La conspiración de los alquimistas, 1ª parte

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Vibración y energía
 
 
 
 
1ª parte 2ª parte 3ª parte 4ª parte 5ª parte 6ª parte 7ª parte 8ª parte 9ª parte 10ª parte

 

LA CONSPIRACIÓN
DE LOS 
 ALQUIMISTAS
 
 

HANIA CZAJKOWSKI
 
 
Este libro fue pasado a formato digital para facilitar la difusión, y con el propósito de 
que así como usted lo recibió lo pueda hacer llegar a alguien más.      HERNÁN 

 
 

Para descargar de Internet: 
“ELEVEN” – Biblioteca del Nuevo Tiempo
Rosario – Argentina

y a Libros de Luz:  httplibrosdeluz.tripod.com

 
La Conspiración de los Alquimistas
©1999, Hania Czajkowski.
Libro original: 443 páginas
Digitalizador: @ Salvador L (Ushuaia, Arg.) 
L-01 – 8/07/02
 
 
CONTRAPORTADA:  
  
Esta novela cuenta la vida de una familia italiana de principios de siglo afincada en el oeste de lo que más tarde
sería el Gran Buenos Aires. Los personajes - un padre solitario y alejado, una madre poco a poco vencida por
el tiempo, un hijo dominante y emprendedor y otro cuya generosidad no basta, una hija que se va deslizando
hacia la locura - aparecen precisos y nítidos ante el lector, gracias a la mirada aguda, abarcadora, profunda y
sutil de la autora, mirada capaz de plasmarse en una prosa original de estilo inconfundible: sencilla en
apariencia, risueña y sabia, siempre conmovedora. La vida cotidiana de la familia queda expuesta a través de
los cambios de casa, esas 'mudanzas' que acompañan las otras, irremediables, de los tiempos y de los
sentimientos.
 ÍNDICE::  
 
Aeropuerto
El reencuentro
Varsovia
Preguntas sin respuestas
La Virgen Negra
Mara
El guardia
La leyenda del Dragón
Ante el umbral del cambio
 
NIGIRIDO
La Ciudad del Miedo
Cibeles
La huida
La liberación
El perdón
Noticias de papá
La reconstrucción
Los ángeles
La casa de Amir
El Salto de Fe
 
ALBEDO
La Isla del Amor
Los peregrinos
Nace Afrodita
Las sacerdotisas
La aldea
Las bordadoras
La misa
El amasado del pan
Gregorio
Nace el nuevo ser
 
RUBEDO
La despedida
Estambul
El Mercado del Oro
El mercader
Las sirenas
Topkapi
Dergah
La caravana
Amir
Capadocia
El regreso

CUADERNO SECRETO
El Octavo Recinto
El rosario de la Conspiración
El ritual hebreo
El ritual cristiano
El ritual sufí
Las llaves mágicas
Después del Diluvio
El relato del viaje
Los tesoros
El lugar sagrado
El vuelo de las nueve palomas
La felicidad
Los símbolos
Días de sol y luna
El arte de la oración
GIUIA PARA CONSPIRADORES, INICIADOS Y ALQUIMISTAS

El viaje
 
Aeropuerto
(Buenos Aires, 4 de agosto)
 
Sonreí al recordar al terrible Dragón de Cracovia, protagonista de los cuentos de mi infancia. La bestia entraba
sin previo aviso en mis sueños batiendo sus alas tenebrosas, inundando de fuego el universo. Los rugidos del
Jumbo al decolar no podían compararse con los de aquel dragón.
En Polonia me esperaba papá. Polonia. Se me hizo un nudo en la garganta. ¿Por qué habría tomado la
inexplicable decisión de irse tan lejos y dejarnos, veinte años atrás? Yo viajaba para borrar esa tristeza. A
pesar de la alegría del próximo encuentro, no pude evitar que se me llenaran los ojos de lágrimas pensando en
su ausencia. Tan larga, tan dura.
Me pregunté si los ojos de papá seguirían siendo tan celestes como hacía veinte años, Volveríamos a vernos,
pero esta vez en su tierra. De ella sabía pocas cosas. Que la bañaba un helado mar Báltico y que el, horizonte
se volvía profundamente verde por los pinos silvestres. El mar era transparente y en sus abismos brillaban
piedras preciosas. Había antiguos castillos, casi todos habitados por dragones en llamas.
El avión trepó a diez mil metros de altura, y yo todavía no me había repuesto del incidente en la Aduana.
El funcionario había revisado mi pasaporte como si fuera el plano de un tesoro. Observó mi fotografía, observó
mi rostro, volvió a mi foto y puso un sello con un golpe seco. Miró hacia los costados y luego, clavando sus ojos
en los míos susurró con una voz extraña:
-Bienvenida a la Gran Conspiración.
Sorprendida, no atiné a contestarle.
-Recibirás el sobre en Varsovia -dijo.
-¿Perdón? -alcancé a musitar.
-Se conectarán contigo los alquimistas. Manuel te envía augurios y protección para el viaje a través del Camino
de los Misterios. ¡Pase el que sigue!
-Pero…
-¡El que sigue! -ordenó imperturbable, adoptando la anónima cara de funcionario, como sí allí jamás se hubiera
pronunciado una sola palabra fuera de lo usual.
Recuerdo haber caminado junto a los demás pasajeros, como en un sueño. Después, las puertas de
embarque, el puente vidriado, la manga del avión.
Durante el vuelo, seguía escuchando la voz del funcionario de la aduana. Sólo le di importancia porque había
mencionado a un tal Manuel, y yo conocía a uno: tal vez se tratara de mi amigo monje. Pero lo demás no tenía
sentido. ¿Recibir un sobre? ¿Iniciar el Camino de los Misterios? ¿Los alquimistas?
El sobre...
El sobre de Rafael... ¿Tendría algo que ver? Unas horas antes de mi partida, Rafael, un amigo de
exploraciones y búsqueda de caminos del alma, me había llamado desde el monasterio de los Benedictinos, al
que solíamos ir por unos días a reponer energías y ordenar pensamientos.
-Tengo un sobre para tí -me había dicho-. De alguna manera te lo haré llegar. Te lo envía el hermano Manuel,
dice que es importante para el viaje.
Mi amigo Rafael tenía tareas que hacer en el Monasterio y la comunicación de larga distancia fue breve, un
gran abrazo y hasta la vuelta. La extraña actitud del funcionario y el sobre que Manuel me enviaba y que aún
no había llegado a mis manos eran las únicas pistas por el momento. Imposible dejar de relacionarlas.
Doce largas horas más tarde, me sobresaltó la voz del comandante. Los altoparlantes anunciaban que
estábamos sobrevolando la tierra de mis ancestros. Todavía me rondaban las imágenes de un sueño:
caravanas de beduinos, exóticas tiendas decoradas con alfombras turcas. Raros danzantes que giraban y

