Fuego secreto. 1ª parte

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Vibración y energía
 
 
 
 
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Fuego Secreto

Título Original: Secret Fire

Dedicatoria:
Para mi abuela Rosie,
una mujer muy especial a quien amo

 

1

Londres, 1844

 

Se avecinaba otro aguacero primaveral, pero Katherine Saint John hizo poco caso del cielo encapotado que pendía pesadamente sobre ella. Distraída se desplazaba por el jardincillo, cortando rosas rosadas y rojas que más tarde dispondría para su propia satisfacción, en un jarrón para su sala de visitas y otro para su hermana Elisabeth. Su hermano Warren estaba ausente, en su típico empeño de divertirse en alguna parte, por lo cual no necesitaba flores para adornar una habitación donde casi nunca dormía. Y a su padre, George, le desagradaban las rosas, así que no cortó ninguna para él. “Dadme azucenas o lirios, o hasta margaritas silvestres; pero guardaos esas rosas tan empalagosas para vosotras, las niñas”.
A Katherine no se le ocurriría obrar de otro modo. En tal sentido, era adaptable. Por eso cada mañana se enviaba un criado en busca de margaritas silvestres para el conde de Strafford, aunque no fuesen fáciles de encontrar en la ciudad.
-Eres una maravilla, mi querida Kate -solía decir su padre, y Katherine aceptaba entonces el cumplido como justo.
No era que ella necesitara elogios; ni mucho menos. Lo hacía por orgullo propio, para su autoestima. Le encantaba que la necesitaran, y la necesitaban. Tal vez George Saint John fuera el jefe de la familia, pero era Katherine quien dirigía la casa, y ante ella cedía él en todos los aspectos. Tanto la Mansión Moldes, aquí en la Plaza Cavendish, como la Residencia Brockley, la finca rural del conde, eran los dominios de Katherine. Ella era la anfitriona de su padre, su ama de llaves y su administradora. Tenía a raya las trivialidades domésticas y los problemas con los arrendatarios, lo cual dejaba al conde libre de preocupaciones para meterse en política, su pasión.
-Buenos días, Kit, ¿Vienes a desayunar conmigo?
Cuando alzó la vista, Katherine vio a Elisabeth asomándose por la ventana de su dormitorio, desde donde se divisaba la plaza.
-Ya he desayunado, cariño, hace varias horas- contestó Katherine con voz apenas audible. No era propensa a gritar cuando podía evitarlo.
-¿Café, entonces? Por favor  -insistió Elisabeth- Necesito hablar contigo.
Katherine sonrió asistiendo; luego llevó adentro su cesto de rosas. A decir verdad, había estado aguardando pacientemente a que su hermana se despertara, para poder hablar con ella. Sin duda ambas pensaban en el mismo tema, pues las dos por separado habían sido llamadas al estudio del conde la noche anterior, pero por la misma razón: lord William Seymour.
Lord Seymour era un joven elegante, de apostura diabólica, que había tomado por asalto a la inocente joven Elisabeth. Se habían conocido a comienzos de la temporada de ese año, la primera de Beth, y desde entonces la pobre muchacha no había mirado a ningún otro hombre. Estaban enamorados. Pero ¿quién era Katherine para mofarse tan sólo porque pensara que esa emoción era tonta y un desperdicio de energía que era mejor dedicar a alguna actividad útil? Estaba contento por su hermana menor, o al menos, lo había estado hasta la noche anterior.
Mientras se encaminaba hacia la escalera, hizo correr a los criados para cumplir sus órdenes: enviar arriba una bandeja con el desayuno, llevar la correspondencia a su oficina, enviar al conde un recordatorio de que lord Sheldon tenía una entrevista esa mañana y llegaría dentro de media hora; despachar dos doncellas al estudio del conde para asegurarse de que estuviera en orden para recibir un huésped (su padre no se distinguía por su pulcritud) y llevar jarrones con agua a la sal de visitas de Beth. Ella arreglaría las rosas mientras conversaban.
Si Katherine hubiese sido de las que postergan las cosas, habría eludido a Elisabeth como la peste. Sin embargo, no era esa su actitud. Aun cuando no estaba segura todavía de lo que se proponía decir exactamente a su hermana, estaba segura de que no rechazaría el ruego de su padre.
-Tú eres la única a quien ella escuchará, Kate –le había dicho su padre la noche anterior-. Debes hacer comprender a Beth que yo no me he limitado a formular amenazas ociosas. No permitiré que mi familia se asocie con este farsante. Sabes que no acostumbro a ser autocrático. Eso te lo dejo a ti, Kate. –Ambos sonrieron por esto, pues ella podía realmente ser despótica cuando se justificaba, aunque eso era poco habitual, ya que todos se esmeraban para complacerla. George Saint John continuó su defensa-. Quiero que mis hijas sean felices. No dicto la ley, como ciertos padres.
-Eres muy comprensivo.
-Me agrada pensar que es así, desde luego.
Era verdad. Saint John no interfería en las vidas de sus hijos, lo cual no quería decir que se despreocupara. Ni mucho menos. Pero si uno de ellos se metía en aprietos –más exactamente, cuando Warren se metía en aprietos-, encomendaba a Katherine arreglar el enredo. Todos dependían de ella para que las cosas anduvieran sin tropiezos.
-Pero te pregunto, Kate, ¿qué otra cosa podía hacer yo? Sé que Beth cree estar enamorada de este mozo. Probablemente lo esté, en efecto. Pero lo mismo da. He sabido por las mejores fuentes que Seymour no es lo que afirma ser. Está a un paso de ir a la cárcel por deudas. ¿Y qué me dijo a esto esa muchacha? “No me importa”, dijo. “Me fugaré con William si es necesario.” Vaya señorita impertinente. –Y luego, en un tono más sosegado, un tono pleno de incertidumbre-: No se fugará realmente, ¿o sí, Kate?.
-No, estaba tan sólo alterada, padre –lo había tranquilizado Katherine-. Beth dijo simplemente lo que necesitaba decir para aplacar su dolor y su desengaño.
La noche anterior, Elisabeth se había ido a la cama llorando. Katherine se había acostado entristecida por su hermana, pero era demasiado  práctica para permitir que ese giro de los acontecimientos la deprimiera. Se sentía responsable en parte, porque había sido la acompañante habitual de su hermana y, de hecho, había estimulado el creciente cariño entre los dos jóvenes. Pero no podía permitir que eso influyera en ella. Todo se reducía a un solo simple hecho: Beth ya no podía casarse con lord Seymour. Era necesario hacérselo ver y aceptar.
Llamó a la puerta una sola vez antes de entrar en el dormitorio de Elisabeth. Su hermana menor estaba todavía desaliñada, con un peinador de seda rosa sobre su camisón de lienzo blanco. Se la veía exquisita en su melancolía, con los suaves labios vueltos hacia abajo en las comisuras. Pero, claro está, pocas cosas podían disminuir la deslumbrante belleza de Elisabeth Saint John.
Las dos hermanas se parecían tan sólo en la altura y en el color de sus ojos, ni verdes ni azules, sino de una sutil mezcla de ambos colores. Todos los Saint John poseían estos ojos de color turquesa claro, bordeados por un verde azulado más oscuro. Los criados solían jurar que los ojos de Katherine se iluminaban con una luz impía cuando algo la desagradaba. Falso. Era sólo el color claro y el hecho de que sus ojos, que a su criterio eran su único rasgo bueno, tendían a hacer que el resto de sus facciones se esfumaran en la nada.
Para Elisabeth, el bello color turquesa complementaba su cabello rubio claro, las cejas doradas, más oscuras, las armoniosas líneas de su rostro. Tenía una belleza clásica, heredada de su madre. Warren y Katherine se parecían a su padre, con cabello castaño oscuro, una altiva nariz patricia, barbilla enérgica y tenaz, pómulos altos y aristocráticos, y labios llenos, generosos. En Warren, estos rasgos producían un hermoso semblante. En Katherine, eran demasiado severos. Era muy menuda para que se beneficiase con el efecto arrogante de esos rasgos.
Pero lo que a Katherine le faltaba en belleza, lo compensaba con personalidad. Era una mujer cálida y generosa, de personalidad multifacética. A Warren le gustaba burlarse de ella diciendo que era tan versátil, que debería haberse dedicado al teatro. De un modo muy natural, podía adaptarse a cualquier situación, ya fuese para hacerse cargo o para colaborar humildemente, si otros dirigían. Sin embargo, no todas sus cualidades eran innatas. Mucho había aprendido durante el año en que había sido una de las doncellas de la reina Victoria. Si la vida de la corte enseña algo, es versatilidad y diplomacia.
Eso había sido dos años atrás, después de su propia primera temporada, que había sido un fracaso estrepitoso. Ya tenía veintiún años, pronto cumpliría veintidós, y se la consideraba definitivamente dejada a un lado. Ese era un término antipático, tan malo como “solterona”. Eso se murmuraba de ella, pero no era lo que ella misma se consideraba. Katherine estaba plenamente decidida a casarse algún día, con un hombre reposado, mayor, no guapo y elegante, como los hombres a quienes buscaban todas las jóvenes debutantes, pero tampoco desagradable. Ninguna de sus amistades negaría que ella podría ser una esposa excelente. Pero no estaba lista todavía para ser esa esposa. Su padre la necesitaba todavía, su hermana la necesitaba, hasta Warren la necesitaba, ya que sin ella tendría que admitir sus responsabilidades como heredero del conde, cosa que no tenía deseo alguno de hacer por el momento.
Con un ademán, Elisabeth despidió a su joven doncella; luego buscó la mirada de Katherine en el espejo, sobre su tocador.
-Kit, ¿te ha contado papá lo que ha hecho?
Qué expresión tan angustiada... Los ojos de Beth brillaban, muy cerca del llanto. Katherine sintió compasión, pero sólo porque era su hermana quien sufría. Simplemente no podía entender tanta emoción dedicada a algo tan tonto como el amor.
-Sé lo que ha hecho, cariño, y estoy segura de que has llorado hasta hartarte por eso, de modo que ahora anímate. No más lágrimas, por favor.
Katherine no se proponía mostrarse tan fría. Deseaba realmente poder entender. Suponía que era demasiado pragmática. Estaba firmemente convencida de que si no se podía ganar después de agotados todos los recursos, había que rendirse y ver el lado bueno de la situación. Nadie iba a sorprenderla golpeándose la cabeza contra un muro.
Beth se volvió con presteza sobre su pequeño escabel de raso, y dos gruesas lágrimas rodaron por la blanca extensión de sus mejillas.
-Para ti es fácil decirlo, Kit. No es a tu prometido a quien papá ha rechazado y echado de la casa.
-¿Prometido?
-Pues claro. Antes de venir a pedir la bendición de papá, William me lo preguntó y yo acepté.
-Entiendo.
-¡Oh, no me hables en ese tono, por favor! –gritó Beth- ¡No me trates como a una criada que ha cometido una falta!
-Lo siento, Beth –dijo con sinceridad-. Sé que yo misma nunca estuve en esta clase de situación, por eso no me es fácil concebir...
-¿Nunca has estado un poquito enamorada, tan sólo una vez? –insistió Beth, esperanzada. Katherine era la única que podía persuadir a su padre para que cambiara de idea, pero si no se daba cuenta de lo importante que era...
-Sinceramente, Beth, tú sabes que no creo en... Lo que quiero decir es que...
La expresión implorante de su hermana menor estaba haciendo muy difícil aquello. La criada, al llegar con el desayuno en una bandeja, la salvó de decir la verdad: que se sentía enormemente afortunada por ser una de las pocas mujeres de su época que podían ver el amor de manera práctica. Era una emoción necia e inútil. Producía altibajos en los sentimientos que no tenían por qué desordenar la vida de las personas. Pero Beth no quería oír que o que estaba sintiendo en ese momento era ridículo. Necesitaba comprensión, no escarnio.
Tomando la humeante taza de café que le ofrecía la criada, Katherine se acercó a la ventana. Esperó hasta oír que la criada salía y cerraba la puerta; luego se volvió hacia su hermana, que no se había movido hacia la bandeja con su desayuno.
-Hubo un joven que, según creí, me gustaba –dijo titubeante Katherine.
-¿Te amaba él?
-Ni siquiera se daba cuenta de mi existencia –repuso Katherine, pensando en el joven a quien ella había considerado tan guapo-. Nos vimos durante toda la temporada, pero cada vez que conversábamos, él no parecía verme. Era a las damiselas más atractivas a las que agasajaba.
-¿Entonces has sufrido?
-No... lo siento, cariño, pero verás, yo era realista ya entonces. Ese joven era demasiado guapo para interesarse por mí, aun cuando no estaba en tan buena situación económica y yo soy muy buen partido, es decir, financieramente. Supe que no tenía la menor probabilidad de echarle mano, por eso no me molestó no lograrlo.
-Entonces no lo amabas en realidad –suspiró Beth.
Katherine vaciló, pero finalmente sacudió la cabeza.
-El amor, Beth, es la única emoción predestinada a morir con notable regularidad. Fíjate en tu amiga Marie. ¿Cuántas veces ha estado enamorada desde que la conoces? Cinco o seis por lo menos.
-Eso no es amor, sino apasionamiento. Marie no tiene edad suficiente para experimentar verdadero amor.
-¿Y tú sí, a los dieciocho años?
-¡Sí! –repuso Beth con énfasis-. Oh, Kit, ¿por qué no puedes comprender? ¡Yo amo a William!
Era tiempo de llevar a fondo la dura verdad. Evidentemente, Beth no se había tomado a pecho el sermón de su padre.
-Lord Seymour es un cazafortunas. Perdió toda su herencia en el juego, hipotecó sus fincas y ahora necesita casarse por dinero, y , Elisabeth, eres dinero.
-¡No lo creo! ¡Jamás lo creeré!
-Papá no mentiría respecto de algo así, y si lord Seymour te dice otra cosa, será él quien miente.
-No me importa. Me casaré con él de todos modos.
-No puedo permitir que hagas eso, cariño –dijo Katherine con firmeza-. Nuestro padre hablaba en serio... Te dejaría sin un chelín. Tu y William seríais mendigos entonces. No permitiré que eches tu vida a perder por ese bribón.
-Oh, ¿cómo se me ocurrió que tal vez tú me ayudarías? –clamó Beth-. Tu no entiendes. ¿Cómo podrías? ¡Si no ere más que una vieja ciruela reseca! –Ambas lanzaron una exclamación simultánea-. ¡Dios mío, Kit, no he querido decir eso!
La acusación dolió, sin embargo.
-Lo sé, Beth –Katherine procuró sonreír, pero no lo consiguió.
Llegó otra criada trayendo los dos floreros con agua que ella había pedido. Katherine le indicó su propia sala de visitas; luego se dispuso a salir de la habitación, recogiendo su cesta con rosas. En la puerta se detuvo.
-No creo que debamos seguir hablando de esto durante un tiempo. Sólo quiero lo mejor para ti, pero en este preciso momento no puedes verlo.
Elisabeth se retorció las manos durante cinco segundos; después se incorporó de un brinco y fue en pos de Katherine, al otro lado del pasillo. Jamás había visto una expresión tan agobiada en el rostro de su hermana. Por el momento William quedó olvidado. Tenía que reconciliarse con Kit.
Con una seña, hizo salir a la criada de la vasta habitación, llena de muebles Chippendale, engalanados con fundas que la propia Kit había bordado. Entonces comenzó a pasearse de un lado a otro, pisando la gruesa alfombra que cubría el suelo de una pared a la otra. Sin hacerle caso, Katherine se dedicó a acomodar las rosas.
-¡No estás reseca! –exclamó Beth-. ¡Y por supuesto que no eres vieja!
Katherine alzó la vista, pero todavía no logró sonreír.
-¿Pero a veces soy una ciruela?
-No, una ciruela no, tan sólo... tan sólo recatada y decorosa, que es como debes ser.
Entonces Katherine sonrió.
-Me volví de ese modo al tener que agasajar a tanto ancianos diplomáticos alemanes y españoles en el palacio. Tan pronto como se supo que yo hablaba ambos idiomas con fluidez, nunca me faltaron acompañantes para cenar.
-Qué aburrido – se compadeció Beth.
-No digas eso... Fue fascinante oír hablar sobre otros países de primera mano, casi tan bueno como viajar, cosa que padre no me ha permitido hacer.
-¿Nunca has tenido que agasajar a ningún francés elegante? Hablas francés tan bien como si hubieras nacido allá.
-Pero también lo hacen todos los demás, cariño.
-Por supuesto –repuso Beth, sin dejar de pasearse de un lado a otro.
No era suficiente. Kit había sonreído, pero aún había dolor en su mirada. ¡Oh, esas horrendas palabras! Ojalá tuviera ella tanto control como Kit. Kit nunca decía nada que no quisiera decir.
Al dar la vuelta por la habitación, se acercó a la ventana que daba a la calle. El carruaje que se estaba deteniendo abajó le pareció conocido.
-¿Papá espera a lord Seldon?
-Sí. ¿Ya ha llegado?
Beth se apartó de la ventana asistiendo con la cabeza.
-Nunca me ha gustado ese viejo chivo pomposo. ¿Recuerdas cuando éramos niñas y tú derramaste esa jarra de agua por la ventana sobre la cabeza del viejo? Me reí tanto que... –Se interrumpió al ver una expresión traviesa en los ojos de Kit. Dios, hacía años que no veía esa expresión-. ¡No te atreverás!
Katherine levantó el otro florero con agua y se acercó lentamente a la ventana. En ese instante, un lacayo de librea ayudaba a lord Seldon a apearse de su carruaje.
-No debes hacerlo, Kit –le advirtió Beth, pero sonreía de oreja a oreja-. Nuestro padre se enfureció la última vez. Ambas recibimos azotes, ¿recuerdas?
Katherine no dijo nada. Aguardó hasta que el confiado lord Seldon llegó a la puerta, bajo la ventana donde ella estaba, y luego derramó el contenido del florero. Se apartó, transcurrió un segundo, y a continuación la joven prorrumpió en risas contenidas.
-Dios santo, ¿has visto su expresión? –dijo Katherine entre jadeos-. Parecía un pescado muerto.
Al principio Beth no pudo contestar, pues había abrazado a Kit y reía con demasiada fuerza. Finalmente preguntó:
-¿Qué le dirás a papá? Se pondrá furioso.
Sí, indudablemente. Y yo le aseguraré que despediré a la torpe criada responsable de semejante afrenta.
-No te creerá –rió entre dientes Beth.
-Claro que sí. No se dará cuenta, no se interesa por los problemas domésticos. Y ahora debo ir a ver a lord Seldon. No puedo permitir que me salpique todo el vestíbulo. Reza por mí, cariño, que pueda recibirlo muy seria.
Y lady Katherine Saint John salió rauda del aposento para hacer lo que mejor hacía: apaciguar y componer. Además, había logrado aliviar la tensión entre su hermana y ella.


