuos humanos se asemejarán al género de los individuos que frecuenten.
 
6 ¡Oh Asclepio, qué gran maravilla es el hombre, un ser vivo digno de reverencia y de honor,
que puede casi como traspasarse a la naturaleza de un dios, como si él mismo fuera un dios!
Conoce al género de los dáimones, pues sabe que con ellos tiene un origen común.
Desprecia en sí lo que tiene de humano para pasar a entregarse a su otra parte divina. ¡Oh,
de qué mezcla privilegiada fue hecho el hombre! Unido a los dioses por la parte que tiene
connatural con ellos, su propia parte terrenal desprecia en conciencia; los demás seres, a los
que está necesariamente unido por disposición divina, los abraza a sí por el lazo del amor.
Alza al Cielo la mirada. Y así pues, está colocado en la feliz posición del mediador, a fin de
que otorgue su amor a lo inferior a él, y sea amado por los superiores a él. Cultiva la tierra, se
confunde con los elementos por la velocidad de la mente, desciende a las profundidades del
mar por la penetración de su espíritu. Todo lo alcanza. El Cielo no le parece demasiado alto,
pues la sagacidad le permite medirlo como si lo tuviera en la mano. Ninguna bruma del aire
obscurece la atención de su espíritu. La compacta tierra no detiene su labor, ni la inmensa
profundidad de las aguas obstaculiza su mirada. Es, a la vez, todas las cosas, y está, a la
vez, en todas partes. 
	Todos los géneros de seres vivos que tienen alma, poseen raíces que van desde arriba
hacia abajo, los que en cambio no tienen alma, crecen de abajo hacia arriba expandiendo sus
ramas desde las raíces. Algunos tienen dos tipos de alimentos, otros uno sólo. Dos son los
alimentos, los del alma y los del cuerpo, ambas partes que forman el ser vivo. El alma se
alimenta del movimiento del Cielo siempre cambiante. Los cuerpos crecen de lo que se toma
del agua y de la tierra, los alimentos del mundo inferior. El Espíritu, que todo lo invade,
entremezclado con todas las cosas a todas otorga vida, y agrega al hombre la mente en más
del entendimiento o razón. Mente, quinta parte, sólo al hombre concedida, y que proviene del
Éter, y, de esta manera, al hombre, sólo al hombre de entre todos los seres vivos, la Mente
adorna y sostiene, eleva y exalta para que llegue al conocimiento del Nombre divino.
Pero he sido llevado a hablar de la mente, cuya enseñanza, sublime y altísima y no inferior a
la enseñanza sobre la misma Divinidad, os expondré de aquí a poco. Pero ahora continuaré
terminando lo que empezamos.
7	Os hablaba al comienzo del tema de la unión con los dioses, de la que sólo disfrutan los
hombres por concesión de los dioses mismos - me refiero a aquellos que han alcanzado tal
felicidad y don de percibir por la mente aquel divino conocimiento del Nombre, divinísima
Mente que sólo en Dios existe y en el hombre.- Pero la mente ¿no es la misma para todos los
hombres?- No todos los hombres, Asclepio, poseen la verdadera mente, sino que se dejan
engañar por la fantasía arrastrados por la precipitación, sin nada confrontar con ninguna
razón verdadera, fantasía que da origen a la maldad en las mentes, y transforma un
magnífico ser vivo en una fiera y de costumbres propias de brutos. Pero de la Mente y de
asuntos similares les daré explicación cuando también tratemos del Espíritu.Pues bien, el
hombre es el único ser vivo doble: una de sus partes es simple, la que los griegos nombran
OUSIODES y que traducimos "figura de la semejanza divina". Las otra parte es cuádruple,
que los griegos llaman HYLIKON y nosotros "material", de la que está hecho el cuerpo, que
envuelve a la otra parte que hemos llamado divina rodeándola, y en la cual, protegida, como
detrás del muro del cuerpo, reposa, sóla consigo misma, la divinidad de la intimidad pura del
alma, y sus parientes, los sentidos de la mente.- ¿Y qué necesidad hubo, oh Trismegisto, de
poner al hombre en el mundo material y no en aquella parte, donde Dios habita, y que viva en
la suprema felicidad?- ¡Qué bien cuestionas, oh Asclepio! y rogamos al Dios que nos conceda
la facultad de explicarte este tema. Como todas las cosas dependen de su Voluntad, tanto
ella como las cosas que se refieren a la entera Sublimidad, son los asuntos cuya explicación
buscamos.8	Escucha, pues, Asclepio. El Señor y Hacedor del Universo, que con razón