giraban vestidos de blanco alrededor de un majestuoso pavo real que me miraba fija, enigmáticamente. ¿Será
un presagio?, me pregunté. No pude seguir pensando, las diminutas casas de Varsovia ya aparecían en mi
ventanilla.
 
El reencuentro
 
Leí el cartel de MIGRACIONES con un estremecimiento: no quería saber nada más de funcionarios.
-¡Identidad! -demandó en polaco la empleada.
Coloqué el pasaporte sobre su mostrador con cierta precaución. Con voz monótona me preguntó por cuánto
tiempo me quedaba y el motivo de mi viaje. Finalmente estampó un sello en mi pasaporte y me indicó la salida
Busqué a mi padre con la mirada, estaba muy ansiosa. De pronto una mano se levantó. Me puse en puntas de
pie y desde la distancia me pareció verlo sonreír.
-¡Papá! -grité abriendo los brazos.
Corrí hacia él. Pero no era mi padre. No pude distinguir el rostro del desconocido, pero me llamó la atención
una hermosísima estrella de oro que colgaba de su cuello. De pronto sentí una mano en mi hombro.
Al darme vuelta, la emoción nubló mis ojos y me cerró la garganta. Allí estaba, firme como un soldado,
pequeño, desamparado. Lloré a mares abrazada a él, sin hacer ninguna pregunta. Cuando me recuperé tenía
en mis manos un ramo de rosas rojas.
-Papá... -balbuceé todavía detrás del ramo y del profundo aroma de las rosas.
Román, mi padre. Escuchar su voz otra vez... Siempre había sido un hombre de pocas palabras, pero ahora
hablaba sin parar. Los temas cotidianos nos hacían encontrar en el mismo terreno. La vida diaria, su casa
antigua, las cartas que nos habíamos escrito. Mientras, por la ventanilla del auto- Varsovia iba apareciendo
poco a poco ante mis ojos.
Noté en papá un cambio esencial: el aplomo que yo recordaba había desaparecido. Tal vez a causa de los
veinte años de distancia. Estaba feliz de verme, no había dudas; pero... ¿por qué esa mirada de intranquilidad?
Decidí preguntarle qué le pasaba. Sin apartar los ojos de la ruta me dijo:
-Tengo algo que contarte en cuanto lleguemos a casa.
-¿Pasa algo malo?
-No, malutka, ya te vas a enterar.
Opté por no preguntar más.
Respiré el aire misterioso de esa ciudad tantas veces imaginada. Ya había estado allí, a través de los relatos
de mis padres. Siempre partidas, alejamientos... Pero esta vez yo estaba haciendo el camino inverso.
Varsovia, sin cortina de hierro, maquillaba su historia: nuevos edificios, negocios, carteles, Había algo en el
aire, en los ojos de los polacos. Miradas que yo veía desde la ventanilla y que me hablaban de historias
amargas, inolvidables. Varsovia está herida, pensé, y quiere sanarse. Algo muy antiguo está despertando para
ser liberado. Algo quiere volar y todavía no le es posible hacerlo: hay demasiado dolor atrapado en los
recuerdos.
-Debería descender un ejército de ángeles sobre Varsovia -dije.
-Siempre la misma poeta -dijo mi padre.
-Podrían despejar con sus alas muchos pesares, papá. Aliviar las miradas, enseñar a volar.
-Y tal vez así perderíamos el miedo.
Tenía razón: la terrible historia polaca flotaba trágicamente en sus edificios antiguos, en sus palacios, en los
bloques interminablemente grises. Pero el antiguo esplendor de Varsovia no había sido totalmente borrado,
todavía seguía siendo la puerta de Oriente. Artística, aristocrática, romántica, me permitía percibirla también
bajo la aparente monotonía. El amor por el arte, por la música, la pasión del alma eslava son parte de esa
mezcla extraña.
El joven Román había partido de Polonia a los veintitrés años, luego de una intervención directa en los frentes
de batalla en la frontera con Alemania. Desde entonces siempre la Sombra veló su mirada.
Contemplé su perfil mientras él conducía, absorto.
Sabía de otros casos, amigos de mi padre, que tras las mismas vivencias se habían transformado en personas
intensas, libres, apasionadas. Dos maneras diferentes de elaborar la misma experiencia, reflexioné, mientras
pasábamos al lado del Palacio de Cultura, enorme paquidermo arquitectónico, recuerdo de la época stalinista y
del poder absoluto del Estado. Me estremecí al pensar en cómo quedaría un ser humano después de pasar por
la desintegración, por el miedo. Después de encontrarse con la muerte cara a cara quizá se pudiera amar con
pasión absoluta. Manifestar entrega, amor sin condiciones por todo lo que la vida nos regala después del
horror.
Román vivía en el centro de Varsovia, en un edificio antiguo, de estilo anterior a la guerra. Cristina, su esposa
actual, había preparado ya la bienvenida con la clásica hospitalidad polaca: sernik, tortas, pierogi, un banquete
completo.
-Las bienvenidas -sonrió- comienzan con este ritual de los platos típicos.
Era cierto: la alquimia se inicia al probar los sabores del lugar. Deben ser paladeados, olidos, para sentir
realmente que hemos llegado. La torta de amapolas, el té servido en un samovar, los pierogi con frambuesas,
los frutos del bosque, todo estaba allí sobre la mesa, para participar del encuentro y transformarlo en una
fiesta.