2

 

Grandmère, ya llega!
La joven irrumpió en la habitación como un blanco borrón de encaje y seda. Sin mirar siquiera a su abuela, se dirigió corriendo a la ventana, desde donde podía observar la procesión de elegantes carruajes que avanzaban con lentitud por la larga calzada. Se le pusieron blancos los nudillos de aferrar el repecho de la ventana. Tenía sus ojos de color pardo oscuro dilatados por un miedo muy real.
-Ay Dios, ¿qué voy a hacer? –exclamó-. ¡Me azotará!
Lenore Cudworth, duquesa de Albemarle, cerró los ojos con un suspiro. Era demasiado anciana para tanto alarde teatral. Ese dramatismo no hacía falta a su edad. Y su nieta debería haber pensado en las consecuencias antes de deshonrarse.
-Vamos, sosiégate, Anastasia –dijo con calma Lenore-. Si tu hermano te azota, cosa que dudo seriamente, no será más de lo que mereces. Hasta tú debes admitirlo.
La princesa Anastasia se volvió con presteza y luego se quedó, rígida, retorciéndose las manos.
-Si, pero... ¡pero él me matará! Tu no sabes, Grandmère. Jamás lo has visto encolerizado. No tiene control sobre lo que hace. ¡No se propondrá matarme, pero antes de que él termine conmigo, estaré muerta!
Lenore vaciló, recordando a Dimitri Alexandrov tal como lo viera cuatro años atrás. Entonces, ya a los veinticuatro años, era un hombre inmenso, muy alto y con una musculatura bien asentada por el ejército ruso. Sí, era fuerte. Y sí, era capaz de matar con las manos limpias. Pero ¿a su hermana? No, a su hermana no, pese a lo que ella hubiese hecho.
La duquesa sacudió firmemente la cabeza.
-Puede que tu hermano esté furioso contigo, como bien debe estarlo, pero no habrá violencia.
-Oh, Grandmère, ¿por qué no quieres escuchar? –clamó Anastasia-. Dimitri nunca ha vivido contigo como yo. En toda su vida lo has visto cinco o seis veces, y nunca durante mucho tiempo. Yo vivo con él. Ahora es mi tutor. Lo conozco mejor que nadie.
-Has estado conmigo este último año –le recordó Lenore-. En todo este tiempo, ni siquiera le has escrito.
-¿Sugieres entonces que no es el mismo hombre, que habrá cambiado en tan sólo un año? No, los hombres como Dimitri nunca cambian. Es ruso...
-Medio inglés.
-¡Fue criado en Rusia! –insistió Anastasia.
-Viaja con frecuencia. Sólo pasa la mitad del año en Rusia, a veces ni eso siquiera.
-¡Sólo desde que salió del ejército!
Jamás se pondrían de acuerdo en cuanto a la personalidad de Dimitri. Según su hermana, era un tirano, tal como el zar Nicolás. Lenore sabía que eso no era cierto. Su hija, Anne, había contribuido a la personalidad de Dimitri. Petr Alexandrov no había regido de modo absoluto el desarrollo de su hijo.
-Sugiero que te calmes antes de que él entre –dijo entonces Lenore-. Estoy segura de que le disgustará tanto como a mí esta historia.
Al mirar otra vez por la ventana, Anastasia vio que el primer carruaje se detenía frente a la enorme mansión rural. Con una exclamación ahogada, se precipitó a través de la habitación para arrodillarse a los pies de Lenore.
-Por favor, Grandmère, por favor. Tienes que hablar con él. Debes interceder por mí. No estará tan furioso por lo que hice. No es ningún hipócrita. Será porque sus planes quedaron interrumpidos para venir en mi busca. Verás, él se fija metas y planea todo con mucha anterioridad. Puede decirte dónde estará el año próximo día a día. Pero si algo se interpone en sus planes, resulta imposible convivir con él. Tú enviaste por él. Le hiciste dejar de lado sus ocupaciones. Tienes que ayudarme.
Lenore finalmente vio el motivo de esa pequeña representación. Y ella espera hasta el último instante para que yo no tenga tiempo de pensarlo. Pero claro que Anastasia Petrovna Alexandrov era una joven inteligente. Consentida, mimada, con una personalidad sumamente voluble, pero inteligente.
¿Así que entonces ella debía calmar a la bestia salvaje? ¿Acaso tenía que ignorar el hecho de que esta jovencita había desobedecido en todas las circunstancias, se había mofado de las convenciones, había hecho sus propias reglas? Anastasia había rehusado incluso volver a Rusia después de estallar el más reciente escándalo. De no haber sido por eso, Lenore no habría tenido que enviar a buscar a Dimitri.
Miró fijamente aquel rostro exquisito, lleno de ansiedad. Su Anne había sido encantadora, pero los Alexandrov eran personas increíblemente bellas. La duquesa había ido a Rusia una sola vez, cuando Petr murió y Anne la necesitaba. Entonces había conocido a los demás retoños de Petr, sus tres hijos del primer matrimonio y también muchos hijos ilegítimos. Eran todos excepcionalmente hermoso, pero ella amaba a los dos que eran nietos suyos. Eran sus únicos nietos. Su hijo, el actual duque de Albemarle, había perdido a su primera esposa antes de que le diese hijos. Nunca se había vuelto a casar ni mostraba ninguna señal de hacerlo. Dimitri sería, en efecto, su heredero.
Lenore suspiró. Esta descarada chiquilla podía atarla a ella en torno de su dedo meñique. Era necesario que Anastasia se fuese de Inglaterra hasta que hubiese tiempo para que se olvidaran sus más recientes escándalos, pero Lenore sabía que volvería a invitar a la muchacha a que viniera. Tal vez la vida fuese turbulenta cuando ella estaba allí, pero siempre era interesante.
-Anda, ve a tu cuarto, hija mía –dijo entonces Lenore-. Hablará con ese mozo. Pero, tenlo en cuenta, no prometo nada.
Anastasia se incorporó de un brinco y le echo los brazos en torno del cuello.
-Gracias. Y lo siento mucho, Grandmère. Sé que he sido una carga para ti...
-Mejor para mí que para tu hermano, supongo, si es tan difícil convivir con él como dices. Ahora vete, antes de que lo traigan aquí.
La princesa huyó corriendo de la habitación, y justo a tiempo. Un minuto más tarde, el mayordomo anunció al príncipe Dimitri Petrovich Alexandrov. Al menos, el pobre hombre intentó anunciarlo. Sin esperar esas fruslerías, Dimitri entró en la habitación tan pronto se abrió la puerta y la llenó con su presencia.
Lenore quedó pasmada. ¡Dios santo! ¿Era posible que él fuese más guapo todavía que la última vez que ella lo viera? Sí, lo era. El cabello dorado, los penetrantes ojos pardos, las cejas oscuras, muy marcadas: todo esto era igual. Pero a los veinticuatro años aún tenía algo de muchacho. Ahora era un hombre y no se parecía a ningún hombre que ella hubiese visto en sus sesenta y un años. Superaba incluso a su padre en el aspecto, y ella había creído que ningún hombre era más apuesto que Petr.
Con sus largas piernas recorrió la habitación velozmente; luego se inclinó muy formalmente. Al menos sus modales habían mejorado, pero ese porte tan imperioso... ¿era ese realmente su nieto? Y entonces sus dientes relampaguearon en una cautivadora sonrisa; sus manos estrecharon los hombros de la anciana. Esta hizo una mueca cuando él la alzó totalmente de su sillón para darle un resonante beso.
-Bájame, grandísimo pillo –casi gritó la duquesa- Ten en cuenta mi edad, por favor.
Estaba aturdida. ¡Qué fuerza! Después de todo, Anastasia tenía mucha razón en estar nerviosa. Si aquel gigante decidía propinarle la zurra que ella tanto se merecía...
-J’en suis au regret.
-¡Deja ya esa basura francesa! –dijo ella secamente-. Hablas bien el inglés. Te agradeceré que lo uses mientras estés en mi casa.
Dimitri echó atrás su leonina cabeza y rió con un sonido profundo, vivo, tan masculino... y aún sonreía cuando depositó a Lenore de nuevo en su sillón.
-He dicho que lo lamento, Babushka, pero tú has obviado totalmente mis disculpas. Veo que sigues siendo tan briosa como siempre. Te he echado de menos. Deberías ir a vivir a Rusia.
-Mis huesos jamás podrían soportar uno de esos inviernos, y tú lo sabes bien.
-Entonces, tendré que venir con más frecuencia. Ha pasado demasiado tiempo, Babushka.
-Oh, vamos, siéntate, Dimitri. Me duele el cuello de tener que mirarte desde abajo. Y llegas tarde.
Le había causado tal asombro, que ella no podía resistir el ponerse a la defensiva.
-Tu carta tuvo que esperar el deshielo primaveral del Neva antes de que pudiera llegar a mí –dijo él mientras echaba mano de la silla más cercana y la aproximaba a la duquesa.
-Sabía eso –replicó la anciana-. Pero sé también que tu barco llegó al puerto de Londres hace tres días. Te esperábamos ayer.
-Después de tantas semanas en mi barco, necesitaba un día para recuperarme.
-Santo Dios, es el modo más amable en el que he oído expresarlo. ¿Era bonita ella?
-Inconmensurablemente.
Si Lenore había tenido la esperanza de desconcertarlo con su franqueza, fracasó. Ni rubor, ni excusas; apenas una sonrisa indolente. Ella debería haberlo previsto. Según Sonia, la tía de Dimitri, que escribía con frecuencia a Lenore, a él nunca le faltaba compañía femenina, y la mitad de esa compañía la formaban mujeres casadas. Anastasia estaba en lo cierto. Él sería un hipócrita si le echaba en cara sus pocas indiscreciones, cuando las de él se contaban por centenares.
-¿Qué piensas hacer en cuanto a tu hermana? –arriesgó Lenore, ya que él estaba de buen talante.
-¿Dónde está ella?
-En su habitación. No está demasiado contenta de que tú estés aquí. Parece creer que serás un tanto severo con ella por haber sido llamado aquí para llevarla de vuelta a Rusia.
Dimitri se encogió de hombros.
-Admito que me irrité al principio. Este no era un momento conveniente para que yo saliera de Rusia.
-Lo siento, Dimitri. Nada de esto habría sido necesario si esa mentecata no hubiera hecho semejante escena cuando encontró a Anastasia en la cama con su marido. Pero en esa fiesta había más de cien invitados, y por lo menos la mitad acudió al rescate cuando se oyeron los gritos de la mujer. Y Anastasia, niña tonta, no tuvo el juicio suficiente para esconder la cabeza bajo las sábanas, para que no la reconocieran. No, se incorporó allí, en enaguas, y se puso a discutir con la mujer.
-Es lamentable que Anastasia no fuera más discreta, pero no me malinterpretes, Babushka. Los Alexandrov nunca han permitido que la opinión pública influyera en sus acciones. No, la culpa de mi hermana es no haber seguido tus dictados.
-Tan sólo fue testaruda y se negó a huir de la censura, otro rasgo que vosotros, los Alexandrov, tenéis en común, Dimitri.
-La defiendes demasiado, duquesa.
-Pues alivia mi espíritu y dime que no piensas azotarla.
Dimitri tardó un momento en cambiar de expresión; luego prorrumpió en risas.
-¿Qué te ha estado diciendo de mí esa niña?
Lenore tuvo el donaire de ruborizarse.
-Evidentemente desatinos –opinó en tono desapacible.
-Se rebelará ante eso, hijo mío. Más de una vez me ha dicho que el matrimonio no es para ella, y que sus opiniones al respecto provienen de ti por entero.
-Y bien, tal vez cambie de idea cuando se entere de que yo mismo pienso casarme antes de que termine el año.
-¿Hablas en serio, Dimitri? –inquirió Lenore con sorpresa.
-Completamente –replicó él-. Lo que ha interrumpido este viaje es mi noviazgo.