llamamos Dios, que hizo un segundo dios que pudiera verse y tocarse, - dios segundo que
llamé "sensible" no debido a que sienta (de lo cual, si siente o no, lo diremos en otro lugar)
sino a que cae bajo el sentido de los que lo contemplan - cuando, pues, Dios, de sí el primero,
hubo producido este segundo y lo hubo visto hermoso, pues contiene en plenitud la bondad
de todas las cosas, lo amó como parto de su divinidad. Y entonces, como Todopoderoso y
Bueno, quiso hacer otro más que pudiera contemplar al que había sacado de sí mismo, e
inmediatamente hace al Hombre, imitador de su Nombre y de su Diligencia. La sóla Voluntad
de Dios es la Perfección suma, de tal modo que en un mismo y único instante de tiempo
coexisten su querer y su realizar. Como hizo al hombre OUSIODES y comprendió que no
podría tomar cuidado de todas las cosas si no lo pusiera dentro de una textura material, le
tejió un domicilio corporal y mandó que todos los hombres fueran compuestos de ambas
naturalezas, confundiéndolas y mezclándolas tanto como fuera necesario. Entonces el
hombre quedó conformado de alma y cuerpo, es decir de la naturaleza eterna y de la mortal,
de tal manera que conformado así como ser vivo pudiera dar satisfacción a sus ambos
orígenes: mirar y adorar las cosas celestes, y cultivar y gobernar las terrenas.Con todo y en
este caso, llamo "mortales" no al agua y a la tierra, que junto a los otros dos elementos están
sometidas al hombre, sino a las cosas que el hombre hace en ellas o a partir de ellas, como la
agricultura y la ganadería, la arquitectura, los puertos, la navegación, las comunidades, las
relaciones mutuas, que son un lazo firmísimo que une a la humanidad consigo misma y con la
parte del mundo que son el agua y la tierra. Esta parte terrena del mundo se conserva por el
conocimiento y ejercicio de las artes y las ciencias, sin las cuales no quiso Dios que el mundo
fuera perfecto. Y lo que al Dios le place síguese necesariamente, porque el ser acompaña su
querer. Y no es creíble que al Dios le venga a disgustar lo que quiso en primer lugar, porque
sabía mucho antes lo que habría de existir y que le complacería.9	Pero ahora, Asclepio,
estoy viendo ya con qué ansiedad y atención estás esperando oír acerca de cómo el hombre
puede amar y cuidar del Cielo y de las cosas que hay en él! Escucha pues ¡oh Asclepio!:
	Amar el Cielo y amar los seres que están allí consiste sólo y únicamente en rendirles
frecuente honor y reverencia. Esto no lo puede hacer ningún otro ser vivo, ni los dioses ni los
animales, sino sólo el hombre. El Cielo y los seres celestes se complacen en la admiración de
los hombres, en su adoración, sus alabanzas, sus ofrendas reverentes. No es sin causa que
para estar entre los hombres fue enviado por la suma Deidad el coro de las Musas, es decir,
para que el terreno mundo no fuera siempre salvaje por falta de la suavidad y dulzura de la
música, para que, por el contrario, con cantos inspirados por las Musas, los hombres
celebraran alabanzas a Aquel que siendo único es el Todo y Padre de todas las cosas, de
forma que a las alabanzas celestes no dejara de corresponder, en la tierra, una suave
armonía. A unos poquísmos hombres, hombres de limpio raciocinio, les fue otorgado el
venerable cuidado de observar el cielo.
Los que en cambio en virtud de la doble tendencia de su naturaleza y arrastrados por la
pesada mole del cuerpo, descendieron al raciocinio inferior, está encargados del cuidado de
los elementos y de cosas más inferiores aún.Por consiguiente, el hombre es un ser vivo, y no
digo que sea inferior por su parte mortal, sino que aún más y como engrandecido por el hecho
de ser mortal, está capacitado con mayor aptitud y eficacia para un objetivo específico, a
saber, que como no podría ser útil a ambas naturalezas si de ambas no hubiera sido hecho,
fue hecho de ambas, para que se ocupara de cuidar la Tierra y de amar a la Deidad.0	La
enseñanza que sigue ahora, quiero, Asclepio, que la escuches con sagaz atención y a más
con la vivacidad de tu espíritu. Muchos considerarán que no merece fe, pero debe ser
recibida en las almas sanas como entera y verdadera.El Señor de la Eternidad es el primer
Dios, el Mundo es el segundo, el Hombre es el tercero. Dios es el Hacedor del mundo y de
todas las cosas que habita, y a la vez a todas gobierna con el hombre, el gobernador adjunto.