No sé cuántas horas conversamos sobre temas familiares, pasados y presentes. Estábamos haciendo un
repetido resumen de nuestra vida, de los hechos más importantes, cuando de repente mi padre se detuvo un
momento y me dijo:
-Tengo que contarte algo.
-Te escucho, papá.
Yo estaba muy intrigada. Él encendió su pipa, soltó un par de bocanadas y dijo en voz baja:
-Puede ser un asunto sin importancia, pero me dejó preocupado. Tal vez tú entiendas de qué se trata. Ayer,
muy tarde, alguien tocó el timbre.
-Nos sobresaltamos -dijo Cristina-, ya que no solemos recibir visitas, y menos a semejante hora.
-¿Era algún extraño?
Papá me miró a los ojos y dijo, muy serio:
-Sin abrir, pregunté quién era y una voz desconocida inquirió por mí. Le dije que ya estábamos descansando,
pero el personaje insistió.
-¿Y qué andaba buscando?
-Dijo que tenía un mensaje para ti, y que era necesario que yo te lo entregara.
-Qué raro... ¿a qué hora fue?
-Eran las once de la noche -señaló Cristina.
Qué coincidencia -dije-. A ver…  déjame calcular la hora en que salí de Buenos Aires.
-No te molestes -dijo mi padre-. El desconocido se presentó exactamente en el momento en que tu avión partía
hacia aquí.
Pensé unos instantes. Papá siempre le había asignado mucha importancia a las casualidades, las cifras y los
horarios.
-No sé qué tendrá que ver -dije, inquieta-, pero la coincidencia es sugestiva.
-Déjame contarte -siguió-. Le pregunté al extraño quién era. «Yo soy simplemente un mensajero", me contestó
entre las sombras. Después me extendió esto y se fue. Ni siquiera le vi la cara.
Román se levantó, cruzó el salón, abrió el cajón de un escritorio y sacó un papel. Cuando se acercó a mí me di
cuenta de que era un sobre.
-Te lo entrego -sonrió-. Misión cumplida.
Cristina se puso de pie y ambos salieron.
Me dejaron sola, con el sobre en la mano y una sensación de angustia en la garganta.

Mensaje de bienvenida
Capadocia, luna menguante
 
Sí estás dispuesta a enfrentar el misterio, de ahora en más sigue las instrucciones de los sobres. De lo
contrario, arroja este papel al fuego.
El Camino de los Misterios comienza a los pies de la Virgen Negra y te conduce, paso a paso, hasta la caverna
secreta donde levantan vuelo las nueve palomas.
Cuando, en la Ciudad del Miedo, venzas al dragón en su guarida...
Cuando, en la ciudad atribulada, reconstruyas el laboratorio con ayuda de los ángeles y des el Salto de Fe sin
vacilar..
Cuando, en la Isla del Amor, los pájaros canten al encender las velas en el anochecer de la aldea...
Cuando amases el pan de los sueños, con los mejores ingredientes...
Cuando, en la villa del oro, sigas a los danzantes en una noche de luna llena y llegues por fin a la caverna
sagrada...
...entonces sabrás que fueron las oraciones de la tradición las que te llevaron del Negro al Blanco y de éste al
Rojo para llegar al Oro. Con ellas encenderán su fuego los alquimistas de todo el mundo, y así unirán por fin
las dos mitades: la tierra y el cielo. En aquel momento, a modo de respuesta, las estrellas titilarán ante tus
preguntas y lo que más deseas te será concedido. Entonces, todos tendrán por fin la llave del Camino de los
Misterios y ése será nuestro gran triunfo, el triunfo de la Conspiración de la Gracia.
¡POR LA GRAN OBRA, VENCEREMOS!
 AMIR
 El Alquimista
 