3

 

Katherine se aplicó otra compresa fría sobre la frente e inclinó la cabeza hacia atrás, apoyándola en el sofá. Después de su reunión matinal con los criados, para asignarles tareas, se había retirado a su habitación. Y esa terrible jaqueca que no se mitigaba. Pero tal vez hubiera bebido demasiado champaña la noche anterior, en su baile. Eso no era nada habitual en ella. Pocas veces bebía licores en las fiestas, y nunca cuando era ella la anfitriona.
Su doncella, Lucy, recorría el dormitorio poniéndolo en orden. La bandeja que había llevado con el desayuno permanecía intacta. Todavía no podía digerir siquiera la idea de comer.
Katherine emitió un largo suspiro. Afortunadamente, el baile de la noche anterior había sido un éxito, pese a su leve embriaguez. Hasta Warren se las había arreglado para aparecer. La velada misma nada tenía que ver con su jaqueca del momento. Había sido causada por Elisabeth, y por el mensaje que había entregado su doncella cuando empezaban a llegar los primeros invitados: que como William no había sido invitado al baile, ella tampoco asistiría.
Era increíble. Ni una palabra de Beth en toda la semana, desde aquella conversación; ni un suspiro, ni una lágrima. Katherine había creído verdaderamente que Beth había aceptado la situación, y se había enorgullecido de ella, de lo bien que manejaba esa cuestión. Y entonces, de buenas a primeras, este giro en redondo, este mensaje que probaba sin lugar a dudas que Beth no se había olvidado de William ni mucho menos... lo cual le hacía preguntarse por qué no había habido más lágrimas si era así en realidad.
¿Qué demonios debía pensar ella? En ese momento preciso no podía pensar nada con su dolor de cabeza.
Un fuerte golpe en la puerta le hizo hacer una mueca. Entró Elisabeth, vestida con una hermosa túnica verde musgo de seda, un atuendo para salir. Sostenía una toca de seda en la mano y llevaba bajo el  brazo una sombrilla de encaje.
-Me ha dicho Martha que no te sentías bien, Kit.
Ninguna mención de su ausencia la noche anterior, ni siquiera una expresión de culpa. Y después de todas las molestias que se había tomado Katherine para el baile, eligiendo solamente a los hombres solteros más aceptables con la esperanza de que alguno atrajera el interés de Beth. En fin, el baile no había sido ninguna molestia en realidad. Agasajar a doscientas personas era algo trivial cuando se sabía cómo hacer para que todo anduviera sin tropiezos.
-Temo haber bebido con cierto exceso anoche, cariño –respondió verazmente Katherine-. Ya se arreglará todo esta tarde.
-Me alegro...
Beth estaba preocupada. ¿Por qué?, se preguntó Katherine. ¿Y a dónde iba ella?
Aunque no estaba dispuesta a mencionar todavía a lord Seymour, tenía que saber a dónde se encaminaba Beth. Asomaba una premonición inquietante.
-¿Sales?
-Sí.
-Entonces tendrá que pedir a John que te lleve. Henry está enfermo.
-No... será necesario, Kit. Salgo simplemente a... a pasear.
-¿A pasear? –repitió estúpidamente Katherine.
-Sí. Habrás visto que hace un días espléndido, perfecto para pasear.
-No me había dado cuenta. Ya sabes que casi nunca reparo en el tiempo – repuso Katherine. ¿Un paseo? Beth jamás paseaba. Tenía  los arcos de los pies tan pronunciados, que le dolían si caminaba. ¿Y qué era tanta incertidumbre, tanto balbuceo?
-¿Cuánto tardarás, cariño?
-No sé –replicó evasivamente Beth-. Tal vez haga algunas compras antes de que llegue el gentío de la tarde.
Katherine quedó muda, y antes de que pudiera recobrarse, Beth hizo un ademán de despedida y cerró la puerta. Entonces los ojos de Katherine brillaron y su jaqueca quedó momentáneamente olvidada al ocurrírsele la más asombrosa idea. Su comportamiento inusitado, esa ridícula declaración sobre ir a pasear, la sugerencia más absurda todavía de que quizá fuese de compras... sin un carruaje para llevar sus paquetes.¡Iba a encontrarse con William! ¡Y si tenía que hacerlo de modo tan furtivo, sin duda iban a fugarse! Había habido tiempo de sobra para que él obtuviese una licencia. Y en la ciudad abundaban las iglesias.
-¡Lucy!
La pelirroja doncella apareció casi instantáneamente en la puerta del dormitorio.
-¿Lady Katherine?
-¡Pronto, llama a mi hermana, que vuelva aquí!
La doncella salió de la habitación casi volando, alarmada por el tono de angustia en la voz de su ama. Alcanzó a Lady Elisabeth cuando bajaba las escaleras y ambas regresaron al gabinete de Katherine.
-¿Sí, Kit?
Esta vez su expresión era inequívocamente culpable, pensó Katherine desesperada, mientras sus pensamientos se adelantaban ya con rapidez.
-Sé buena, Beth, y habla con la cocinera respecto de la cena de esta noche en mi lugar. Realmente no tengo ganas de tomar ninguna decisión por ahora.
El alivio de Beth fue obvio.
-Por supuesto, Kit.
Elisabeth salió y cerró la puerta, dejando a Lucy confusa, mirando.
-Pensé que usted ya...
Katherine saltó del sofá.
-Sí, sí, pero el ir a la cocina la demorará unos minutos mientras me cambio de ropa. Ahora, con tal de que la cocinera no mencione que ya he hablado con ella, esto me saldrá de perillas.
-No entiendo, lady Katherine.
-Claro que no, ni espero que lo hagas. Yo debo impedir que ocurra una tragedia. ¡Mi hermana piensa fugarse!
Al oír esto, Lucy quedó boquiabierta. Había oído las habladurías de la servidumbre con respecto a lady Elisabeth y el joven lord Seymour, así como lo que el conde había amenazado hacer si ella se casaba contra sus deseos.
-¿No debería detenerla, milady?
-No... No puedo detenerla sin tener prueba alguna de sus intenciones –dijo Katherine, impaciente, mientras se desabrochaba la túnica-. ¡Rápido, Lucy, necesito tu vestido! –Luego volvió a su primer pensamiento-: Sería demasiado fácil para ella escabullirse de nuevo cuando yo no lo esperara. Y no me es posible tenerla permanentemente encerrada con llave en su habitación. Debo seguirlos hasta la iglesia y allí poner fin a esto. ¡Date prisa, Lucy! Entonces la llevaré a la Mansión Brockley, donde podré vigilarla mejor.
Aunque no entendía nada, la doncella se quitó su uniforme de algodón negro y lo entregó a su ama.
-Pero ¿por qué necesita usted...?
-Vamos, ayúdame a ponérmelo, Lucy. Podrás ponerte mi vestido después de que me vaya. Para que no me reconozcan, por supuesto –dijo respondiendo a la pregunta de su doncella-. Si me ve siguiéndola, no se reunirá con lord Seymour, entonces no tendré pruebas y no podré hacer nada hasta que ella haga otro intento. ¿Me entiendes?
-Sí, no, ¡oh, lady Katherine, no pensará salir con aspecto de criada! –exclamó Lucy mientras le ayudaba a abotonarse la rígida prenda.
-De eso se trata, Lucy, de estar disfrazada. Aunque Beth me viera, jamás me reconocerá con esto –dijo Katherine, tratando de estirarse la falda sobre sus muchas enaguas-. Esto no servirá. Tendré que quitarme algunos de estos volantes, y especialmente esta enagua tan abultada. Listo, ya está mejor.
Cuatro enaguas cayeron a sus pies, y la falda negra se deslizó fácilmente sobre sus caderas. Un poquito larga ahora, ya que Lucy medía algunos centímetros más que ella, pero eso no podía remediarse.
-No te pones ese delantal largo cuando sales, ¿o sí, Lucy?
-No.
-Me parecía que no, pero no estaba segura. Oh, ¿por qué no me habré fijado nunca en estas cosas? ¿Qué me dices de una sombrilla?
-No, milady, sólo ese paño que hay en el bolsillo...
-¿Esto? –Katherine sacó un paño de pelo de camello con largos cordeles para atar-. Perfecto. No te molesta que lo use, ¿verdad? Bien, quiero estar en mi papel. Supongo que debo quitarme también estos anillo –agregó mientras se quitaba un gran solitario de rubí y otro con varias perlas-. Ahora dame una toca, pronto. Una papalina, creo. Eso ayudará a ocultar mi rostro.
En enaguas, la doncella se precipitó al ropero, de donde volvió con la toca más vieja de Katherine.
-Esta es demasiado elegante en realidad, señora.
Katherine se apoderó del objeto y, velozmente, le arrancó todos los adornos.
-¿y bien?
-Como dice usted, milady, perfecto. Ya no parece una...
Katherine sonrió al ver que Lucy se ruborizaba sin poder acabar la frase.
-¿Una dama? –sugirió, luego rió entre dientes al ver que la muchacha enrojecía más-. No te inquietes, mujer. De eso se trataba.
-Oh, milady, esto... esto me preocupa. Los hombres suelen ser terriblemente osados en la calle. Irá usted con varios lacayos...
-¡Cielos, no! –exclamó Katherine-. Beth los reconocería a todos.
-Pero...
-No, Lucy, estaré muy bien.
-Pero...
-¡Debo partir!
Después de que su ama se marchó y cerró la puerta, Lucy se quedó retorciéndose las manos. ¿De qué se estaba haciendo partícipe? Jamás en su vida lady Katherine había hecho algo semejante. Tampoco ella sabía, en realidad, qué estaba haciendo. Vaya, si la semana anterior, sin ir más lejos, Lucy había sido abordada por un hombre enorme, a sólo dos calles de distancia, y ella levaba puesto ese mismo vestido. Si no hubiese acudido a salvarla un caballero que pasaba en un carruaje, no sabía que podría haber ocurrido. Pero ese sujeto no fue el primero que le hizo proposiciones indecentes. Una muchacha trabajadora no tenía ninguna protección. Y al salir de la casa, lady Katherine parecía una muchacha trabajadora.
Katherine no parecía exactamente una muchacha trabajadora. En su apariencia, sí, pero en su porte, no. Pese a lo que llevara puesto, aún era la hija de un conde. No sabría actuar como una criada aunque lo intentara. No lo intentó. Eso no era necesario. Sólo era necesario que Elisabeth no la reconociera si, por casualidad, miraba atrás. Y, en efecto, miraba atrás cada pocos minutos, confirmando las sospechas de Katherine de que le preocupaba que la siguieran. En cada ocasión, Katherine tuvo que bajar la cabeza con rapidez. Pero hasta el momento iba todo bien.
Siguió  a su hermana hasta la calle Oxford, donde Beth dobló a la izquierda. Katherine se mantenía muy atrás, ya que le era fácil seguir el rastro del vestido verde que la precedía aun cuando las aceras se volvieron más atestadas.
Beth se encaminaba hacia la calle Regent, en la manzana próxima, pero eso no mitigó en nada las sospechas de Katherine. Era un sitio tan bueno como cualquiera para reunirse con William, no tan atestado como por la tarde ni mucho menos, pero sin embargo congestionado, con oficinistas que iban de prisa a trabajar, criados que hacían compras para sus patrones; y como era una vía pública importante, la calle estaba colmada de carruajes.
Katherine perdió de vista a Beth cuando se internó en la calle Regent y tuvo que apresurarse hasta la esquina. Pero allí se detuvo. Beth se había detenido a tres tiendas de distancia y estaba examinando lo que se exhibía en un escaparate. Como no se atrevió a acercarse más, Katherine se quedó donde estaba, impaciente, sin hacer caso de las personas que pasaban junto a ella. Era una esquina muy transitada.
-Hola, primor.
Katherine no lo oyó, pues ni siquiera imaginaba que ese sujeto le hablara.
-Oye, no seas tan despreciativa –insistió el hombre, sujetándole el brazo para lograr su atención.
-¿Cómo dice? –inquirió ella, mirándolo con arrogancia, lo cual no era fácil ya que él le llevaba media cabeza de estatura.
El individuo no la soltó.
-¿Así que eres engreída? Pero eso me gusta.
Lucía traje, hasta llevaba un bastón, pero sus modales dejaban mucho que desear. Era bastante bien parecido, pero Katherine no lo tomó en cuenta. Jamás en su vida un desconocido le había puesto la mano encima. Siempre la habían rodeado mozos de cuadra o lacayos para impedir que eso ocurriera. No sabía qué hacer ante esa situación, pero el instinto la hizo sacudir el brazo para zafarse. El hombre no la soltó.
-¡Váyase, señor! No deseo que me molesten.
-Oye, primor, no te des aires. –Le sonreía, disfrutando del súbito desafío-. Estás aquí sin nada mejor que hacer. No te hará daño pasar el rato.
Katherine quedó espantada. ¿Acaso debía irse con él? Imposible. Ya había comunicado sus deseos.
Echó atrás la mano con la que apretaba por el cordel el paño de Lucy y le lanzó un golpe. El sujeto la soltó para apartarse de un salto. Evitó ser golpeado, pero al hacer chocó con otro hombre que aguardaba para cruzar la calzada. Ese individuo le dio un fuerte empellón, con un brusco juramento que hizo arder las orejas a Katherine y enrojeció vívidamente sus mejillas.
Tan pronto como se enderezó, le que la había acosado la miró con rabia.
-Grandísima zorra. Un simple “no” habría bastado.
Las fosas nasales de Katherine se ensancharon de furia. Estuvo a punto de rebajarse a la altura del sujeto para decirle dónde podría guardarse su indignación tan fuera de lugar. Pero tenía demasiada educación para eso. Le volvió la espalda, luego gimió al ver que Elisabeth se había alejado durante la conmoción y estaba ya a casi media calle de distancia.