Si el hombre, pues, toma en cuenta todas estas cosas, es decir, cuida de lo que le compete,
actuará de manera que el mundo venga a ser su ornamento, y él, a su vez, lo sea del mundo,
 

a fin de que el hombre, gracias a su doble estado divino, sea llamado un mundo, o como los
griegos, con mejor término, un cosmos. El hombre se conoce a sí mismo y conoce al mundo,
es decir, que recuerda lo que es conveniente a sus partes, qué cosas le conviene usar y a
qué cosas es necesario que preste servicios, que se reconozca ofreciendo máximas
alabanzas y gracias al Dios, venerando su imagen, sabedor que él mismo inclusive es la
segunda imagen de Dios, de quién existen dos imágenes: el mundo y el hombre. Por donde
resulta que, aunque es un sólo conjunto, por la parte por la que es divino y que está formada
por el alma y la mente, el espíritu y la razón, como por elementos superiores, es capaz de
ascender al Cielo, pero por la parte material, que consta de fuego, agua y aire, mora mortal
en la tierra, no sea que Viuda la abandone y deserte todos los mandatos a él confiados.Así es
pues como la humanidad ha sido hecha, por un lado divina, por otro mortal, consubstanciada
en un cuerpo.11	La grandeza de este doble ser, el hombre, es en primer lugar la piedad,
a la que sigue la bondad. Bondad que no es perfecta si no cuando revestida de la virtud del
desprecio del deseo de todas las cosas extrañas al hombre. Y son extrañas todas las cosas
que no tienen parte alguna con la conversación divina, es decir, todo lo que se posee por
deseo terrenal y que con verdad se llaman "posesiones", por que no nacieron con nosotros,
pero comenzaron luego a ser poseídas por nosotros, por donde correctamente se llaman
posesiones. Pues bien, todas las cosas de este tipo son extrañas al hombre, inclusive el
cuerpo, con el fin de que lleguemos a despreciar lo que apetecemos y el cuerpo, causa del
vicio de apetecer. Y, para llegar a donde me lleva el impulso del razonamiento, digamos en fin
que el hombre no debería ser hombre sino para que, ejerciendo la contemplación de su parte
divina, despreciara y desdeñara la parte mortal que a él está unida a los efectos del necesario
cuidado del mundo inferior.Ahora bien, para que el hombre fuera completísimo en ambas
partes, advierte que fue formado, en cada una de ellas, con cuatro elementos: dos pies y dos
manos y los demás miembros del cuerpo para que sirva al mundo inferior, es decir, terreno; y
aquellas cuatro partes que son el espíritu,la mente, la memoria y la facultad de prever, por
medio de las cuales conoce y contempla todas las cosas divinas. De donde resulta que se
dedica a indagar la entera diversidad de las cosas, sus cualidades, sus efectos, su magnitud,
con inquieta curiosidad, pero, arrastrado por el peso y la extrema malignidad del cuerpo, no
puede penetrar a fondo y apropiadamente estas mismas causas de la naturaleza de las
cosas, que en sí son verdaderas.De tal forma, pues, hecho y conformado, puesto por el
máximo Dios a cargo de tal ministerio y tal ofrenda, para que ordenadamente conserve
mundo al mundo y rinda culto al Dios, cumpliendo con dignidad y eficiencia la voluntad del
Padre en ambos roles, a un tal ¿con qué recompensa crees que deberá ser recompensado -
puesto que, siendo el mundo la obra de Dios, quién conserve e incremente diligentemente su
belleza coopera con la voluntad de Dios, ya que por medio del instrumento, que es su cuerpo,
cuida y embellece en el trabajo diario la hermosa figura del mundo que Dios creó para un
divino propósito - sino con aquella que recompensó a nuestros padres y que también nos
recompensará a nosotros, si fuera del agrado de la divina misericordia y que tanto esperan
nuestros piadosísimos deseos, es decir, que cumplido nuestro servicio y ya libres de la
custodia del mundo, puros y libres de todo lo terreno nos restituya a la parte superior, es decir
divina, de nuestra naturaleza?12	- Lo que dices es justo y verdadero, ¡oh Trismegisto!-
Este es el premio para los que viven en piadosa relación con Dios y diligentes con el mundo.
Por el contrario, a los que vivan en la impiedad se les negará el premio y, aún más, migrarán
a un otro cuerpo vergonzoso, incapaz por indigno de lograr la pureza espiritual.- De acuerdo a
como va tu discurso, ¡oh Trismegisto!, el espíritu humano está en peligro de malograr la
esperanza de la eternidad.- Es que a algunos les parecerá increíble, a otros pura fábula y a
otros una ridiculez, ¡tan dulce es gozar de los bienes que se obtienen en esta vida corporal!
Lo toman, por así decir, por el cuello, para que se arraigue en su parte mortal, y la maldad,
envidiosa de la inmortalidad, no permite que se dé cuenta de su parte divina. Casi adivinando
el futuro te diré también que después de nosotros no existirá ya el amor simple y sencillo, la

filosofía del frecuente deseo de conocer la divinidad y de la santa religión, porque son muchos
los que ya la corrompen de muchas maneras.- Pero ¿cómo es posible que tantos hagan de la
filosofía algo incomprensible, y la corrompan de tan variadas maneras?13	- ¡Ay Asclepio!
es así como hacen: la mezclan astutamente a disciplinas que separadas no son
comprensibles, como la aritmética, la música, la geometría. Porque hubiera sido preciso
buscar, en las demás ciencias, la pura filosofía que nace de la sola divina piedad, y admirar el
retorno de los astros a sus presignadas posiciones, y cómo sus cursos obedecen a la
permutación de los números, admirar a su vez las dimensiones de la tierra, sus cualidades y
su tamaño, la profundidad del mar, el vigor del fuego, la actividad y la naturaleza de todas
estas cosas, reverenciar y alabar dignamente el Arte y la Mente divinas. Conocer la música
no es sino tener conciencia del orden que reina en todas las cosas y qué destino le dio a cada
una la divina Razón: pues el Orden de todas las cosas y de cada una en particular, armado
por la Razón del Artífice para un sólo Todo de Todas, compone una sinfonía dulcísima y
verísima de divina música.