¿Por qué me sucede esto a mí?, pensé. Ya era bastante con haber venido a Varsovia, volver a ver a mi padre,
ir hasta el fondo como me lo había propuesto. Pero seguir instrucciones... enfrentar el misterio, unir las dos
mitades, vencer al dragón, esto ya era demasiado. ¿Sería una broma de Manuel, mi amigo monje? De todos
modos, traté de no darle al hecho demasiada trascendencia.
A la mañana siguiente, durante el desayuno, noté que los ojos de mi padre me miraban extrañados, como
preguntándose quién sería yo después de todo aquel tiempo.
¿Que quiénes somos, papá? Desconocidos, incluso para nosotros mismos. Extraños en la tierra, forasteros,
desterrados del paraíso. A veces, soberanos; otras, mendigos.
-¡Qué complicado es ser humanos! -le dije a mi padre-. Ser conscientes de nosotros mismos...

-...y, al mismo tiempo, desconocer nuestro verdadero lugar en el Universo, ¿verdad, Ana? -contestó él, como si
me estuviera leyendo la mente.
Pensé que Copérnico, el gato de Cristina, que en ese momento estaba sentado a mi lado mirándome con sus
ojos amarillos, no recibía mensajes en clave ni jamás se había sentido frustrado, desorientado o angustiado
ante los acontecimientos. Sentí un poco de envidia: los humanos perdimos algún hilo que nos unía al Universo;
pero ellos, los animales, lo retuvieron, y viven felices.
Los ojos de mi padre seguían mirándome extrañados, aunque su semblante era más dulce.
-¿Qué decía el mensaje? -preguntó-. ¿Era para ti?
-Se trata de la promoción de un viaje, seguramente han tomado mis datos de la tarjeta de crédito. Es culpa de
las líneas informáticas, ya sabes, papá. ¡Que deliciosa es esta torta de amapolas!
-Claro, claro -dijo papá-. Es el moderno auge del turismo.
No supe sí yo había logrado convencerlo, o si él fingía. De todos modos, por mi parte el tema estaba agotado.
De manera que terminé mi té, le di un beso a papá y me retiré al cuarto.
Al rato sentí un rasguño en la puerta. Me sobresalté, pero enseguida comprendí que era el gato, que quería
entrar. Abrí la puerta y Copérnico paso caminando como un príncipe de quién sabe qué reinos. Se acomodó en
el sofá de pana roja, y me dirigió una condescendiente mirada.
Empecé a trazar planes para recorrer Varsovia, pero me fue imposible concentrarme en el plano de la ciudad.
No podía dejar de pensar en la extraña nota que había recibido. Recordé la llamada de Rafael y el mensaje del
funcionario del aeropuerto. El sobre que quería entregarme Manuel era precisamente el mismo que el
desconocido le había dejado a papá, tocando el timbre a la hora exacta de mi partida.
Acaricié a Copérnico y toqué el colgante que mi padre me había regalado y que siempre llevaba al cuello. Vi
cómo brillaba la flor suspendida dentro del trozo de ámbar. Un amarillo tan puro como el de los ojos del gato.
Recordé la historia de esa joya. Cuando yo era pequena, una y otra vez le pedía a mi padre, con una extraña
insistencia, que me la contara.
-¿Otra vez? -preguntaba él pacientemente.
-Sí, sí, por favor -rogaba la pequeña Ana de ojos celestes.
-¡Ah, es en verdad una historia apasionada! Cada vez que mires la piedra descubrirás, dentro del ámbar,
aunque pasen los años, a la pequeña flor y al bravío viento fundidos en un eterno abrazo.
Mientras papá hablaba, yo no podía dejar de contemplar el ámbar. en el fondo de la piedra dorada como la miel
podía vislumbrar una pequeña flor que tal vez tuviera millones de años.
-Las escarpadas costas del Mar Báltico -decía papá- están pobladas de pinos gigantes. Dejan caer en las
aguas larguísimos hilos de savia dorada. También caen hojas, semillas y, de vez en cuando, preciosas flores
silvestres, El viento enamoró a una de ellas, la misma que ves dentro del cristal.
-¿Y cómo hizo para fijarla dentro de la piedra? -preguntaba yo sabiendo la respuesta.
-La rescató en vuelo, la envolvió amorosamente con un manto de savia. Y así, cambió su pequeño destino por
una historia más grande...
¿Y entonces qué pasó con ellos?
-La humilde flor y el poderoso viento cayeron abrazados al fondo del mar y allí se entregaron a la alquimia del
amor.
Yo lo miraba asombrada, ansiosa.
-Después de todo -decía papá mirándome enigmáticamente- éstas son cosas mágicas y por lo tanto pueden
pasarle a cualquiera, ¿no te parece?
Yo no sabía qué contestarle. Sin que yo lo supiera en aquel momento, en mi vida habría de cruzarse un viento
apasionado para convertir un viaje de reencuentro familiar en una increíble aventura.
Papá continuaba con su historia:
-Pasaron los años, pasaron los siglos y, cuando la vida terminó su obra de arte, el mar arrojó fragmentos de
ámbar a la orilla. Al resurgir, después de tanto tiempo, la flor dejó de ser una flor. Dentro de su burbuja de
viento, aún hoy conserva el recuerdo preciso de cuando su destino cambió para siempre. ¿Sabes que fue la
vida misma quien creo el misterioso encuentro? Es una sincronía perfecta destinada a formar una joya, un
talismán, un ámbar. Lo que tú tienes en la mano es una obra conjunta de vientos bravíos, aguas de mar, pinos
y flores silvestres. Es una piedra mágica porque fue creada por un amor apasionado.
Papá tenía razón, pensé al contemplar el ámbar como cuando era niña.
Volví a mirar al hermoso gato negro y no fue mí imaginación: juro que Copérnico estaba esbozando una
sonrisa. Como aseverando todo.
La leyenda del ámbar siempre me había parecido uno de los más fascinantes cuentos de amor. Toqué
nuevamente la piedra que colgaba de mi cuello, la diminuta flor asentía desde el fondo dorado.
-¡Ojalá -le dije- yo también pueda vivir una historia de amor tan apasionada!
Me sentí una hoja, una flor. Frágil y expuesta a fuerzas imponderables que todavía no se habían develado. Un
viento extraño se estaba acercando para cruzarse en mi camino, para llevarme a una transformación
irreversible.
 