4

 

La demora irritaba a Anastasia. Parecía que el carruaje en que viajaban se hubiese detenido media hora en esa transitada esquina, a la espera de que se abriera un hueco en la densa congestión de la calle Regent para poder cruzar al otro lado y continuar su camino. La residencia del tío de ambos estaba a pocas calles de distancia. De haber ido a pie, Anastasia habría podido llegar antes.
-Odio esta ciudad –se quejó la joven-. Las calles son muy estrechas y están siempre tan atestadas, comparadas con San Petersburgo. Y aquí nadie se apresura jamás.
Dimitri no dijo nada, ni siquiera recordándole que era allí donde ella decía querer quedarse. Permaneció simplemente mirando absorta por la ventanilla. ¿Qué esperaba Anastasia? Su hermano apenas le había dicho dos palabras durante todo el viaje a Londres. Pero, claro está, había dicho más que suficiente antes de que ambos partieran de la finca rural de la duquesa.
Recordando la furia de Dimitri, Anastasia se estremeció. No la había golpeado. Ella casi prefería que lo hubiera hecho. Su cólera había sido igualmente espeluznante.
Después de que desvarió y la llamó, entre otras cosas, necia sin juicio, él había dicho mordazmente:
-Lo que hagas en la cama, y en la cama de quién, no es de mi incumbencia. Te concedí la misma libertad que yo gozo. Pero no es por eso por lo que estoy aquí, ¿verdad Nastia? Estoy aquí porque tuviste la temeridad de burlarte de los deseos de Grandmère.
-Pero fue irrazonable de su parte enviarme de vuelta por algo tan secundario.
-¡Silencio! Lo que es secundario para ti no lo es para estos ingleses. ¡Esto no es Rusia!
-No, en Rusia la tía Sonia vigila todos mis movimientos. Allá no tengo ninguna libertad.
-Entonces haré bien si te pongo al cuidado de un marido, que acaso sea más indulgente.
-¡Dimitri, no!
El asunto no admitía discusión. Dimitri había tomado su decisión. Y ni siquiera eso fue el golpe que ella había previsto como represalia por las molestias que ella le había causado. Llegó poco antes de que él se volviera para alejarse de ella.
-Ruega a Dios que mis planes no hayan quedado arruinados por este viaje innecesario, Nastia –le dijo brutalmente-. De ser así, puedes tener la certeza de que el marido que te encontraré no será de tu gusto.
Y luego había sido simpático durante los cuatro días que se había quedado de visita en casa de la duquesa. Pero Anastasia no podía olvidar la amenaza que pendía sobre su futuro. Era demasiado esperar que él no lo hubiese dicho en serie, que fuera sólo efecto de la cólera. No era tan grave tener un marido si este le concedía libertad y no hacía caso de sus indiscreciones. Y al menos quedaría libre de la rigidez de su tía Sonia. Pero un hombre que le exigiera fidelidad, que le impusiera cruelmente sus deseos, que utilizara a sus criados para espiarla, que la azotara si ella lo desafiaba, eso era enteramente distinto, y con eso exactamente la estaba amenazando su hermano.
Anastasia nunca había sufrido antes la ira de Dimitri. La había visto caer sobre otros, pero con ella, él siempre había sido indulgente y cariñoso. Eso indicaba cuán intensamente le había disgustado ella en este caso. Ella había presentido que él se pondría furioso, porque ella había ido demasiado lejos al desobedecer a la duquesa. Y el frío silencio de Dimitri desde que salieron del campo era prueba de que no la había perdonado.
Ambos iban solos en el carruaje, lo cual hacía tanto más insoportable el silencio. Los doce criados con quienes viajaba Dimitri iban en otros coches, detrás de ellos, juntos con los que Anastasia había traído a Inglaterra. Había también ocho guerreros cosacos que siempre acompañaban al príncipe cuando salía de Rusia, algo imprescindible, suponía la joven, considerando la riqueza de Dimitri. Para los ingleses eran una curiosidad estos guerreros de feroz aspecto, con sus bigotes colgantes y sus uniformes rusos, sus gorros de piel y sus numerosas armas. Nunca dejaban de atraer la atención hacia el séquito del príncipe, pero eran útiles para desalentar a cualquiera que quisiese molestarlo.
-¿No puedes ordenar a tus hombres que nos abran paso, Mitia –inquirió finalmente-. Tanta espera nada más que para cruzar una estúpida intersección.
-No hay prisa –repuso él sin mirarla-. No zarparemos hasta mañana y no dejaremos la casa en la ciudad esta noche. No habrá escándalos aquí, en Londres, para que los encuentre el zar cuando visite a la reina de Inglaterra este verano.
Anastasia se encolerizó por la advertencia, destinada enteramente a ella. Era la primera noticia que tenía de que el zar Nicolás visitaría Inglaterra. Y a decir verdad, había pensado salir esa noche, que posiblemente fuera su última noche de libertad por mucho tiempo.
-Pero, Mitia, este carruaje es sofocante. Llevamos aquí sentados...
-Ni siquiera cinco minutos  -la interrumpió él bruscamente-. Dejad ya de quejarte.
La joven lo miró ceñuda; luego se asombró al oírlo reír de pronto entre dientes. Pero el príncipe aún miraba algo por la ventanilla, de modo que ella no se sintió ofendida, sólo furiosa.
-Me alegro de ver que disfrutas de este paseo tan aburrido –se mofó ella con sarcasmo. Pero cuando no obtuvo respuesta, insistió secamente-: Y bien, ¿qué te divierte tanto?
-Esta moza que rechaza a un admirador...¡`Qué mujercita tan impetuosa!
Dimitri estaba intrigado, aunque sin saber con certeza por qué. La mujer tenía una figura bastante agradable, pero nada llamativa. Sus pechos empujaban un corpiño demasiado ceñido, una cintura pequeña, caderas estrechas, todo enfundado en un vestido negro que no le sentaba bien. El príncipe vio su rostro por un momento brevísimo, y además desde cierta distancia, ya que estaba en la esquina opuesta. Al otro lado de la calzada. No era una belleza, pero tenía cierta personalidad, ojos enormes en un rostro pequeño, una barbilla decidida.
No era el tipo de mujer que habitualmente atraía su interés. Era demasiado menuda, casi como una niña, salvo por esos senos pujantes. Pero lo divertía. Tan altanera indignación en un envoltorio tan pequeño... ¿Y cuándo era la última vez que una mujer lo había divertido en realidad?
Un puro impulso lo hizo llamar a Vladimir a la ventanilla. Vladimir era su brazo derecho, indispensable para él, ya que se ocupaba de la comodidad de Dimitri en todo. No hacía preguntas ni emitía juicios. Obedecía al pie de la letra todas y cada una de las órdenes del príncipe.
Unas palabras al fiel sirviente, y Vladimir partió. Pocos instantes más tarde el coche reanudaba su marcha.
-No puedo creerlo –dijo Anastasia desde el lado opuesto del carruaje, sabiendo bien lo que acababa de hacer Dimitri-. ¿Ahora buscas prostitutas en la misma calle? Esa debía ser excepcionalmente bonita.
Dimitri no hizo caso de su tono sardónico.
-No particularmente. Digamos que ha picado mi vanidad... Me gusta tener éxito donde otros han fracasado.
-Pero ¿de la calle, Mitia? Podría estar enferma o algo peor.
-Eso te agradaría, ¿verdad, querida mía? –replicó él secamente.
-En este momento, sí –repuso la muchacha.
Su rencor no logró más que una sonrisa inexpresiva.
Al otro lado de la calle, Vladimir tropezó con la dificultad de conseguir un coche y, al mismo tiempo, no perder de vista a la figurita de negro que se alejaba sin detenerse por la calle Regent. No había en las inmediaciones ningún coche para alquilar, él no hablaba muy bien inglés y su francés era deficiente. Pero el dinero resolvía casi todos los problemas, y este también. Tras varios intentos, logró convencer al conductor de un carruaje privado, pequeño y cerrado, para que abandonara su puesto, donde esperaba a su patrón. El equivalente de casi un año de salarios bien valía el riesgo de perder su trabajo.
Ahora, a buscar a esa mujer... Era obvio que el carruaje no podría alcanzarla en una calle tan atestada. El conductor recibió la orden de seguir en pos de Vladimir con la mayor rapidez posible. El conductor no hizo más que sacudir la cabeza ante las excentricidades de los ricos, como presumía que era ese individuo; alquilar un carruaje y después no utilizarlo... Pero con tanto dinero en el bolsillo, ¿quién era él para discutir?
Vladimir alcanzó a la mujer casi al final de la calle, pero sólo porque ella se había detenido sin motivo alguno aparente. Se quedó inmóvil en medio de la acera, mirando adelante en línea recta.
-¿Mademoiselle?
-¿Oui? –dijo ella un tanto preocupada, mirándolo apenas.
Excelente. Ella hablaba francés. Casi ningún campesino inglés lo hacía, y él había temido tener dificultad para comunicarse con esa joven.
-Escúcheme, por favor, señorita. Mi amo, el príncipe Alexandrov, quisiera contratar sus servicios por esta noche.
Habitualmente no hacía falta más que mencionar el título de Dimitri para concluir transacciones como esa. Por consiguiente, Vladimir se sorprendió cuando sólo recibió de la mujer una mirada de fastidio. Y al ver su rostro con claridad, se sorprendió todavía más. No era del gusto de Dimitri, en absoluto. ¿En qué estaría pensando el príncipe al querer que ese pajarillo estuviese en su cama esa noche?
A Katherine la fastidió, por cierto, que la molestarán otra vez ¿y para qué? Sin duda una fiesta o reunión social que requería sirvientes adicionales. Pero ¿contratarlo en la calle misma? Jamás había oído decir tal cosa. Pero ese sujeto era extranjero, de modo que ella debía hacer concesiones.
Por eso no lo rechazó sin más ni más, como a ese otro individuo. Se había dado cuenta del error cometido. Como estaba disfrazada de criada, era necesario que al menos tratara de representar dicho papel. Al no hacerlo antes, había estado a punto de causar un alboroto con su irreflexivo ataque contra aquel otro hombre, provocar una escena en la cual podría ser reconocida por alguno de sus allegados, era impensable; sin embargo, casi lo había hecho poco antes, neciamente.
Una cosa que Katherine jamás permitiría era que se relacionara su nombre con un escándalo. Se enorgullecía de un comportamiento impecable, muy por encima de todo reproche. ¿Qué hacía entonces allí? Sólo podía culpar a esa horrible jaqueca por enturbiar su pensamiento. Con la cabeza despejada, se le habría ocurrido un plan mejor que disfrazarse de criada.
El desconocido aguardaba su respuesta. Debía ser un sirviente sumamente bien pagado, ya que su chaqueta y sus pantalones eran de calidad superior. Era alto, de edad mediana y no mal parecido, con cabello castaño y ojos celeste. ¿Qué le respondería Lucy? Probablemente la muchacha coquetearía un poco para hacer más digerible su negativa. Katherine no podía llegar a eso.
Sin perder de vista a Elisabeth, que después de cruzar la calzada se había detenido, respondió:
-Lo lamento, señor, pero no necesito trabajo adicional.
-Si se trata de dinero, el príncipe es extremadamente generoso.
-No necesito dinero.
Vladimir empezó a preocuparse. La mujer no se había impresionado con el título del príncipe. Tampoco parecía ni remotamente interesada en este honor que se le concedía. Si realmente se negaba... no, imposible.
-Diez libras –ofreció.
Si creía que eso pondría fin al regateo, se equivocaba. Katherine lo miraba con fijeza, incrédulamente. ¿Acaso estaba loco él al ofrecer semejante salario? ¿O no se daba cuenta de cuál era la tarifa habitual para los criados en Londres? La única posibilidad era que él estuviese desesperado. Y Katherine comprendió, incómoda, que probablemente no hubiese en toda Inglaterra una criada que no abandonara su puesto para aceptar ese trabajo por una noche a tal precio. Y sin embargo, ello no podía aceptar. Sin duda él pensaría que ella estaba loca.
-Lo siento...
-Veinte libras.
-¡Absurdo! –exclamó Katherine, ya desconfiando de aquel sujeto. Sí, estaba loco-. Podrá contratar a toda una legión de criadas por menos que eso. Y ahora discúlpeme.
Le volvió la espalda, rogando que él se marchara. Vladimir suspiró. Tanto ridículo regateo desperdiciado por un error. ¿Una criada? Ella lo había malinterpretado totalmente.
-Señorita, perdóneme por no haber hablado claro al principio. Mi amo no requiere los servicios de una criada. La ha visto y desea compartir su compañía esta noche, por lo cual se le pagará generosamente. Si tengo que ser más explícito...
-¡No! –Con las mejillas ardiendo, Katherine lo miró de nuevo-. Yo... ahora entiendo muy bien.
Dios santo, ¿cómo se había puesto en tan demente situación? Su instinto le aconsejaba abofetearlo; el insulto era extremo. Pero Lucy no se ofendería. Lucy se emocionaría.
-Me halaga, naturalmente, pero no me interesa.
-Treinta libras.
-No –replicó ella secamente-. A ningún precio. Y ahora márchese...-Una voz masculina la interrumpió.
-Ya he llegado, jefe, si está listo para partir ahora.
Al mirar atrás, Vladimir vio el carruaje a poco pasos de distancia.
-Muy bien. Llévenme a la vuelta de esta calle... Yo le diré cuando detenerse. –Dicho esto, cubrió con su mano la boca de la mujer y la arrastró al interior del carruaje-. Es una criada fugitiva –explicó al boquiabierto conductor.
-¿Fugitiva? Escúcheme, jefe, si ella no quiere trabajar para usted, es asunto de ella, ¿o no? No puede usted obligarla. –Varias libras más, puestas en su mano, cambiaron el todo del conductos-. Como usted diga.
El grito de Katherine había muerto bruscamente en su garganta. ¿Acaso nadie había presenciado aquel rapto, aparte del conductor del carruaje? Pero nadie les gritó que se detuvieran. El desconocido había actuado con tanta rapidez, tardando apenas unos segundos para empujarla dentro del vehículo, que era dudoso que alguien lo hubiese advertido.
De inmediato le empujaron el rostro y el pecho contra el asiento. Mientras el carruaje empezaba a moverse, le quitaron la toca y le cubrieron la boca con un pañuelo y lo anudaron atrás, en su cabeza. Un duro codo en la espalda le impedía resistirse; luego le doblaron los brazos a la espalda y se los sujetaron con presión suficiente para retenerla contra el asiento. En esta posición, torcida de costado, apenas podía mover las piernas, pero de todos modos alguien le echó una pierna encima de las suyas para inmovilizarlas.
El hombre era lo bastante fuerte como para sujetarle los brazos con una sola mano, que cambió al cabo de un momento, y ella comprendió por qué cuando la envolvió en su chaqueta. Las ventanillas, por supuesto. Aunque el coche estuviera cerrado y oscuro por dentro, si se detenía, cualquiera que pasara a su lado podría ver el interior por la ventanilla.
Ella había tenido razón al recelar del sujeto. Estaba realmente loco. Cosas como esa simplemente no le ocurrían a Katherine Saint John. Pero tan pronto como ella le dijese quién era en realidad, tendría que dejarla libre. Lo haría... ¿o no?
Se inclinó sobre ella y su voz le llegó suavemente a través de la tela de su chaqueta.
-Lo siento, pichoncita, pero no me has dejado otra alternativa. Las órdenes del príncipe deben obedecerse. No consideró que pudieras negarte a su petición. Ninguna mujer lo ha rechazado antes. Las mujeres más bellas de Rusia se disputan este honor. Ya verás por qué cuando venga a ti. No hay hombre como el príncipe Dimitri.
A Katherine le habría gustado mucho decirle lo que podía hacer con ese honor. ¡Vaya, así que no había hombre como el príncipe! Aunque fuera el hombre más apuesto del mundo, ella no quería saber nada de él. Según ese sujeto, debía sentirse agradecida porque la raptaran. ¡A quién se le ocurría!
El vehículo se detuvo. Katherine tenía que escapar de aquel lunático. Pero no le daba ocasión de hacerlo. La chaqueta que la envolvía le sujetaba eficazmente los brazos a los costados. El desconocido la levantó. Luego echó a andar, llevándola en sus brazos, uno apretándola bajo las rodillas, manteniéndolas firmes contra su pecho e inmovilizadas. Katherine no podía ver nada a través de la chaqueta, que también le cubría el rostro.
Repentinamente, sin embargo, sintió olor a comida. ¿Una cocina? ¿Así que entonces él la introducía por la puerta de atrás? En eso había esperanza. No quería que su príncipe supiera lo que él había hecho. Había dicho que ese Dimitri no había considerado la posibilidad de que ella rehusara. Un príncipe nunca recurriría a tales medidas para obtener una mujer. Después de todo, ella no tendría que humillarse explicando quién era. Bastaba con que hablara con el príncipe y le dijese que no estaba interesada. Se la pondría en libertad de inmediato.
Las rodillas del desconocido le rozaron las nalgas al subir escalones y más escalones. ¿Dónde estaba ella? El carruaje no había ido muy lejos, no más de lo que ella habría tardado en llegar a su casa. Dios santo, ¿acaso esa era alguna casa de la Plaza Cavendish, cercana a su propio hogar? ¡Qué ironía! Pero no sabía de ningún príncipe que se hubiese mudado al barrio. ¿O es que existía un príncipe? ¿Acaso era este, simplemente, algún perverso sujeto que raptaba mujeres jóvenes para su propia diversión, inventando cuentos extravagantes para facilitar su tarea?
Su captor habló de nuevo, pero en un idioma que Katherine no reconoció, aunque estaba familiarizada con casi todos los idiomas europeos. Una mujer contestaba en el mismo extraño lenguaje... ¡Ruso! El desconocido había mencionado Rusia. ¡Eran rusos, los bárbaros del norte! Por supuesto... en ese país abundaban los príncipes. ¿Acaso toda la antigua aristocracia no llevaba allí esos títulos?
Se abrió una puerta. Pocos pasos más y la joven fue cuidadosamente puesta de pie. Le quitaron de encima la chaqueta. De inmediato Katherine se arrancó la mordaza. Su primer impulso fue desahogar su furia sobre el desconocido que permanecía inmóvil, mirándola fijamente y de manera extraña. Le costó muchos esfuerzos no dejarse llevar por tal impulso.
-Contrólate, Katherine –se dijo ella en voz alta-. No es más que un bárbaro, con mentalidad de bárbaro. Probablemente ni siquiera sepa que ha cometido un delito.
-No somos bárbaros –dijo él en francés.
-¿Habla usted inglés? –inquirió ella.
-Sólo algunas palabras. Conozco “bárbaro”. Ya me han llamad así ustedes, los ingleses. ¿Qué más ha dicho?
-No importa. Hablaba conmigo misma, no con usted. Es una peculiaridad mía.
-Eres más hermosa con el cabello suelto. El príncipe quedará complacido.
-Con lisonjas no conseguirá nada, señor.
-Mil perdones –Vladimir se inclinó levemente, con deferencia; luego, al sorprenderse haciéndolo, se detuvo. Esa moza era muy arrogante para ser una criada... Pero claro, era inglesa y él debía tenerlo en cuenta-. Me llamo Vladimir Kirov. Debemos hablar...
-No, no tengo nada más que decirle, señor Kirov. Tendrá la bondad de informar a su amo que estoy aquí. Hablaré con él.
-No vendrá hasta esta noche.
-¡Tráigalo! –Le pasmó como se elevaba su voz, y sin embargo él se limitó a sacudir la cabeza-. Estoy lista para gritar hasta quedarme sin voz, señor Kirov –le advirtió en un tono que consideró muy razonable, dadas las circunstancias-. Usted me ha insultado, me ha maltratado y sin embargo aún estoy tranquila, como puede usted ver. No soy una mentecata para perder la cabeza ante una pequeña adversidad... Pero estoy llegando al límite. No estoy en venta por ningún precio. El rescate de un rey no alteraría ese hecho. Será mejor, pues, que me deje ya en libertad.
-Eres terca, pero eso no cambia nada. Te quedarás... –Alzó una mano al ver que ella abría la boca-. No te recomiendo gritar. Al otro lado de la puerta hay dos guardias que vendrán de inmediato a hacerte calla. Eso sería muy incómodo para ti, además de innecesario. Te daré algunas horas para que vuelvas a pensarlo.
Katherine no le creyó ni por un momento con respecto a los guardias, hasta que abrió la puerta para salir y los vio allí, de pie. Era hombres de aspecto feroz con uniformes idénticos: largas chaquetas, pantalones abolsados, botas altas, amenazantes espadas colgando de sus caderas. Increíble. ¿Acaso todos los habitantes de la casa serían partícipes de ese delito? Evidentemente, sí. Su única esperanza seguía siendo el príncipe.


5

 

-¿Qué puedo hacer, Marusia? –preguntaba Vladimir a su esposa-. Él la desea. Ella se niega a compartir su lecho. Hasta ahora, nunca me había encontrado con este dilema.
-Pues búscale otra mujer –replicó ella con soltura, creyendo que la solución era así de simple-. Sabes lo que ocurrirá si él que insatisfecho esta noche. Será imposible complacerlo durante todo el viaje de vuelta. No sería tan grave si su abuela no lo hubiese regañado por su excesiva promiscuidad... Pero le advirtió que no se acercara a sus criadas y él obedeció por deferencia. El príncipe debe tener una mujer esta noche, antes de que zarpemos, o todos sufriremos por su frustración. Será diez veces peor que al venir acá, cuando esa estúpida condesa cambió de idea en el último momento y no zarpó con él.
Vladimir ya sabía todo eso. Su problema no era tan sólo que nunca antes le había fallado al príncipe; era cuestión de garantizar un viaje placentero para todos ellos. No era que el príncipe no pudiera permanecer célibe por necesidad, como lo haría en el viaje de vuelta a Rusia. Pero cuando no era imprescindible hacerlo, como esa noche, no quisiera Dios que él no consiguiera lo que deseaba, ya que cuando Dimitri no era feliz, ninguno de sus allegados lo era. Vladimir se sirvió otro trago de vodka y lo bebió. Marusia continuó rellenando una ganso con kasha para la cena de Dimitri. Creía resuelta la cuestión. Su esposo le había dicho únicamente que la mujer que él había conseguido para el príncipe le estaba causando problemas.
-Marusia, ¿por qué razón una mujer... oye, no es ninguna dama, sino una campesina inglesa, una criada... por qué no la complacería que un príncipe la considerara deseable?
-Debe sentirse halagada. Ninguna mujer en el mundo dejaría sentirse al menos halagada, aunque no quisiera acostarse con él. Muéstrale el retrato. Eso la hará cambiar de idea.
-Sí, lo haré, pero... pero no creo que eso influya esta vez. No se sintió halagada, Marusia. Se sintió insultada. Lo vi en su rostro. No entiendo. Ninguna mujer lo ha rechazado antes, vírgenes, esposas, princesas, condesas, hasta una reina...
-¿Qué reina? ¡Nunca me has contado eso!
-No importa –repuso él con brusquedad-. Eso no es para habladurías, y a ti, mi querida esposa, te encanta chismorrear.
-Bueno, todo hombre debería ser rechazado al menos una vez. Le hace bien.
-¡Marusia!
La mujer rió con regocijo.
-Bromeo, marido mío. Todo hombre, excepto nuestro príncipe. Ahora deja de preocuparte. Ya te lo he dicho, ve y búscale otra mujer.
Vladimir contempló lúgubremente su vaso vacío y volvió a llenarlo.
-No puedo. No me dijo “Quiero una mujer esta noche. Búscamela”. Me señaló esta pichoncita y dijo: “Esa. Arréglalo”. Y ella ni siquiera es hermosa, Marusia, salvo por sus ojos,. Podría encontrarle diez o doce mujeres más a su gusto antes de esta noche. El quiere esta. Debe tenerla.
-Debe de estar enamorada –dijo Marusia, pensativa-. Esa es la única razón por la cual una mujer de clase baja rechazaría tal honor. No hay campesina en Rusia...
-Esto es Inglaterra –le recordó él-. Tal vez aquí piensen de otra manera.
-Ya hemos estado aquí antes, Vladimir. Nunca has tenido este problema. Te digo que ella está enamorada de alguien. Pero hay drogas que pueden hacerla olvidar, enturbiar su memoria, hacerla más complaciente...
-El creerá que está borracha –replicó severamente Vladimir-. Eso no le agradará en absoluto.
-Al menos la tendrá.
-¿Y si no da resultado? ¿Si ella recuerda lo suficiente como para pelear contra él?
Marusia arrugó la frente.
-No, eso no servirá. Se pondría furioso. No necesita toma a una mujer por la fuerza. No lo haría. Ellas se pelean por lanzarse a sus pies. Puede tener cualquier mujer que quiera.
-Pues quiere a esta, que no lo quiere a él.
Marusia le lanzó una mirada de disgusto.
-Ahora empiezas a preocuparme. ¿Quieres que hable con ella, a ver si logro averiguar cuáles son sus objeciones?
-Puedes intentarlo –admitió Vladimir, ya dispuesto a hacer cualquier cosa.
La mujer movió la cabeza asintiendo.
-Entre tanto, ve y habla con Bulavin. Puede que no sea nada, pero la semana anterior se jactaba de conocer un modo de lograr que una mujer le rogara que le hiciera el amor, cualquier mujer. Quizá tenga algún tipo de poción mágica –agregó sonriendo.
-¡Qué disparate! –se mofó él.
-Nunca se sabe –bromeó la mujer. Los cosacos siempre han vivido cerca de los turcos, y nunca se ha comentado que estos sultanes tuvieran problemas con sus jóvenes esclavas, que en su mayoría eran cautivas inocentes.
Vladimir desechó la idea con un ademán y un gesto de enfado, pero hablaría con Bulavin. Ya estaba desesperado.

Katherine no podía permanecer inmóvil. Caminaba en círculos por la habitación, mirando cada pocos minutos, ceñuda, el enorme ropero que los dos guardias habían empujado frente a la única ventana. Con su escasa corpulencia, no podía moverlo, aunque estaba vacío. Lo había intentado en vano durante media hora.
Se hallaba encerrada en un dormitorio bastante grandes, que estaba en desuso. Hasta la cómoda estaba vacía. Un empapelado rosa y verde (la reina aprobaba esa combinación) cubría los muros. El mobiliario era de estilo Hope, bastante incómodo, que evidenciaba influencia griega y egipcia en la decoración. Un cubrecama de raso verde, muy caro, sobre la cama. Riqueza. La Plaza Cavendish, ella estaba segura.
Si tan sólo pudiera salir de aquella habitación, podría llegar a su casa... pero ¿para qué? Elisabeth, a quien viera por última vez sola, esperando en la esquina, ya se habría reunido con William. Estará casada antes de que yo llegue a casa.
Es estúpida mascarada, esa espantosa situación... todo para nada. Elisabeth casada con un bribón cazafortunas. Eso, y sólo eso, ponía a Katherine furiosa contra aquellos rusos. Ese bárbaro, ese idiota cabeza dura que la había llevado allí... por su culpa la vida de Beth estaba arruinada ya. No, él no. El no había hecho más que cumplir órdenes. Su príncipe era realmente el responsable. ¿Quién diablos creía ser, enviando a un criado en busca de ella por un motivo tan salaz? ¡Qué arrogancia!
Le cantaré cuatro frescas, pensó Katherine. Debería hacer que lo encarcelen. Conozco su nombre, Dimitri Alexandrov... Pensarlo era agradable, pero ella no lo haría. Sería peor el escándalo que el delito cometido. Pues sólo le faltaba eso: el nombre de los Saint John arrastrado por el fango.
-Pero si Beth no está en casa cuando yo vuelva, y si no está soltera todavía, juró por Dios que lo haré.
Había una esperanza, aunque remota, de que ese día Elisabeth se reuniera con William tan sólo para hablar con él, para hacer planes. Necesitaba aferrarse a esa idea. Entonces no todo estaría perdido, y esa sería tan sólo una experiencia irritante que ella haría todo lo posible por olvidar.
-Le traigo algo de comer, señorita, y otra lámpara. Este cuarto es muy oscuro con la ventana bloqueada. Usted habla francés, ¿no? Yo lo hablo muy bien porque es el idioma de nuestros aristócratas. Algunos de ellos ni siquiera hablan ruso.
Ese torrente de palabras brotó cuando una mujer cruzó de prisa la habitación llevando una pesada bandeja que depositó sobre una mesa redonda y baja, entre dos sillas. Era media cabeza más alta que Katherine, de edad mediana, con cabello castaño recogido y unos bondadosos ojos azules. No había llamado a la puerta. Uno de los guardias, después de abrirla para que ella pasara, la había vuelto a cerrar.
La mujer ordenó lo que traía en la bandeja. Un delgado florero, que contenía una sola rosa, se había caído. Afortunadamente no contenía agua. Trasladó la lámpara a la repisa de mármol de la chimenea. Ya estaba encendida, y su luz fue bienvenida. Luego regresó a la bandeja y empezó a levantar tapas.
-Son katushki – explicó revelando un plato con albóndigas de pescado en una salsa de vino blanco-. Soy la cocinera, por eso sé que le gustarán. Me llamo Marusia.
Junto con los katushki había un panecillo de centeno, una ensalada, fruta, un pedazo de pastel como postre y una botella de vino. Una comida muy apetitosa. El aroma de los katushki era delicioso. Y Katherine se había perdido el desayuno. Lástima que fuese demasiado empecinada para comerlo.
-Gracias, Marusia, pero puede llevarse eso. No aceptaré nada en esta casa, ni siquiera comida.
-No es bueno que no coma. Es usted tan menuda... –dijo Marusia con asombro.
-Soy menuda porque... soy menuda –respondió Katherine con parquedad-. No tiene nada que ver con la comida.
-Pero el príncipe es tan grande.. ¿Ve usted?
Prácticamente plantó un retratito bajo la nariz de Katherine, de modo que ella no pudo evitar mirarlo. El hombre reproducido en la miniatura era... imposible. Nadie podías tener realmente esa apariencia.
Katherine apartó la mano de la mujer.
-Muy gracioso. ¿Acaso con este ardid piensan hacerme cambiar de idea? Aun cuando ese fuera realmente su príncipe Alexandrov, mi respuesta seguiría siendo no.
-¿Está casada?
-No.
-¿Tiene entonces un amante a quien quiere mucho?
-El amor es para los idiotas. Yo no soy ninguna idiota.
Marusia arrugó la frente.
-Entonces dígame, se lo ruego, por qué se niega. Este es verdaderamente mi príncipe –insistió, señalando el retrato-. No le mentiría, ya que lo conocerá esta noche. En todo caso, este retrato no le hace justicia. Es un hombre lleno de vida, energía y hechizo. Y pese a su corpulencia, es dulce con las mujeres...
-¡Basta ya! –exclamó Katherine, perdido el control-. Dios mío, ustedes son increíbles. ¡Primero esa bestia que me rapta, ahora usted! ¿Ese príncipe no puede encontrar él mismo sus mujeres? ¿Se da cuenta de lo repugnante que es que usted interceda por él, como si yo estuviese en venta? Pues no lo estoy, y no hay suma de dinero que pueda comprarme.
-Si le molesta el dinero, piense solamente en un hombre y una mujer disfrutando de mutua compañía. Y mi amo habitualmente corteja él mismo a sus mujeres. Sólo que hoy no hay tiempo. Está en los embarcaderos, comprobando que todo esté en orden con respecto al barco. Verá usted, mañana zarparemos rumbo a Rusia.
-Me alegro mucho de saberlo –declaró secamente Katherine-. La respuesta sigue siendo no.
Vladimir tenía razón. Esa moza era peor que testaruda, era imposible. Tenía el desdén de una princesa, pero la estupidez de la sierva más vil. Nadie en su sano juicio se negaría a pasar una noche con Dimitri Alexandrov. Había mujeres que pagaría por tal privilegio.
-No ha dicho todavía por qué se niega –señaló Marusia.
-Ustedes han cometido un error, nada más. No soy del tipo de mujer que pensaría siquiera remotamente en acostarse con un desconocido. Simplemente no tengo interés.
Al salir de la habitación, sacudiendo la cabeza, Marusia soltó una ristra de palabras en ruso. En el pasillo se encontró con su marido, que la aguardaba expectante. Aunque detestaba desilusionarlo, no tenía otra alternativa.
-Es inútil, Vladimir. Creo que teme a los hombre, o bien no le gustan. Pero no cambiará de idea. Estoy segura. Será mejor que dejes que se vaya e informes al príncipe Dimitri, de modo que pueda hacer otros planes para esta noche.
-No, tendrá la primera que eligió –dijo Vladimir, empecinado, entregándole un saco atado con un cordel-. Mezcla un poco de esto en la comida para su cena.
-¿Qué es?
-La poción mágica de Bulavin. Por lo que él afirma, el príncipe quedará muy complacido.