Varsovia
(5 de agosto)
 
La ciudad vieja de Varsovia tiene un encanto indescifrable. Caminábamos con mi padre por esas calles
antiguas, atravesadas por patios secretos, zaguanes Henos de rumores, restaurantes de comidas típicas, cafés
con antiguos muebles y velas encendidas en todas las mesas, siempre adornadas con flores.
Apenas descendimos del tranvía que nos dejó al pie de la escalinata de acceso, la brisa trajo rumores de voces
y violines. Aromas dulces suspendidos en el aire impregnaban el ambiente, invadían las callecitas angostas y
misteriosas. Estaba anocheciendo. En una de las calles laterales de acceso a la plaza, un viejo, corpulento y
apasiona do, cantaba en ruso una canción del Volga. Vestido de cosaco, estaba acompañado de una niña,
quizá su nieta, que tocaba un violín destartalado.
¡La plaza central era una fiesta! Había pianos desgranando música de Chopín, turistas japoneses, alemanes,
americanos, vendedores de inciensos y artesanías, mimos y artistas de todo tipo. La vida medieval de las
plazas conservaba intacta su fuerza y poder de reunión.
Nos sentarnos al lado de la ventana, en el primer piso de una de las casas que bordeaban la plaza y que ahora
era un restaurante. Los personajes que caminaron por estas calles, pensé, ¿estarán ahora con nosotros? De
pronto sentí claramente los rumores de sus pasos, sus murmullos, sus peleas y sus bromas vibrando a nuestro
alrededor. Sí, sí, estaban presentes, cómo dudarlo: antiguamente todos los acontecimientos se desarrollaban
en estos espacios rodeados de casas de cuatro o cinco pisos. Las construcciones abrazaban tiernamente esa
zona sagrada que latía como sí fuera el corazón del pueblo. Allí se compartían las fiestas y las ferias; allí se
realizaban encuentros, revueltas, motines y se jugaban a veces los destinos de toda la población.
-En este lugar se come maravillosamente, Ana -dijo mi padre-. Ya lo verás.
Asentí y, mientras esperábamos nuestros nalesniki, una especie de panqueques con queso blanco y salsa de
frambuesas, seguí contemplando el movimiento de la plaza. Y entonces sentí que el tiempo se había
suspendido.
Pensé que era en instantes así cuando descienden los ángeles y se posan a nuestro lado, sin que los
invoquemos. ¿Será que en el aire se abre un hueco, un túnel, un pasaje, para que venga lo inefable, lo que no
pertenece al tiempo? Los ángeles se sienten, se escuchan, y su presencia se paladea como un delicioso
manjar.
-¿Dónde habrá quedado el espacio para lo imposible en nuestra vida cotidiana? -le pregunté a mi padre.
Me miró con dulzura y dijo:
-Quizá sólo de vez en cuando, en momentos así, desciende el cielo. Porque lo que estamos viendo no agrega
ni quita nada a nuestro bienestar personal, no tiene utilidad alguna, es gratuito. Es puro placer de vida y de
existencia, ése debe de ser el secreto.
-Papá -dije en un susurro-, este lugar tiene un misterio, no sé qué puede haber sucedido aquí, pero lo siento...
Me miró con una expresión extraña. Iba a contestarme, pero apareció el mozo, quien, en silencio, dejó sobre
nuestra mesa una bandeja cargada con té caliente, los nalesniki», y otras delicias. La respuesta de papá quedó
flotando en el aire ante la visión de esa contundente maravilla.
-¿Te parece? -dijo, mirando los panqueques dorados con almíbar.
Sí iba a decir algo importante, se había arrepentido.
Por la ventana entraba el rumor de la plaza. El ruso que cantaba estaba ahora acercándose a algunas mesas
de turistas, mientras mis ojos vagaban por las siluetas de las casas cercanas. ¿Qué habría pasado allí?
-Aquellos edificios -dijo papá, señalando la calle- hablan de la cuna de sus habitantes. Esos de cuatro ventanas
por piso, por ejemplo, eran habitados por nobles, por personajes de la aristocracia.
-Y los de tres...
-Los de tres eran de plebeyos, comerciantes o, simplemente, de gente notable.
Me distraje mirando el vuelo de una golondrina que en ese instante cruzaba el cielo. Después de girar varias
veces en círculo sobre un edificio antiguo, se detuvo sobre el antepecho de una de las ventanas. En su vano
superior había grabada una fecha sobre la piedra; miré con más detenimiento, una tenue luz de farol la
iluminaba: MARZO DE 1945.
Papá miró en la misma dirección y sonrió con tristeza.
-¿Marzo de 1945? -dije.
-Exactamente...
Algo en esa fecha no cerraba. La ciudad era medieval, sin ninguna duda. Las calles empedradas, los edificios
antiguos eran característicos de otra época. No pude preguntarle más a mi padre, porque el ruso estaba
acercándose a nuestra mesa; con sus tres violinistas y la chica formaban un cuadro Heno de vida, pasión y
alegría eslava.
_¡Nazdrowie! -dijo mi padre, divertido-. Vamos a pedirle que cante para ti.
Cruzó con el cantante algunas palabras, y el ruso entonó entonces "Oczy Czarne", la canción de los ojos
negros.
En aquel momento, al lado de mí padre, yo ni soñaba con que, tiempo después, descubriría a unos ojos tan
apasionados como los que describía la canción.
Después del espléndido banquete y las hermosas canciones, caminamos calle abajo hacia la plaza, que en ese
momento estaba repleta de gente. Había infinidad de turistas. Entre ellos se contorneaban mimos y bailarines