6

 

La bañera fue entregada al caer la tarde.
Katherine había observado con desconfianza la llegada y la partida de un trío de criados. Ellos habían traído la bañera de porcelana, que llenaron con agua humeante y aceite de un fresquito, que impregnó la habitación con aroma de rosas. Nadie le había preguntado si quería darse un baño. No lo deseaba, desde luego. En esa casa no se quitaría ni la menor prenda.
Pero entonces Vladimir Kirov entró a la habitación. Probó la temperatura del agua y luego sonrió. Katherine se esmeró en ignorarlo. Permaneció sentada en un sillón, rígida, tamborileando furiosamente con los dedos.
Kirov fue a detenerse frente a ella en actitud tan imperiosa como su tono.
-Te bañarás –dijo.
Lentamente Katherine alzó la vista hacia él, y después, de la manera más condescendiente, la apartó otra vez.
-Debió usted preguntar antes de tomarse tantas molestias. Yo no me baño en casa extrañas.
Vladimir ya estaba harto de su arrogancia.
-No es un ruego, moza descarada, sino una orden. Harás uso del baño tu misma, o los hombres que custodian este cuarto te ayudarán. Aunque quizás ellos disfruten de eso, no creo que te resulte una experiencia agradable.
Quedó satisfecho al ver con cuanta rapidez había recobrado la atención de la joven. Sus ojos, grandes y ovalados, llamearon enormemente. Era el mejor rasgo de la mujer, con su color brillante. De una belleza excepcional, dominaban su rostro pequeño, dándole un aire de rara inocencia. ¿Era posible que eso hubiera atraído a Dimitri? Pero no, él no podía haber apreciado los ojos desde tan lejos.
Ese vestido tan poco favorecedor tendría que ir a la basura. Su severo color negro eliminaba el colorido de su tez y le dejaba la cara de un blanco enfermizo. El rosado tinte que en ese momento le teñía las mejillas era un mejora, pero no duraría. Ella tenía buena piel, lisa y sin mancha, pero un poco de cosmético le vendría bien. Kirov lo hubiera ordenado, pero habría que sujetarla para hacérselo aplicar. Y no quería que el cuerpo de la mujer mostrase magullones que provocaría las protestas del príncipe.
La suave iluminación y las sábanas verdes tendría que ser el único realce de la mujer. Vladimir se convenció de que tenía todo en orden. Ella estaría perfumada después del baño, narcotizada con la cena que pronto le llevarían y vulnerable sin sus ropas.
-Aprovecha el agua mientras aún está caliente – Vladimir continuó impartiendo órdenes-. Enviaré una doncella para que te ayude. Pronto llegará tu cena, y esta vez comerá o se te ayudará para que lo hagas. No es nuestra intención que pases hambre mientras estés aquí.
-¿Y cuanto tiempo más debo estar aquí? –dijo Katherine entre dientes.
-Cuando te deje el príncipe, yo haré que te lleven a donde quieras ir. Sería inusitado que él requiriera tu compañía más de una horas.
Katherine pensó furiosamente que sólo le llevaría unos minutos vituperar al libertino y luego se podría marchar.
-¿Cuándo vendrá él?
Vladimir se encogió de hombro.
-Cuando esté listo para retirarse por esta noche.
Katherine bajó los ojos; un caliente color le tiñó de nuevo las mejillas. Ese día había oído hablar de sexo más que en todos sus veintiún años, y todo de una manera tan natural, sin turbación alguna. Esos criados de Alexandrov debían de hacer esa clase de cosas a cada rato, ya que no sentían nada de vergüenza. Era como si no viesen absolutamente ningún mal en secuestrar en la calle a una mujer inocente para ofrecérsela a su amo.
-¿No se da cuenta de que lo que hace es un delito? –inquirió con calma.
-Pero una trasgresión muy pequeña, por la cual recibirá usted recompensa.
Katherine quedó tan aturdida que no pudo contestar, y Kirov salió antes de que la cólera de ella tuviese ocasión de estallar. ¡Ellos creían estar por encima de la ley! No, tal vez no. Simplemente creían que ella pertenecía a las clases inferiores, y la ley favorecía a la gente bien nacida allí, sin duda en Rusia también. En cuanto a ellos se refería, abusar de ella no era nada, pues ¿qué podía hacer ella contra un poderoso príncipe? Pero Katherine no les había dicho que estaban equivocados. No les había dicho quién era ella en realidad, y que raptar a la hija de un conde era un asunto muy diferente.
Supuso que debería haber hablado con franqueza al respecto, pero la idea de confesar una charada tan necia era demasiado embarazosa. Y no sería necesario hacerlo para obtener su libertad. Sería suficiente con mostrar su antipatía a Alexandrov.
Fue una joven doncella quien entró para ayudarla a bañarse. Katherine no quería ninguna ayuda, pero era obvio que la muchacha sólo hablaba ruso, ya que pasó por alto las protestas de Katherine y no cesó de parlotear en su propio idioma mientras doblaba cada prenda que Katherine dejaba caer al suelo en su prisa por terminar de una vez con su calvario. Y luego, tan pronto como ella se metió en la bañera, la jovencita salió de la habitación llevándose todas las vestimentas de Katherine, incluidos sus zapatos.
¡Rayos y centellas! ¡Ellos pensaban en todo! Y en la habitación no había nada con que ella pudiera cubrirse, salvo las ropas de cama. ¡Era el colmo! Ella había procurado guardar calme. Había hecho todo lo posible por disimular cada ofensa y tratar todo el asunto como un simple error. Al final habría sido cortés con el príncipe cuando explicara la arbitrariedad de su criado. Pero ya no. El sufriría la cólera de ella.
Katherine se frotó con violencia hasta que cada centímetro de su piel tuvo un brillo sonrosado. Antes de que terminara llegó su cena, entregada otra vez por Marusia.
-¡Quiero que me devuelvan mis ropas! –reclamó Katherine tan pronto como se abrió la puerta.
-Todo a su tiempo –replicó con calma la mujer.
-¡Las quiero ya!
-Debo advertirle que no alce así la voz, pequeña. Los guardias tienen órdenes...
-¡Al infierno con ellos, y al infierno con usted!
Katherine salió furiosa de la bañera, se envolvió rápidamente con una toalla y se fue a la cama antes de que a ellos se les ocurriera sacar de la habitación también las mantas. Como el pesado cubrecama era demasiado grueso y abultado, y no le servía, quitó la sábana de arriba, que se echó en torno de los hombros, como una capa corta. El raso verde absorbió enseguida la humedad de su piel.
M quedó bastante sorprendida. Cuán pequeño bulto de furia, todo rosado y brillante después del baño. La ira hacía centellear sus ojos, florecer sus mejillas, y su cuerpo... vaya, qué perfección se había ocultado bajo ese feo vestido negro. Allí el príncipe no encontraría defecto alguno.
-Ahora coma, sí, y después, acaso tenga tiempo para dormir un poco antes de....
-¡Ni una palabra más! – la interrumpió Katherine con brusquedad-. Déjeme. No hablaré  con nadie, salvo Alexandrov.
Juiciosamente, Marusia se marchó. De todos modos no quedaba nada que hacer, salvo esperar que en los alardes de Bulavin hubiese algo de verdad.
Visiones de esos robustos guardias sujetándola y metiéndole comida en la garganta empujaron a Katherine hasta la mesa. Poco tuvo que ver con ello el hecho de que estaba experimentando punzadas de hambre desde hacía tres horas. Pero la comida era deliciosa: pollo con una salsa cremosa, patatas y zanahorias hervidas, y pastelillos de miel. El vino blanco también era excelente, pero ella estaba en realidad demasiado sedienta para apreciarlo, ya que no había bebido nada en todo el día. Vació dos vasos antes de que volviera la joven criada con otra bandeja. Esta contenía una jarra de agua helada, demasiado tarde, pues Katherine ya había saciado su sed, además de una garrafa grande de coñac y dos vasos. La dejó junto a la cama.
¿Entonces se acercaba finalmente la hora en que el gran príncipe se presentaría? Era obvio. Muy bien, que llegara mientras ella se encontraba todavía en la cima de su cólera... Pero él no llegó pronto, y el tiempo siguió transcurriendo con lentitud, igual que toda la tarde.
Katherine terminó de comer, luego empezó a pasearse otra vez de un lado a otro. Pero al cabo de diez o doce vueltas por la habitación, cuando a cada instante esperaba que se abriera la puerta para dar paso al esquivo príncipe, sintió que la piel empezaba a hormiguearle donde el raso la rozaba. Nervios. Ella, que siempre era firme como una roca, experimentando nervios.
Deteniéndose junto al coñac, se sirvió un vaso. El coñac era un gran fortalecedor. Lo bebió de un trago, cosa nada juiciosa, pero no había tiempo que perder. El príncipe llegaría en cualquier instante y ella necesitaba tranquilizarse, tener control. Se sentó, exhortándose a la calma. Su método no dio resultado. El cosquilleo continuaba, a decir verdad empeoraba.
Se incorporó de un salto y se sirvió otro coñac. Esta vez lo sorbió. No era tan tonta como para embriagarse por nerviosidad. Era como si cada nervio de su cuerpo vibrara de energía, apremiándola a moverse, a actuar. Permanecer inmóvil era imposible. Nunca en su vida había sentido tal inquietud. Y luego hubo algo más. Creyó poder sentir realmente la sangre que le corría por la venas... imposible y, con todo, se sentía tan extraña y... caliente.
Se abrió la puerta, pero era tan sólo la joven doncella, que venía a llevarse la bandeja. No tenía objeto hablarle, ya que la muchacha no podía responder sino en ruso. Tan pronto como salió la doncella, Katherine fue a servirse otro trago pero se detuvo. No se atrevía. Se sentía ya un poco atolondrada, cuando definidamente necesitaba conservar el juicio.
Al sentarse en la cama, se oyó gemir. Sus ojos se dilataron de pronto al oír tal sonido. ¿Qué le ocurría? Tenía que ser la condenada sábana. Debía deshacerse de ella, aunque fuese por unos instantes.
Katherine dejó caer la sábana, luego se estremeció al sentir que resbalaba por sus brazos y su espalda para rodearle las caderas. En un movimiento reflejo, cruzó los brazos sobre sus senos desnudos, luego sintió una sacudida hasta los mismos dedos de sus pies. Nunca había tenido tan sensibles los pechos. Pero la sacudida había sido placentera. Tampoco había sentido eso antes.
Cuando bajó la vista y se miró, le sorprendió ver que tenía la piel enrojecida. Y sus pezones eran duras y pequeñas protuberancias que le cosquilleaban; el cosquilleo estaba en todas partes. Se frotó lo brazos, luego volvió a gemir. También su piel estaba sensible en todas partes. Algo andaba mal, indudablemente. El dolía, no, no era dolor... no sabía que era. Pero la recorría en olas impetuosas y culminaba en su entrepierna.
Inconscientemente, Katherine se recostó en la cama, retorciéndose inquiera. Estaba enferma. Debía de estar enferma. La comida. Y entonces comprendió, repentinamente, que debían haberle puesto algo en la comida.
-Oh, Dios mío, ¿qué me han hecho?
Pero no podían haber querido que ella enfermara. Pero ¿qué otra cosa podía estar causándole tanto calor y tan furiosa inquietud, al punto de que, al parecer, no podía controlar los movimientos de su propio cuerpo?
En un momento de terrible desesperación, se arrojó sobre la cama. Sintió fresca la sábana contra su ardiente piel. Se estiró boca abajo y, durante algunos benditos instantes, sintió algún alivio. Una placentera languidez la envolvió, y empezó a sentir esperanzas de que la crisis hubiera terminado... pero eso no duró. Pudo sentir que esas calientes oleadas de sensación comenzaban de nuevo con creciente fuerza, y en su entrepierna un insistente palpita, un sordo dolor. ¡Oh, Dios!
Retorciéndose, se volvió de espaldas en medio de la cama, con los brazos a los costados, agitaba la cabeza de un lado a otro, su respiración brotaba en leves jadeos. Estaba perdiendo totalmente el control; su cuerpo se arqueaba, se retorcía, embestía, sin que ella se diera cuenta siquiera de que lo hacía. No tenía conciencia del tiempo. Su desnudez, la situación en la que estaba, todo quedó olvidado en la fiebre incendiaria que la consumía.
Veinte minutos más tarde, cuando el príncipe Alexandrov entró en la habitación, Katherine ya no podía pensar en nada, salvo el calor que le quemaba el cuerpo. No lo oyó entrar. No supo que él se detenía mirándola, con sus aterciopelados ojos oscuros, fascinados por cada movimiento de la mujer.
Dimitri había quedado atraído por la imagen erótica que ella presentaba. Su cuerpo, que ondulaba y se arqueaba rodando sobre la cama, parecía presa de pasión sexual. Siempre había percibido esos movimientos en sus compañeras de lecho más apasionadas, había sentido tales movimientos debajo de sí, se había deleitado en ellos, pero nunca los había observado desde cierta distancia. La escena tuvo un efecto inmediato. El príncipe sintió que su virilidad se erguía, cobrando vida bajo la bata suelta que era lo único que lo cubría.
¿Qué se había estado haciendo esa pequeña rosa inglesa para ocasionar tan febril extremo de excitación? ¡Qué sorpresa era ella! Y él, que durante toda la noche había estado lamentando el impulso que lo había hecho enviar a Vladimir en pos de ella. Al fin y al cabo, no había en ella realmente nada que despertara su pasión. Eso había creído hasta entonces.
Cuando finalmente Katherine advirtió la presencia de Dimitri, él se hallaba inmóvil al pie de la cama.
Ese retrato.. Adonis redivivo. Imposible. No podía ser real... ella deliraba. Pero no, esto era carne y sangre.
-Ayúdeme. Necesito... –La joven tenía la garganta tan reseca por el calor que apenas logró pronunciar esas palabras. Se pasó lentamente la lengua por los labios-. Un médico.
La semisonrisa de Dimitri se tornó gesto ceñudo. Cuando finalmente la miró a los ojos, había tenido otra sorpresa. Qué color, y humeantes de pasión. Había estado seguro de que ella iba a decir que lo necesitaba a él. ¡Un médico!
-¿Te sientes... mal?
-Sí... con fiebre. Tengo mucho calor.
Su gesto de fastidio se convirtió en sombrío entrecejo. ¡Enferma! ¡Maldición! Y después de haber hecho que él la deseara.
Una cólera irrazonable lo dominó. Fue hacia la puerta. Esto le costaría la cabeza a Vladimir. La voz de la joven lo detuvo.
-Por favor... agua.
Por alguna razón, la patética súplica movió su compasión. Habitualmente la habría dejado al cuidado de sus sirvientes. Pero él estaba cerca, y darle agua llevaría tan sólo un momento. No era culpa de ella si estaba enferma. Vladimir debería haberlo informado antes de que él se presentara a verla. Se le habría debido llevar un médico de inmediato.
No consideró la posibilidad del contagio, y de que acercarse a ella postergara su partida del día siguiente. Le alzó la cabeza para acercarle el vaso a los labios. Ella bebió algunos sorbos; volvió la mejilla hacia la muñeca de él y la frotó contra ella. Entonces todo su cuerpo se volvió hacia él, como atraído por el contacto.
Dimitri la soltó, pero al perder la fresca piel del ruso, ella lanzó un gemido.
-No... tanto calor... por favor.
La mujer temblaba. ¿De frío?, se preguntó él. No tenía caliente la mejilla. Le tocó la frente; estaba fresca. Sin embargo, obraba como si ardiera de fiebre. ¿Qué clase de enfermedad era esa? ¡Y, rayos, aún la deseaba!
Enfurecido otra vez, salió de la habitación llamando a gritos a Vladimir. El criado apareció instantáneamente.
-¿Mi príncipe?
Dimitri nunca había golpeado a un sirviente con furia. Hacerlo habría sido el colmo de la injusticia, porque sus criados le eran fieles, pero en ese momento su frustración estuvo a punto de hacerlo olvidar de todo eso.
-¡Maldito seas, Vladimir, esa mujer está enferma! ¿Cómo es posible que no lo supieras?
Vladimir había anticipado esto, sabía que debería dar explicaciones. Pero mejor entonces, cuando la dosis había surtido efecto, que antes, cuando él tendría que haber admitido su fracaso.
-No está enferma –se apresuró a responder-. Se le dio cantárida en la comida.
Dimitri retrocedió, asombrado. ¿Cómo no se había dado cuenta él mismo de lo que aquejaba a la mujer? Había visto antes una mujer a quien le habían suministrado ese potente afrodisíaco, durante el año que había pasado en el Cáucaso. Ella había sido insaciable. No habían bastado quince soldados para satisfacerla. Seguía reclamando más y el efecto había durado horas.
Dimitri se disgustó, sabiendo que él solo no podría ocuparse de la mujer, que probablemente tuviera que llamar a sus guardias para que ayudaran a aliviar su sufrimiento, ya que era sufrimiento. Ella ardía por tener un hombre entre sus piernas, dolorida de necesidad. Pero, pese a su disgusto, su virilidad palpitaba de anhelo. Ella no estaba enferma. La poseería y ella imploraría más. Era una situación excepcional, que causaba toda clase de pensamientos placenteros.
-¿Por qué, Vladimir? Yo ansiaba una noche de descanso, no una maratón sexual.
La crisis había pasado. Vladimir advirtió que el príncipe había aceptado la idea, aunque no era lo que él se había propuesto. Y al final quedaría muy satisfecho. Eso era lo único que importaba.
-Fue difícil de persuadir, mi señor. No se la pudo comprar e insistió en que no se acostaba con desconocidos.
-¿Quieres decir que me rechazó? –Dimitri se regocijó al pensarlo-. ¿No le dijiste quién era yo?
-Por supuesto. Pero estas campesinas inglesas tienen una alta opinión de sí mismas. Creo que la descarada moza quería ser cortejada antes. Le expliqué que no había tiempo para eso, aunque usted no necesita esforzarse por alguien como ella –agregó con cierto desdén-. Perdóneme, príncipe Dimitri, pero no se me ocurrió hacer otra cosa.
-¿Cuánta droga le has suministrado?
-No sabíamos con certeza cuánta utilizar.
-¿Entonces podría durar horas, o toda la noche?
-Todo el tiempo que desee divertirse, mi señor –fue la simple respuesta.
Dimitri lanzó un gruñido y despidió a Vladimir con un ademán. Luego entró de nuevo en la habitación, bastante sorprendido por lo ansioso que estaba de volver a ver a la mujer, que seguía sacudiéndose sobre la cama, y gemía de modo bastante audible. Cuando Dimitri se sentó a su lado, ella volvió los ojos hacia él. Se calmó un poco, pero no pudo aquietar su cuerpo.
-¿Un médico?
-No, palomita, temo que un médico no pueda ayudarte en lo que te aqueja.
-¿Me estoy muriendo entonces?
El príncipe sonrió con dulzura. Ella realmente ignoraba lo que le ocurría, o que hubiese sólo una cura capaz de aliviarla. Pero él se lo mostraría con gusto.
Se inclinó y suavemente rozó los labios de la joven con los suyos. Los ojos de ella se abrieron, dilatados de sorpresa. Dimitri no pudo contener la risa. ¡Qué combinación de inocencia y atractivo sexual...! Le resultaba deliciosa.
-¿No te ha gustado eso?
-No, yo... oh, ¿qué me ocurre?
-Mi criado se tomó la atribución de vencer tu timidez con un afrodisíaco. ¿Sabes qué es eso?
-No, pero... estoy enferma.
-Enferma no, pequeña. Está haciendo exactamente lo que se supone que haga... excitar tu deseo sexual hasta un grado intolerable.
Katherine tardó un momento en aceptar que no se había equivocado en cuanto a lo que él quería decir; luego exclamó:
-¡Nooo!
-Sssh... –la tranquilizó Dimitri, tomándole la mejilla con una mano. De inmediato el rostro de ella se apoyó de nuevo en la palma del hombre-. No le desearía esto a ninguna mujer, pero hecho está, y puedo ayudarte si lo permites.
-¿Cómo?
La joven desconfiaba de él. Dimitri podía verlo en su mirada. Vladimir tenía razón. Realmente ella no quería tener nada que ver con él. De no haber sido por la droga, él habría fracasado con ella, tal como había fracasado aquel patán en la calle. Qué interesante. Aun cuando él recurriera a todo su considerable hechizo, tenía la sensación de que sería en vano. ¡Qué desafío! Ojalá hubiese más tiempo...
Pero estaba la droga. La cantárida lograría lo que no se podría lograr con esfuerzos humanos. El la poseería. Y su vanidad estaba lo bastante picada como para sacar toda la ventaja posible de la situación y someter a aquella florecilla inglesa.
Dimitri no respondió a la pregunta de la muchacha. Siguió acariciándole la mejilla, que estaba delicadamente sonrojada, al igual que el resto de su hermoso cuerpo.
-¿Cómo te llamas?
-Kit... no, Kate... quiero decir, Katherine.
-Entonces, Kit y Kate por Katherine –sonrió él-. Un nombre imperial. ¿Has oído hablar de nuestra Catalina, Emperatriz de todas las Rusias?
-Sí.
-¿Y no tienes apellido?
Ella apartó su rostro.
-No.
-¿Un secreto? –rió él-. Ah, pequeña Katia, yo sabía que me divertirías. Pero los apellidos no importan. De cualquier manera, seremos demasiado íntimos para utilizarlos. –Mientras hablaba, bajó la mano libre al seno de Katherine. Esta lanzó un grito penetrante y torturado-. ¿Demasiado sensible? Necesitas alivio inmediato, ¿verdad?
Y movió la mano hacia el oscuro triángulo de bucles castaños que ella tenía entre la piernas.
-¡No! ¡Oh, no, no debe hacer eso! –pero mientras protestaba, ella alzó las caderas hacia los dedos del hombre.
-Es el único modo, Katia –le aseguró él con voz grave-. Sólo que no te das cuenta todavía.
Katherine gimió al acelerarse la palpitación con el contacto del hombre. Su mente se rebelaba contra lo que él hacía con los dedos, pero se veía impotente para impedírselo. Tal como lo había estado para cubrirse, cuando él apareció. Necesitaba la frescura de sus manos, que la calmaban. Necesitaba...
-¡Oh, oh, Dios! –clamó mientras el placer estallaba en olas estremecidas, vibrantes, que no cesaban nunca, inundando sus sentidos, arrastrando consigo ese calor insoportable.
Katherine bajó flotando a un mar de dichosa languidez. Toda la tensión se había disipado, dejándola saciada e infinitamente relajada.
-¿Ves Katia? –la voz del hombre le quitó la tranquilidad-. Era la única manera.
Katherine abrió de pronto los ojos. Se había olvidado de él. ¿Cómo pudo olvidar? Era él quien le había aportado el alivio de ese calor que derretía. Oh, Dios, ¿qué le había dejado hacer ella? ¡Estaba allí sentado, mirándola, y ella estaba desnuda!.
Se sentó a medias, buscando frenéticamente a su alrededor la sábana que la había cubierto, pero se había deslizado el suelo mucho tiempo atrás, fuera de su alcance. Quiso tomar el cobertor, que estaba al pie de la cama, pero el hombre vio su intención y tendió un brazo sobre el estómago de la joven, sujetándola a su lado.
-Derrochas energía inútil, cuando sólo tienes unos minutos de tregua. Todo empezará de nuevo, pequeña. Conserva tu vigor y relájate mientras puedes.
-¡Miente! –dijo Katherine con horror-. No... no es posible que vuelva a empezar. ¡Oh, por favor, déjeme ir! ¡No tiene derecho a retenerme aquí!
-Eres libre para irte –repuso él con magnanimidad, aunque esta muy seguro de que ella  no abandonaría la cama-. Nadie te lo impide.
-¡Ellos lo hicieron! –Katherine recordó su ira, que creció y estalló-. ¡Ese... ese bárbaro, Kirov, me raptó y me ha tenido todo el día prisionera en esta habitación!
Ella era adorable en su furia. Dimitri sintió un deseo avasallante de besarla, mezclado con el deseo de tomarla en sus brazos. Esta sorprendente joyita era potente, y el ardía por poseerla después de verla llegar a su clímax. Pero debía ser paciente. No hacía falta que le arrebatara lo que ella pronto daría de buen grado.
-Lo siento, Katia. A veces mi gente excede lo que es razonable en sus esfuerzos por complacerme. ¿Qué puedo hacer para resarcirte?
-Sólo... sólo... ¡oh, no, no!
Empezaba la fiebre, el calor que fluía por sus venas y que rápidamente iba en aumento. Ella lo miró un momento en abyecta aflicción antes de apartarse con un gemido. El dolor había vuelto. El no había mentido. Y ahora ella sabía qué necesitaba, qué anhelaba su cuerpo. La moral, la vergüenza, el orgullo, todo desapareció como lluvia por una alcantarilla.
-¡Por favor! –se retorció ella, buscando de nuevo esos aterciopelados ojos suyos-. ¡Ayúdeme!
-¿Cómo Katia?
-Tóqueme... igual que antes.
-No puedo.
-Oh, por favor...
-Escúchame –dijo él tomándole el rostro entre las manos para sujetarla-. Tú sabes lo que debe ser.
-No entiendo. ¡Dijo que me ayudaría! ¿Por qué no quiere ayudarme?
¿Es posible que ella fuese tan inocente?
-Lo haré, pero tú debes ayudarme. Yo también necesito alivio, pequeña. Mírame.
Se abrió la bata. Debajo de ella estaba desnudo, y Katherine contuvo el aliento, al ver su virilidad osadamente erguida hacia delante. Katherine comprendió y entonces un ardiente color inundó de carmesí sus mejillas.
-No... no puede usted –susurró balbuceante.
-Debo hacerlo. Es lo que realmente necesitas, Katia, que yo penetre en ti. Estoy aquí para ti. ¡Úsame!
Era lo mas cerca que había llegado Dimitri a rogarle a una mujer. El que ahora lo hiciera demostraba la magnitud de su deseo... no podía recordar que alguna vez hubiera deseado tanto a una mujer. Y cuán innecesario era que él le rogara nada. Ella no podría resistir mucho tiempo, la droga no lo permitiría.
No dijo nada más, esperando sin tocarla, viéndola revolcarse torturada por el deseo. Observar su innecesario sufrimiento era casi doloroso. Bastaba con que lo pidiera y tendría alivió. Pero resistía la droga y resistía la cura. ¿Era orgullo? ¿Acaso podía ser tan necia?
Dimitri estaba a punto de tomar el asunto en sus manos, enviando al cuerno las protestas de la joven, cuando ella se volvió hacia él, con ojos implorantes, los labios tentadoramente separados, el cabello todo enmarañado y la carne temblorosa. ¡Dios, que bella era así, tan increíblemente sensual!
- No puedo soportarlo más, Alexandrov, haga lo que quiera, por favor, cualquier cosa... sólo hágalo ya.
Dimitri sonrió con asombro. Esa mozuela había logrado convertir una súplica en una orden. Pero él estaba muy dispuesto a obedecerla.
Quitándose la bata, se tendió en la cama, junto a la mujer, y la atrajo hacia sí. Al sentir el contacto fresco de la piel del hombre, ella suspiró, pero el suspiro se transformó pronto en un quejido. Había esperado demasiado tiempo. De nuevo tenía la piel demasiado sensible, en todas partes, pero especialmente en los senos.
El quería sentir ese exquisito cuerpo bajo sus manos. Tendría que aguardar.
-La próxima vez, Katia, no esperes tanto –dijo con brusquedad por la frustración.
-¿La próxima vez? –repitió ella; sus ojos se pusieron redondos.
-Esto durará horas, pero no hace falta que sufras. ¿Me entiendes? No me rechaces más.
-No... no lo haré... pero ¡por favor, Alexandrov, dése prisa!
El príncipe sonrió. Ninguna mujer lo había llamado jamás Alexandrov, no en la cama, al menos.
-Dimitri o Su Alteza –la corrigió riendo entre dientes. Ella lo golpeó con sus puños diminutos-. Está bien, pequeña... Calma. Tranquilízate.
Dimitri ya no podía esperar más. Las caderas de la mujer empujaban violentamente contra él, encendiendo su pasión hasta extremos alarmantes. Rodó sobre ella, apoyándose en los codos, mientras sus largos brazos mantenían muy encima de ella la colosal anchura de su pecho. Se inclinó para saborear la dulzura de los labios entreabiertos de la joven, y eran dulces, embriagadores, pero los giros de la parte inferior del cuerpo de ella no le permitían olvidar el objetivo inmediato.
Se apartó de la boca para situarse en posición, sosteniéndole el rostro entre sus grandes manos. Quería observarla de nuevo cuando ella recibía su placer, ver el éxtasis reflejado en sus ojos. Empujó hondo... y ella gritó. Pero era demasiado tarde. Estaba desflorada.
-¡Dulce Jesús! –susurró Dimitri. ¿Por qué no me lo has dicho, mujer?
Ella no contestó. Había cerrado los ojos, y de uno de ellos resbalaba una sola lágrima. Dimitri maldijo en silencio. ¡No era una muchacha ruborosa, sino una mujer! ¿Qué demonios hacía con su virginidad todavía intacta? No era algo que las criadas valoraran habitualmente. Sólo la nobleza la usaba como mercancía cuando negociaba matrimonios importantes.
-¿Cuántos años tienes, Katherine? –preguntó entonces con suavidad, secando sus ojos húmedos.
-Veintiuno –murmuró ella.
-¿Y has logrado mantenerte virgen tanto tiempo? Increíble. Debes trabajar en una casa penosamente falta de hombres.
-Mmmmm...
Dimitri rió. La joven ya no escuchaba, sino que aprovechaba el duro miembro incrustado en lo profundo de ella, ondulando provocativamente, atrayéndolo más aún... exquisita. El ruso gimió, apretando los dientes, dejándola satisfacerse lo más posible, pero ella no tardo mucho en elevarse en la cúspide del placer. Y aunque él habría prolongado su propio placer, las vibrantes pulsaciones que sentía dentro de ella fueron su ruina. Se sumo al clímax de la mujer, refregando sus caderas contra ella y oyéndola clamar al explotar una vez más.
Con el corazón todavía latiendo con fuerza y erráticamente, Dimitri se apartó para sentarse en el borde de la cama y se sirvió coñac. Ofreció otro a Katherine, pero ella sacudió la cabeza sin mirarlo. Tendría que lavarle las manchas de su virginidad, pero esperaría hasta que ella pudiera apreciarlo mejor. Al pensarlo, sonrió. Y estaba planeando llevarla a otro clímax.
Volvió a su lugar, sentándose de costado, apoyando su brazo en el lado opuesto de la cadera de Katherine. Ella seguía negándose a mirarlo hasta que él apoyó la fría base redonda de la copa de coñac en un puntiagudo pezón. Rió entre dientes, deleitándose en el modo en que llamearon los ojos de la joven.
-Tendrás que aplacarme, Katia. Me agrada jugar con mis mujeres.
-Yo no soy una de sus mujeres.
Su tono de encono hizo que el insistir fuese un placer.
-Pero lo eres... por esta noche.
Se inclinó y azotó el otro pezón de la mujer con la punta de su lengua. Como reacción, Katherine se sacudió y luego lanzó un gemido cuando él le tomó todo el pezón en la boca. Instintivamente las manos de la joven se posaron en el cabello de él para apartarlo. Dimitri respondió a esta resistencia cerrando suavemente los dientes sobre el pezón de Katherine, hasta que ella se rindió y lo dejó hacer lo que deseaba. Pero pronto estuvo lista de nuevo para él.
Dimitri salió del lecho para traer el paño del baño de ella, remojándolo antes en el agua fría. Cuando volvió junto a ella, lo aplicó primero a su cuerpo, esperando hasta que el ardor interior de la joven fue casi furioso, luego mojó el paño con agua helada de la jarra y se lo apretó entre las piernas.
Katherine enloqueció con el placer combinado: frío helado para calmar el ardor y estímulo donde más lo necesitaba. Conoció así una nueva vía de placer hasta que finalmente él terminó de limpiarla.
Dimitri la dejó de nuevo para lavarse, y cuando volvió, se acomodó entre las piernas de la mujer para succionar sus senos. Ella no tenía fuerza de voluntad para protestar. Lo necesitaba. Eso se había demostrado fuera de toda duda. Si él insistía en “jugar” con ella entre cada crisis, esa era la cruz que debía llevar. Pero en realidad, también de eso derivaba placer, así que ¿cómo podía quejarse?
Katherine llegó a otra cumbre de placer frotándose contra la pelvis de Dimitri mientras él seguía acariciándole los senos. Y luego él volvió a utilizar los dedos, mientras su lengua exploraba cada centímetro de su boca. El doble estímulo en cada ocasión aumentaba su placer, magnificando la intensidad hasta un grado casi insoportable. Empero, nada fue tan completamente satisfactorio como cuando él usó finalmente el cuerpo de la mujer, llenando con su honda penetración una necesidad más intensa.
Y así continuó durante toda la noche. Lo que él dijo resultó cierto. Ella no volvió a sufrir. Mientras ella obedeciera todas sus órdenes, él estaba allí para calmar, para aliviar y para darle hora tras hora el más increíble éxtasis, con sus manos, su boca, todo su cuerpo. Lo único que pedía a cambio era que Katherine le permitiera jugar con ella, acariciarla como él quisiera. Ella estaba segura de que él ya conocía íntimamente cada centímetro de su cuerpo. Pero no le importaba. Esa noche no era real. No tenía base alguna en la realidad. Se disolvería como la droga, para ser olvidada con la mañana