de danzas eslavas, algunos prestidigitadores anunciaban sus poderes mágicos y los vendedores de ámbar
ofrecían sus tesoros.
Nos quedamos mirando a un prestidigitador. Estaba vestido con un prolijo frac, una capa dorada y una
almidonada camisa blanca. Sacaba de su sombrero de copa todo tipo de rarezas, desde conejos hasta
palomas.
Era un personaje muy extraño, no podía despegar los ojos de él.
Sería un mago auténtico, me habría hipnotizado? De pronto, dio vuelta la galera mostrando que estaba vacía y
la cubrió con un paño dorado. Todos los asistentes nos quedamos observando en suspenso. El mago dijo unas
palabras que no entendí, la destapó, y de ella salió volando un cuervo negro. Volvió a cubrirla, se hizo un
extraño silencio. Una brisa imperceptible hizo ondear su capa.
Al descorrer por segunda vez la tela dorada, desde adentro de la galera levantó vuelo una paloma blanca. El
mago sonrió por tercera vez, tapó el sombrero y lo dejó en el piso. Murmuró nuevas palabras, y la tela dorada
comenzó a levantarse suavemente empujada por algo que pugnaba por salir. 
En un instante, un hermoso pavo real, gigantesco, con la cola desplegada, emergió de la pequeña galera y se
fue caminando tranquilamente, abriéndose paso entre los turistas boquiabiertos. Todos aplaudimos
sorprendidos, y la gente se quedó extasiada contemplando el pavo. Entonces tuve la sensación de que alguien
me observaba. Me di vuelta, y descubrí al mago clavándome los ojos.
-Vamos, papá -dije, un poco nerviosa, sin dejar de mirar al mago-, volvamos a casa.
-Estos magos son unos embaucadores magníficos -rió papá dejando diez zloty en la galera-. ¡Señor, no se
olvide de su pavo! -le dijo guiñándole un ojo antes de irnos. El mago no lo escuchó. Aparentemente, estaba
absorto en el recuento de las monedas.
Antes de perdernos entre el gentío, me di vuelta y vi al personaje internarse en una calle oscura de la ciudad
vieja, seguido por un enorme perro negro.
Volvimos caminando a casa, reconstruyendo con palabras nuestras vidas. Habían pasado veinte años y había
tantos momentos, tantas vivencias sin compartir... Nos dimos cuenta de que las alegrías y las penas tejen la
trama cotidiana, crean lazos, forman redes, a pesar de la distancia.
-Ya no me duele tu ausencia, papá -le dije-. Me fui acostumbrando, aunque sigo sin entender.
-El porqué de mi partida, ¿no es cierto?
-Pero eso no es importante, papá, no necesitas explicarme nada. No eres culpable.
-Siempre pensé que me juzgabas, Ana... cosas que tiene la lejanía.
Noté que los ojos se le llenaban de lágrimas. Me abrazó, y me sentí como cuando era niña, feliz y protegida en
sus brazos.
-No soy tu juez -le dije, negando con la cabeza-. Te libero de los pesos y de las preguntas. La vida nos dio esta
experiencia, mezcla de luz y de sombra, y estoy dispuesta a aceptarla.
Papá me miró a los ojos y me besó en la frente.
Me sentí tan generosa, tan amplia, tan comprensiva... No experimentaba ya ninguna tristeza: estaba más allá
del pasado, aceptando desde una posición elevada los acontecimientos tal como se presentaban. Pero en ese
momento yo no sabía cuánto faltaba para que aprendiera verdaderamente a no juzgar, a amar la vida con una
intensidad extraordinaria. En pocos días sucederían cosas imprevistas que me llevarían a experimentar a fondo
tanto el miedo como la ira. Sería necesario liberar definitivamente a mi alma de la sombra del pasado.
Esa noche soñé con un dragón. Salía, rugiendo y desplegando las alas, de una galera gigantesca, una cueva
oscura en donde yacían mis fuerzas, que aquella bestia había secuestrado.
Al despertar, tuve el extraño presentimiento de que pronto comprendería todo. Incluso la historia de mi padre y
el porqué de su repentina partida.

Preguntas sin respuestas
(6 de agosto)
 
Había también otras preguntas que no podía dejar de formularme: ¿quiénes serían los alquimistas?; ¿de qué
se trataba todo aquel asunto de la Conspiración?
Procuré dejar esos interrogantes de lado y me dispuse a preparar nuestra partida hacia el santuario de la
Virgen Negra. Estaba situado en un lugar llamado Jasna Gota (Montaña Clara), a unos trescientos kilómetros
de Varsovia. Partiríamos al día siguiente. "Llegaremos enseguida", aseguró papá.
Mientras mis cosméticos caían lentamente en el bolso de viaje, sentí una única certeza: la oscura Madre me
esperaba con sus brazos abiertos, todo lo demás era muy confuso. De pronto vi, dentro del bolso, una
fotografía que creía haber perdido: Román y mí madre, en Buenos Aires, jugando conmigo en las barrancas del
Parque Lezama.
-Estoy llena de dudas, ¿entiendes, papá? -le dije a la foto-. De preguntas, más que de respuestas. Quizás en
esta pausa logre aclarar mis pensamientos. Papá, ¿tú has podido ser feliz?
El gato, que estaba durmiendo a mí lado, se despertó en ese momento y me miró con desconfianza.
Seguí con mis preguntas sin hacer caso a sus rasgados ojos amarillos, fijos en mí. No sabía qué hacer con mis
miedos, con mis tibiezas, con mis dudas.
Recordé la historia de mi familia materna, deportada a Siberia por los rusos. En una terrible noche de 1939, los
bolcheviques habían derribado la puerta de su granja en Polonia. A mi abuela le dieron apenas unos minutos