7

 

-Vladimir, despierta. ¡Vladimir! –Marusia le sacudió el hombro con fuerza hasta que finalmente él abrió un ojo-. Ya es hora. Lida lo ha oído andar por su habitación. Será mejor que te ocupes de enviar de vuelta a la pobre muchacha.
-¿Pobre muchacha? ¿Después de las que me ha hecho pasar?
-Sí, pero ¿por cuáles la hemos hecho pasar nosotros? Mira afuera, esposo mío. Amanece.
En efecto, el cielo estaba teñido de violeta. Instantáneamente Vladimir despertó del todo y apartó el cubrecama con que lo había cubierto Marusia antes de bajar a la cocina para encender el fuego. Había permanecido en pie la mitad de la noche, aguardando a que el príncipe saliera de la habitación de la mujer. No había pensado quedarse dormido ni mucho menos; sólo reposar unos instantes en la cama.
-Es probable que se esté levantando temprano, nada más –dijo Vladimir-. Sabes que no necesita dormir mucho. No es posible que se haya quedado con ella toda la noche.
-Se haya quedado o no, dice Lida que está despierto y más vale que saques a esa mujer de la casa antes de que él salga de su habitación. Ya sabes que no le gusta tropezarse con esas mujeres ocasionales una vez que se sacia de ellas.
Vladimir le echó una mirada que decía “No hace falta que me lo digas” antes de recoger un fardo de ropas y subir las escaleras hacia la planta alta. El pasillo estaba desierto. Los guardias habían sido licenciados la noche anterior, antes de llegar Dimitri. Había sido imprescindible que él no sospechara nada hasta que viera a la mujer. Si la moza, sin custodia, había logrado marcharse por su cuenta, a Vladimir no le parecería mal, aunque le debía algo por sus molestias.
Sin ruido, abrió la puerta. Era posible que Lida estuviese equivocada, y que sólo hubiese oído andar por su cuarto al valet de Dimitri. Empero, tan remotas eran las posibilidades de encontrar todavía allí al príncipe, que Vladimir se reprochó el ser tan cuidadoso. Y la habitación estaba vacía, salvo por la mujer. Ella estaba allí todavía, profundamente dormida bajo el cubrecama de raso.
Dejando caer las ropas de la joven sobre una silla, se acercó a la cama y la sacudió.
-Basta –gimió ella.
Vladimir sintió un momentáneo escozor de piedad. Ella había sido verdaderamente usada. En la habitación cerrada, el olor de las actividades de la noche era abrumador. Por cierto, eso era lo primero: dejar que entrara algo de aire puro.
Empujando, apartó de la ventana el pesado ropero, jadeante por el esfuerzo; luego recibió con agrado la brisa del amanecer, que entró flotando.
-Gracias, Vladimir –dijo el príncipe a sus espaldas.
-¡Mi señor! –exclamó Vladimir, volviéndose con presteza-. Discúlpeme. Tan sólo iba a despertarla y...
-No lo hagas.
-Pero...
-Déjala dormir. Lo necesita. Y tengo ganas de ver cómo es cuando está en su sano juicio.
-No... no lo recomiendo –respondió Vladimir, vacilante-. No es una joven muy tratable.
-¿No lo es? Vaya, eso me parece fascinantes, considerando cuán tratable ha sido durante toda la noche. A decir verdad, no puedo recordar la última vez que disfruté tanto.
Vladimir se tranquilizó. El príncipe no estaba jugando con las palabras, como a veces lo hacía en su estilo sardónico, sino que estaba verdaderamente complacido. El ardid había dado resultado. Ahora, con tal de que pudieran zarpar sin que ningún contratiempo alterara ese buen talante. Pero la mujer... no, seguramente Dimitri la había cautivado, y esta mañana no resultaría intratable.
Dimitri se volvió hacia el lecho, donde sólo eran visibles sobre la almohada un delgado brazo y una pálida mejilla, ya que sus abundantes bucles castaños, en absoluto desorden, ocultaban todo lo demás. Se había visto obligado a regresar a esa habitación. Había decidido bañarse y dormir algunas horas, antes de que se iniciaran los turbulentos preparativos para la partida. Se había bañado, sí, pero no había podido desalojar de sus pensamientos a la mujer.
Había dicho la verdad a Vladimir. No creía haber pasado jamás una noche tan insólita y, sin embargo, tan deliciosa. Por lógica, debería estar tan exhausto como la mujer. Pero claro que él se había controlado, había contenido su propio placer, conservando deliberadamente su fuerza al satisfacerla de otras maneras. La idea de tener que llamar a varios de sus hombres para reemplazarlo si él se cansaba le había repugnado. Y además, simplemente, no había querido compartir ese tesoro.
Era increíble, pero realmente se había desilusionado cuando ella sucumbió finalmente al sueño. No estaba cansado todavía; a decir verdad, se sentía muy vigoroso.
-¿Sabías que era virgen, Vladimir?
-No, mi señor. ¿Ha tenido importancia?
-Creo que para ella sí. ¿Cuánto ibas a pagarle?
Teniendo en cuenta esa nueva información, Vladimir duplicó la cifra que tenía pensada.
Cien libras inglesas.
Dimitri lo miró de reojo.
-Que sean mil... no, dos mil. Quiero que ella pueda derrochar en algunas ropas elegantes. Ese trapo que llevaba puesto era atroz. Por cierto ¿no tenemos nada más adecuado que pueda ponerse cuando despierte?
Vladimir no debería haberse sorprendido, en realidad. La generosidad del príncipe era famosa. Y sin embargo, aquella mujer no era más que una simple campesina inglesa.
-Casi todas las pertenencias de las criadas fueron llevadas ayer al barco, mi señor.
-Y supongo que Anastasia no accedería a ceder uno de sus vestidos. No, por supuesto que no lo haría. Estuvo toda la noche enfurruñada porque no le permití salir de parranda en Londres anoche. Creo que en este momento disfrutaría de cualquier motivo para mortificarme.
Vladimir titubeó, pero si Dimitri deseaba vestir a la moza con galas... no, él no se atrevía a mencionar que las ropas de la condesa Rothkovna habían partido de Rusia  con ellos, aunque ella no. Tal vez Dimitri apreciaría la sutil venganza de regalar todas las ropas de la condesa, ya que indudablemente había terminado con ella después del modo en que lo había decepcionado, pero Vladimir no se atrevía a obsequiar tan costoso vestuario a aquella campesina intratable. Un vestido más favorecedor era una cosa; uno demasiado costo, otra muy distinta.
-Enviaré a una de las mujeres en busca de algo adecuado cuando abran las tiendas –sugirió Vladimir, pero agregó-: Si cree usted que ella permanecerá aquí tanto tiempo.
-No, no te molestes. Fue tan sólo una idea, y el placer de ordenar que desechen ese trapo –respondió Dimitri con un ademán de despedida-. Te llamará cuando ella esté lista para marcharse.
¿Entonces el príncipe se quedaría con ella en la habitación? ¿Tan interesado estaba? Vladimir vaciló de nuevo. Nunca había antepuesto sus deseos a los del maestro, como lo acababa de hacer. Empero, no tenía que apaciguar al príncipe. Dimitri estaba todavía de excelente humor. Pero a Vladimir le desagradaba demasiado esa mujer, después de toda la frustración y ansiedad que había causado con su tozudez, aunque al final hubiera complacido a Dimitri. En su opinión, ya se le estaba dando demasiado. Si él podía evitarlo, ella no recibiría nada más.
-Como usted quiera, mi señor.
Vladimir salió, cerrando con suavidad la puerta, y bajó para contar a Marusia el más reciente capricho del príncipe. Pero lo más probable era que ella se riera, recordándole que también el padre de Dimitri había sido fascinado por una inglesa, al punto de casarse con ella. Gracias a Dios que esta moza inglesa no era de la nobleza, como lo fuera lady Anne.
Mientras tanto, en la habitación, Dimitri apagó las lámparas que habían estado encendidas toda la noche; luego se estiró en la cama de donde había salido apenas unas horas antes. Katherine yacía boca abajo, con el rostro vuelto hacia él. Dimitri le apartó el cabello de la mejilla para verla mejor. Ella no se movió siquiera.
En el sueño, las severas líneas de su rostro se suavizaban, tal como antes, en su pasión. Dimitri no podía olvidar esa pasión. Por supuesto, no la había producido él, sino la droga... por cuyo motivo él quería poseerla una vez más, sin que la droga la dominara. En parte se veía ante un desafío, un deseo de ver si podía estimular en ella esas mismas cimas de pasión. Pero, perversamente, sentía también una necesidad de probar que, en realidad, no era posible que ella fuese tan increíblemente atractiva y sensual como lo había sido bajo la influencia de la cantárida.
Por el momento, sin embargo, ella necesitaba unas horas más de sueño para recuperar fuerzas. Tener que esperar era inconveniente; la paciencia no era una de las mejores cualidades de Dimitri Alexandrov. Pero no tenía nada más que hacer esa mañana antes de zarpar.