para reunir sus cosas. Lo primero que hizo fue descolgar, de la cabecera de la cama de mamá, la imagen de la
Virgen de Czestochowa. Todas las noches, las familias en el exilio se reunían alrededor de la Madre Negra, la
misma que yo llevaba en mi equipaje. Con fe ardiente pedían liberación y amparo, y fueron escuchados. Pero
ésa es otra historia...
A pesar de todo lo que yo sabía acerca de la fe de las mujeres de mi familia, no estaba dispuesta a
comprometerme con una búsqueda espiritual tan intensa. ¿Sería cierto que los caminos espirituales no eran
para personas apasionadas? ¿Que nos apartaban de las situaciones normales y divertidas? Y entonces
escuché, con absoluta nitidez, una voz vívida y de perfecta entonación:
-No tienes ni idea de la aventura que te espera, ni del alucinante viaje que pronto emprenderás. Todavía no
eres consciente de lo que significa haber recibido un sobre de la Conspiración, ni de lo apasionante que puede
ser un camino espiritual.
Miré a mí alrededor, aterrorizada. ¿Quién había hablado? Debo estar loca, pensé: en la habitación sólo
estábamos el gato y yo.
Salí al pasillo pero no vi a nadie. Podía oír cómo Román, ayudado por Cristina, ordenaba sus cosas en el
cuarto de al lado.
Seguí preparando mi bolso, volviendo a la carga con mis pensamientos.
¿Cómo dar el paso para liberarme de ese viejo y estúpido miedo a ser diferente? Estoy desorientada, papá. Tú,
que siempre sabías todo, ¿tienes acaso la solución? ¿Cómo trasponer ese umbral hacia otras realidades que
presiento más amplias? ¿Sigues escuchándome, papá? Tu pequeña hija intuye que hay un personaje
magnífico adentro de ella, vestido con traje de fiesta. ¿Tú sabes quién es? Los ángeles me dijeron que se trata
de mi alma, y yo les creo. Me lo revelaron en sueños. Una noche logré verla en el espejo y la reconocí... Era yo
misma, A partir de ese momento, el miedo, la certeza de ser diferente no me abandonaron. ¿Entiendes por fin
el porqué de este viaje? Papá, esto es impostergable, ¡quiero romper las cadenas del miedo! ¿No crees que ya
es tiempo de recobrar, cada uno, su verdadera identidad? Papá he tomado una decisión: quiero saber,
definitivamente, dónde está la mujer vestida de fiesta. Basta de ideas viejas, que me aprisionan, me ahogan de
incertidumbres, me obligan a luchar conmigo misma. Estoy segura de que los mensajes del aeropuerto y de tu
casa, papá, están dirigidos a ese personaje adentro de mí, que es capaz de arriesgarse a la aventura. ¡Tendría
que hacer como los alquimistas! ¡Prender el fuego, preparar el caldero y arrojarme adentro para quemar los
viejos prejuicios!
-Deja de hacerte tantas preguntas y ponte en movimiento por fin, las maravillas te esperan. Te recomiendo
elegir la puerta de la derecha cuando estés en la caverna. La otra no vale la pena, es una lamentable pérdida
de tiempo. Acuérdate de mi consejo, me lo agradecerás.
0 la voz provenía de Copérnico, o mi estado era serio, o ambas cosas. Además, lo que había escuchado era
incoherente; si verdaderamente se trataba del ridículo gato, estaba completamente loco.
Miré fijamente sus impasibles ojos amarillos, y las campanadas del viejo reloj familiar indicaron las cuatro.
Faltaba poco para partir.
Tomé mi pasaporte, de sus hojas se escapó la imagen de la Virgen Negra.
-¡Misteriosa Madre -dije-, dueña de secretos, ayúdame en esta búsqueda!
Sentí la urgente necesidad de encontrarme a mí misma. Las mujeres estamos más atrapadas en el juego de
los corazones fríos. Del mundo utilitario e implacable. Definitivamente, eso no está en nuestra naturaleza. En
un tiempo había comprado el proyecto del éxito. Me dejé disuadir por miradas heladas e indiferentes. Ésas que
se ríen de los sueños, ésas que sólo saben ir tras el rédito concreto. Pero todavía no conocía mis fuerzas, por
eso no me había atrevido a rebelarme.
-¡Ayúdame, Madre! No entiendo lo que está pasando en el mundo. ¡Ayúdame! -volví a decirle, como cuando
era niña.
Sonó el teléfono. Una voz desconocida dijo en polaco, con tono profundo y cálido:
-Bienvenida, Ana. En Czestochowa comienza tu viaje, y ya sabemos que estás preparada para iniciar el
Camino de los Misterios. Espera noticias. Somos tus hermanos de la Conspiración.
Me senté en el piso con el auricular en la mano.
-¡Hola> hola, quién habla! -grité en polaco. Pero sólo se escuchó un clic. En ese preciso momento, golpearon a
la puerta de mi cuarto.
Era Román.
-¿Todo preparado, hijita? -dijo-. El auto está en la puerta.
-Sí, papá -contesté, disimulando mi agitación.
-¿Con quién estabas hablando?
-No tiene importancia -contesté rápidamente-. Era una Ramada equivocada, en un minuto estoy lista.
Me pregunté si se habría dado cuenta del tono de mi voz, alterada por el pánico. Era evidente que algo serio
estaba sucediéndome, negué a dudar de la realidad de la llamada. ¿Mi imaginación me estaría jugando en
contra una vez más? Estoy en un estado extrañísimo, pensé preocupada. ¿Qué pasa conmigo?
-Te espero en la calle -dijo papá.
Aprovechando la ventana abierta, Copérnico se encaramó en el alféizar, me dirigió una última mirada
despectiva y saltó afuera.
Antes de salir, me detuve frente a un hermoso espejo antiguo del hall de entrada. Observé que desde el fondo
del cristal, una desconocida me miraba; sin embargo era yo, no había dudas. No pude apartar mi mirada del

espejo, que me atraía con una fuerza magnética. De pronto la imagen pareció transformarse, se volvió más
dulce y luminosa. ¿0 era el brillo del ámbar que me iluminaba reflejando la luz de la lámpara del hall de
entrada?
No, la vi claramente: desde el espejo me sonreía, parada detrás, una mujer idéntica a mí, pero sin miedos. Era
hermosa, parecía una reina y estaba vestida de fiesta.
La voz de papá me hizo reaccionar. Salí apresuradamente cerrando la puerta a la extraña visión.
Román me miraba, aprobador.
Lo abracé, su presencia tranquilizadora me conectó con un mundo real y contundente. Quizá me estuviera
haciendo demasiadas preguntas, quizá fuera mejor ser una persona como todas y no indagar tanto.
Quizá pudiera cortar de raíz toda esa historia de los mensajes. Ir hasta Czestochowa y regresar a mi casa,
como si nada hubiera pasado. Tal vez lo mejor fuera retornar a lo conocido, a lo normal y seguro... ¡Basta de
misterios y de sobresaltos!
-¡Será mejor tirar el mensaje al fuego! -dije repentinamente convencida.
Mi padre no contestó una sola palabra.